Un don del cielo…
La mañana amaneció grisácea, con nubes plomizas arrastrándose pesadamente sobre los tejados de Madrid. A lo lejos, el sordo retumbar de los truenos avisaba de la tormenta que se avecinaba. Era la primera tormenta de la primavera.
El invierno, por fin, había llegado a su fin, pero la primavera no terminaba de hacerse sentir. El aire seguía helado, un viento racheado levantaba remolinos de hojas secas del año pasado, empujándolas de un lado a otro por los adoquines. Brotes tímidos de hierba asomaban entre la tierra reseca. Los árboles, obstinados, aún rehusaban mostrar sus tesoros en forma de yemas nuevas.
Todo en la naturaleza parecía suspenso en la espera de la lluvia; ese invierno había traído pocas nieves, mucho viento, poco descanso para la tierra, que, sedienta y cansada, anhelaba el agua. La tormenta traería esa ansiada lluvia que purificaría la ciudad, lavaría la suciedad y el polvo, y devolvería la vida a todo lo que la rodeaba. Solo entonces, pensaba Victoria, comenzará de veras la primavera esa primavera generosa y floreciente, como una mujer joven y enamorada, repleta de ternura.
La tierra engendraría verdes praderas, flores multicolores, hojas temblorosas, dulces frutos colgando de los árboles. Los pájaros, locos de alegría, cantarían y construirían sus nidos entre la frondosidad de los jardines; la vida, a duras penas, se abría paso.
¡Jaime, ven a desayunar! la voz de Victoria irrumpió desde la cocina. ¡El café se enfría!
El aroma a café recién hecho y a huevos fritos llenaba la casa. Había que levantarse. Tras la áspera discusión de la noche anterior, el llanto inconsolable de Victoria y las horas de insomnio, Jaime solo quería seguir tumbado, escondido bajo las sábanas.
Pero la vida continuaba, había que seguir adelante.
Victoria tenía los ojos enrojecidos. Bajó la mirada, mostrándole la mejilla para el beso matutino. Logró esbozar una leve sonrisa.
Buenos días, cariño. Parece que se avecina tormenta. ¡Dios mío, cuánto deseo que llueva! ¿Cuándo llegará la verdadera primavera? Escucha lo que se me ha venido a la cabeza*
Espero la primavera como un milagro,
Me libre del frío, de la soledad,
Como quien espera un verso claro
Que ponga luz en la oscuridad.
Siento que, al venir, todo se ordena,
Se arregla lo difícil y amargo,
Solo ella puede arreglar la pena,
Hacerlo más honesto, sencillo y largo.
¿Dónde estás, primavera mía?
¡Llega ya, trae alegría!
Jaime la abrazó con ternura, besando su cabeza rubia inclinada con tristeza. Su melena olía a campo abierto, a manzanilla silvestre. El corazón se le encogió de pena. Pobrecita mía, mi amor… ¿por qué, Señor, nos castigas así? Mientras estuvimos viviendo de la esperanza, lo soportábamos todo.
La tarde anterior, el famoso doctor, en el que habían depositado toda su ilusión, había enterrado de golpe sus sueños.
Lo siento de verdad, pero no podrán tener hijos. Jaime, su estancia en la zona de Palomares no fue inocua. Desgraciadamente, no hay solución médica. Siento mucho no poder ayudarles.
Victoria sorbió ruidosamente por la nariz, se secó las lágrimas, alzó la cabeza.
Jaime, llevo días dándole vueltas y ya he tomado una decisión. Debemos adoptar a un niño. Hay tantísimas criaturas necesitadas en los orfanatos… Adoptaremos un chico; lo criaremos, será nuestro hijo, nuestro Manuelito. ¿Aceptas? Hace tanto que soñamos con un hijo, tanto…
Las lágrimas la vencieron. Jaime la apretó contra su pecho, también él llorando en silencio.
Claro que sí… No llores, mi vida, no llores.
En ese instante, un estruendo estremeció la casa. Y la lluvia estalló, imparable. ¡El cielo se había abierto! Por fin, Dios escuchaba su plegaria.
