POR SI ACASO
Aurora echó un vistazo indiferente a su compañera que sollozaba en silencio, se giró hacia el ordenador y comenzó a teclear frenéticamente.
Eres una insensible, Aurora escuchó la voz de Olga, la jefa del departamento.
¿Yo? ¿Y eso por qué?
Que porque a ti te va bien en la vida, te piensas que todo el mundo está igual. Mira a la pobre Lucía, hecha polvo, y tú ni la consuelas ni le das un consejo, aunque fuera solo una palabra amable.
¿Yo? ¿A Lucía? Ay, no creo que a nuestra Lucía le hiciera mucha gracia. Hace unos cinco años intenté ayudarla, cuando venía al trabajo con moratones entonces no estabas tú aquí. Decía que se caía, que se golpeaba sola. El tercer novio que la dejó, y ya desaparecieron los “accidentes”. Pero antes sí intenté apoyarla, compartir mi experiencia, digamos.
Total, fui yo la mala, resultó. Me explicaron, las otras compañeras, que con Lucía no se puede, ella sabe más que nadie. Fui la bruja aguafiestas, la que le fastidió la “felicidad”. En su época buscó curanderas y brujas por toda Alcorcón para hacer amarres, ahora se ha modernizado y va de psicóloga en psicóloga, “trabajando sus traumas”. Pero no se entera siempre repite la misma historia, solo le cambia el nombre a los hombres.
Así que no, lo siento: ni compadecer, ni pañuelos le voy a dar.
Aun así, Aurora no deberías ser así.
Durante la comida, sentadas todas alrededor de la mesa del comedor en la oficina, no se hablaba de otra cosa: el ex de Lucía, que si era un canalla, que si era un traidor.
Aurora comía en silencio, se sirvió un café y se retiró a una esquina tranquila, móvil en mano, para pasearse por Instagram y descansar la cabeza.
Au, se le acercó cariñosa la siempre risueña Tere, aunque hoy tenía el semblante mustio, ¿de verdad no te da ni un poquito de pena Lucía?
Tere, ¿pero qué queréis que haga?
Ay, ni te molestes, se metió Irene, pasando cerca de ellas, Aurora siempre igual, tiene a su adorado Basilio y se cree que eso de quedarse sola con un niño y sin ayuda es de gente rara. Y los euros de la manutención a ver si los ve.
No tenía que haberlo tenido, además, ni se sabe quién es el padre y, perdonadme chicas, pero ya tiene una edad añadió doña Carmen, la decana del grupo, a la que todas llamaban cariñosamente la abuela Carmen. Aurora tiene razón, cuántas veces hemos visto a Lucía echarse a llorar, acabar embarazada, y él dándole la lata Pero en fin
Las mujeres rodeaban a Lucía, aún con lágrimas en las mejillas, aportando consejos, remedios, opiniones
¿Y qué? Que la Lucía guerrera y autosuficiente decidió resurgir de sus cenizas. Se cansó de llorar, llamó a su madre desde Segovia para que le ayudara con el niño y con ese desagradecido. Lucía empezó a recuperar fuerzas: se puso flequillo, se tatuó las cejas, se pegó pestañas postizas, quiso ponerse un piercing en la nariz y toda la oficina tuvo que intervenir para evitarlo.
Y, hala, arranque de vida nueva.
No te preocupes, Lucía la animaban las demás, él es el que va a sufrir, ya verás como se arrepiente.
No va a sufrir, ni va a arrepentirse murmuró Aurora, apenas un susurro para sí, pero las chicas que ya estaban rozando el segundo Rioja la oyeron y le exigieron una explicación.
Que no, que él ni lo siente ni lo sentirá. Y Lucía pues pasado mañana encuentra otro igualito.
Ay, claro, tú lo ves todo muy claro, con tu Basilio, que debe de ser una joya
Mi Basilio es lo mejor del mundo: ni bebe, ni pega, ni me pone los cuernos, y me quiere muchísimo.
Anda que no, todos son iguales.
Mira que igual, Aurora, cualquier día te lo quitamos.
Eso sí que no, no hay forma.
No cantaría yo victoria tan pronto rio otra.
Pues hazlo.
El vino pasaba factura y las bromas subían de tono.
¿Y si vamos a tu casa y comprobamos si tu Basilio resiste tanta belleza? Seguro que no nos invitas, a ver si tienes miedo
Venga, sí, venid dijo Aurora con sorna.
Pues venga, chicas, ¡todas a casa de Aurora! La abuela Carmen, ¿vienes?
No, muchachas, que a mí me espera Andrés en casa pero pasadlo bien respondió Carmen sonriendo.
Se plantaron todas en casa de Aurora, riendo y trajinando por la cocina.
Venga, chicas, preparad algo rápido, que Basilio aún no ha llegado, pero si llega, le tenemos una buena mesa.
No hace falta esmerarse, no come mucho y además es muy especialito Pero bien, pronto estará aquí.
Entre el desenfado, los ánimos se calmaron, unas recordaron tareas pendientes y se marcharon no sin despedirse. Solo se quedaron Lucía, Olga y Tere.
Mientras tomaban té en la acogedora cocina de Aurora, salpicada de confidencias, el ambiente se tensaba de tanto esperar al misterioso Basilio, hasta que decidieron marcharse también.
Entonces alguien entró.