El chaparrón lo oscureció todo de golpe, como si hubiese caído la noche sobre el barrio. Los relámpagos iluminaban la casa, el trueno resonaba, vibrando en los cristales. Jaime y Victoria, abrazados, miraban por la ventana mientras las gotas frías del aguacero les refrescaban el ánimo por la ventana entreabierta.
La densa neblina que oprimía sus almas empezaba a disiparse, a diluirse, lavada por esa primera lluvia de primavera. Ahora solo querían que lloviera durante horas, inundando sus penas. Aquel deseado aguacero era el símbolo de la vida y su renacimiento.
Pocos días después, se encontraban ante las puertas de un antiguo hospicio en las afueras de Alcalá de Henares. Tenían cita. Tocaba elegir por fin a ese hijo tanto tiempo esperado, ese Manuelito al que ya sentían suyo. En sus corazones se acumulaba un cariño amasado durante años de espera y desvelo, un amor a raudales por compartir, alimentar, educar.
Los corazones les latían tan rápido, que apenas podían respirar cuando Jaime pulsó el timbre. La puerta se abrió al instante, ya los aguardaban.
La conversación con la directora se había producido días atrás; hoy solo faltaba conocer a los niños candidatos. En el primer cuarto que cruzaron, les llamó la atención una niña sentada en una alfombrilla húmeda, con un pijama empapado. La camiseta sucia, los moquetes resecos bajo la nariz, unos ojazos azules tristísimos. Todo en ese cuerpecito transmitía abandono, suciedad, olvido.
Allí estaba, el orfanato: refugio de los niños descartados.
Entraron en la siguiente sala. En las cunitas, arropados, bebés y pequeños los miraban. La monja los iba mostrando uno por uno, diciendo nombre, edad, breves datos sobre los padres. Los niños lucían limpios, tenían sábanas frescas, caritas aseadas.
Los sacaban un momento para mostrarlos, como si fueran piezas de un escaparate en El Rastro. Pensó Jaime: esto parece el mercado, y nosotros compradores a la caza de una ganga.
Jaime, volvamos a ver a la niña de antes le susurró Victoria, apretándole el brazo.
Hermana, ¿podemos volver a la primera habitación? Queremos ver a la pequeña de los ojos azules.
Pero ustedes buscaban un niño… Esa niña no es para mostrar, no estaba en la lista.
Queremos verla, por favor, insistió Victoria.
La monja titubeó, calló, y finalmente les hizo señas para seguirla.
Esperen, llamaré a doña Carmen añadió, indicándoles unos bancos.
Victoria se apretujó contra Jaime.
Jaime, me ha dado un vuelco el corazón al verla. Cogámosla a ella, te lo suplico.
A mí también… Se parece a ti, en los ojos, hasta el pelo claro la tiene. Y es tan desgraciada…
Llegaron la hermana y la directora. Carmen mostraba preocupación.
No habéis elegido bien… Esa niña os traerá problemas.
¿Por qué? Nos ha gustado, y se parece tanto a Victoria… ¡Es como si fuese su retrato!
Victoria entró decidida en la sucia habitación. A la niña le habían limpiado la cara, cambiado la ropa y secado el colchón. Hasta los ojitos le brillaban y las mejillas se le encendían. Al ver a los adultos parados junto a la cuna, sonrío, formándosele hoyuelos en las mejillas.
Extendió los bracitos, haciendo amago de levantarse… Victoria contuvo el aliento. ¡Las plantas de los pies le apuntaban hacia atrás! Jaime la tomó en brazos sin pensárselo; la niña hundió su carita húmeda contra su cuello, suspirando.
Las lágrimas nublaron los ojos de Jaime; Victoria lloraba sobre su hombro. Carmen se volvió, secándose el rostro con el pañuelo.
Acompáñenme al despacho. Hermana, lleva a Inés ordenó. Y los condujo hacia dentro, cogidos de la mano.
Inés había nacido en un pueblo perdido de León, hija de padres mayores y con demasiados hijos. Se intuía que intentaron librarse de ella nada más nacer. Llegó al mundo con deformaciones; las piernas, retorcidas, los pies mal formados.
El padre se negó a recibirla. Cuando le propusieron operarla, alegó que no tenía dinero y no quería un estorbo en casa, bastante tenía ya con alimentar a la prole.
Así fue como la niña acabó en aquel hospicio.