¡Basilio, Basiliito mío, mi niño bonito! canturreó Aurora al abrir la puerta del recibidor.
Al ver pasar a un chico alto, guapo, todas se quedaron mudas. Hasta que comprendieron por qué: era mucho más joven que Aurora.
Chicas, os presento a mi hijo, Diego.
¿Cómo? ¿Diego? ¿No era Basilio?
Mi hijo, sí. ¿Basilio, Diego? Aurora se giró. ¿Todo bien? le preguntó al muchacho.
Sí, mamá. Ahora solo quiere descansar, en dos días volverá a correr. Solo que no le dejes lamerse donde le han operado
Las mujeres enrojecieron de golpe.
Nosotras ya nos vamos
Esperad, aún no os he presentado a Basilio. Pero silencio, que está convaleciente Diego y Elena le llevaron al veterinario, que yo seguía en la oficina. Le han hecho la castración, que me lo tenía todo marcado Venid, os lo muestro.
Allí dormía, enroscado, su Basilio: un gato enorme, de pelo blanco y ojos verdes.
Conteniendo la risa, las tres salieron corriendo de la habitación.
Aurora, que es un gato
Por supuesto que es un gato, ¿qué os habíais pensado?
¿Y tu marido?
Ah, no tengo. ¡Eso os lo inventasteis! Un día mencioné que mi compañero Basilio era el mejor “hombre” del mundo, no me dejasteis acabar, y ya os creísteis la historia.
Me casé joven, esa cosa de el primer amor, dejé la universidad, nació Diego. Al poco tiempo nos divorciamos, mis padres me ayudaron. Me casé de nuevo a los treinta, todo prometía, él quería hijos y a Diego, pues como las escuelas militares son baratas, para allá. Pero cuando intenté llevar a Diego conmigo, el marido puso el grito en el cielo y su madre, ni hablamos. Así que mejor cada uno por su lado.
Viví años sola, luego probé una tercera vez: me tocó un Otelo, incluso me dejó moratón de celos. Menudo error Menos mal que Diego desde niño hacía judo y en casa practicábamos juntos. De todo se aprende, le di un empujón y hasta luego.
Diego se casó y a mí la casa se me quedó grande, así que adopté a Basilio. Vivimos fenomenal: salgo al cine con Basilio, me acompaña de viaje, nadie exige nada de nadie. A veces hago una cena rica y Diego viene, se va feliz. Y nadie se mete en la vida de nadie.
Diego al principio no lo entendía: ¿por qué no vives con nadie, mamá? ¿Y para qué? Cada uno con su vida, no estoy para forzarme a decir que tengo marido solo por aparentar.
Así estamos genial, Basilio y yo.
¿Verdad, cariño? Ahora te lo advertí: si seguías marcando las cortinas, adiós joyitas.
Las compañeras se fueron, pensativas, sobre todo Lucía.
Pero Lucía no pudo ser como Aurora. Al mes ya andaba presumiendo de nuevo novio y el despacho se llenaba de ramos de flores y comentarios.
Aurora y la abuela Carmen se sonreían en silencio.
¿Cómo está tu Andrés, Carmen? ¿Se ha curado de la pata?
Bien, hija, le pinchó algo en el parque pero ya se le ha pasado, como un perro de pura cepa. Los nietos dicen que lo lleve a una exposición, pero yo no martirizo al animal. Estamos bien sin tanto lío Veo que Lucía se ha rehecho, ¿eh?
Ya ves, Carmen, unas adoptan animales, otras maridos
En fin, cada una sabe. ¿Este será el definitivo?
Ojalá
¿De qué cotilleáis? preguntó Lucía al acercarse.
De ti, Lucía, decíamos que ojalá tengas suerte esta vez.
Chicas, yo sé lo que parece, pero de verdad que no puedo sola.
Déjate de excusas, cada cual con su camino
Cuando Aurora salió al aparcamiento, oyó la vocecita de Lucía:
Aurora, si eso ¿me aconsejas qué es mejor: gato o gata? ¿Cómo se cuidan?
Anda, corre, que te esperan. Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy rió Aurora.
Por si acasoMientras Lucía se alejaba, Aurora vio cómo su figura se perdía entre los coches, con los hombros un poco más rectos y el andar menos tambaleante. Se permitió sonreír, entendiendo que quizás, solo quizás, cada quien aprende a su modo, con sus propios por si acaso.
De vuelta a casa, mientras Basilio la recibía restregándose indolente contra sus piernas, Aurora pensó que a veces la mejor lección era no dar ninguna, solo estar por si acaso hiciera falta, como hacen los gatos: cerca, sin invadir, esperando a que uno se anime a acariciarlos.
Esa noche preparó un té, se sentó en el sofá y puso la música suave. Se sintió liviana, completa, con Basilio ronroneando a su lado y los recuerdos de todas las vidas que había tenido cerrando finalmente la puerta al pasillo. Por la ventana entraba la brisa, y Aurora se permitió una carcajada al imaginar el próximo lunes: ¿llegaría Lucía con un cachorro, o con otra historia de amor?
Quizá, pensó, la felicidad estaba en saber elegir las propias compañías, aunque fueran de cuatro patas y maullaran cuando querían mimos.
Y justo antes de apagar la luz, le susurró al aire con dulzura:
Por si acaso, aquí sigo.