Decidan ustedes si pueden hacerse cargo de alguien así. Claro que es posible que llegue a caminar, pero será a base de mucho esfuerzo, gastos y, sobre todo, paciencia y amor a raudales. Pensadlo bien, sin prisas. Os anotaré el nombre del cirujano que la ha visto, os explicará todo.
Tendrán un mes para decidir. Más no, las criaturas se encariñan rápido; si luego se echan atrás… y se le quebró la voz, haciendo un gesto de impotencia.
Pasó el mes. Jaime y Victoria, desde el primer día, supieron que Inés sería su hija. El doctor de la clínica de Madrid confirmó posibilidades: varias operaciones, sí, cambiarían los estragos del destino. Ni cicatrices quedarán y podrá correr, prometió. Haciendo cuentas, vieron que podían afrontar los gastos si vendían el coche nuevo, incluso la casa en construcción.
De momento se quedarían en el piso pequeño, ya mejorarían, Dios proveerá solo querían a su hija. Esperaron con anhelo el plazo asignado.
Las mismas puertas, la misma emoción. Jaime con un ramo de peonías rosas, Victoria con una bolsa repleta de juguetes. Carmen los recibió, temblorosa, lágrimas en los ojos. Qué alegría: otro ángel rescatado.
Juntos caminaron hasta la sala infantil. Allí estaba Inés, rubia, los tirabuzones más marcados, mejillas encendidas, ya asomaban los dientes. Charlaba sin parar, sonriendo. Jaime la alzó; Inés le rodeó el cuello y se apretó fuerte.
También fue a los brazos de Victoria. Todos lloraban. Pasaron el día recibiendo consejos sobre cuidados y alimentación; aún no les daban a la niña.
Faltaba el trámite de adopción, largo y delicado. Por recomendación de Carmen, la retirada de la patria potestad de los padres de Inés se formalizó por vía judicial. Al quedar libres de cualquier derecho, ya no podían reclamarla jamás.
Por fin, la llevaron a casa. Victoria dejó el trabajo para dedicarse enteramente a Inés, preparándola para la primera operación en la clínica de Madrid.
Pasado el mes en la clínica, le mostraban a Jaime cómo Inés comía sola con la cucharita, cómo maullaba el gato, cómo “cabezaba” la cabra. Seguía usando pantalones largos, pues sus piernas aún dolían a la vista. Caminaba torpemente, como un patito, pero era vivaracha y simpática, aprendió a hablar pronto y saludaba a todos.
A Jaime lo llamaba “mi papito” así se le quedó. Incluso Victoria lo llamaba igual. Para Jaime, Inés era el sol de su casa.
Al año, nuevas operaciones; varios viajes más a la clínica. Inés soportó dolores y noches inquietas, y Victoria veló junto a su cama. Por fin, el milagro: quedó con piernas como cualquier niña.
Corrió, saltó, aprendió a bailar. A los cinco años, la llevaron a la escuela infantil; notaron que tenía un talento especial para el dibujo. Con seis años entró en la escuela de arte, donde sus paisajes y escenas alegres asombraban a profesores y visitantes. Era un verdadero prodigio.
Con siete, comenzó la primaria. Desde el primer día fue el alma de la clase. Excelente alumna, sociable, alegre; seguía en la escuela de arte y empezó danza. Siempre rodeada de amigos, donde estaba ella, la alegría reinaba. Sus padres acudían con orgullo a las reuniones escolares: solo palabras buenas sobre Inés. Nadie sospechaba el camino recorrido para llegar hasta allí. No los padres que la engendraron, sino quienes la criaron a base de amor y desvelo.
La fortuna tampoco abandonó a Jaime y Victoria: desde que Inés llegó a sus vidas, el pequeño negocio de Jaime prosperó, permitiéndoles mudarse por fin a Madrid ciudad. Compraron una bonita casa, inscribieron a Inés en un colegio de renombre. Ahora Inés cursa sexto de primaria, sigue siendo una estudiante brillante y asiste a la escuela de arte.
Es una muchacha preciosa, de ojos azules, melena rubia y trenza reluciente. Cariñosa, risueña, adorada por todos. Un don del cielo… así la llaman.






