El único hombre de la familia Durante el desayuno, la hija mayor, Vera, mirando la pantalla de su móvil, preguntó: — Papá, ¿has visto la fecha de hoy? — No, ¿qué tiene de especial? En vez de contestar, su hija giró el móvil: en la pantalla aparecían los números 11.11.11, es decir, el 11 de noviembre de 2011. — Es tu número de la suerte —el 11— y hoy aparece tres veces seguidas. Vas a tener un día estupendo. — Ojalá tus palabras fueran reales y trajeran miel —sonrió Valerio. — Sí, papá —intervino la pequeña, Nadia, también absorta en su móvil—. Hoy a los Escorpio les espera un encuentro agradable y un regalo para toda la vida. — Genial. Seguro que por Europa o América ha muerto un familiar desconocido que nos ha dejado como únicos herederos, y, por supuesto, millonarios… — ¡Multimillonarios, papá! —siguió la broma Vera—. Lo de millonario ya te resulta poca cosa. — Eso mismo pensaba yo: poca cosa. ¿Qué haríamos con tal fortuna? ¿Qué os parecería si primero compramos una villa en la Costa Brava o en Marbella? Luego, un yate… — Y un helicóptero, papá —se unió Nadia—. Yo quiero mi propio helicóptero… — Faltaría más. Tendrás tu helicóptero. Y tú, Vera, ¿qué deseas? — Quiero salir en una película de Bollywood con Salman Khan. — Nada más fácil. Llamaré a Amitabh Bachchan y lo arreglaremos… Bueno, fantasiosas, acabad ya de comer, que tenemos que irnos. — Vaya, ni soñar nos dejas… —suspiró Nadia. — Soñar no sólo se puede, sino que se debe —Valerio apuró el té, se levantó de la mesa—. Pero no os olvidéis del colegio… Por algún motivo, Valerio recordó esa conversación matinal al final del día, en el supermercado, mientras guardaba la compra. El día terminaba y no había sido “estupendo”; al contrario, surgieron problemas en el trabajo y tuvo que quedarse una hora más; estaba agotado. No hubo encuentro agradable, ni regalo para toda la vida. «La suerte pasó de largo como un AVE por Atocha», masculló Valerio, saliendo del supermercado… (La historia continúa, repleta de guiños y referencias adaptadas a la vida española, personajes y humor muy castizo, hasta el emocionante e inesperado final, donde las sorpresas y las emociones hacen de este relato un verdadero regalo para toda la familia.) **El único hombre de la familia: una fecha mágica, una tabla de embrollos, un misterioso chaval y el mayor regalo para siempre**

El único hombre de la familia

Aquella mañana, mientras desayunábamos, mi hija mayor, Carmen, miraba absorta la pantalla de su móvil y me preguntó:
Papá, ¿has visto la fecha que es hoy?
No, ¿por qué? ¿Qué tiene de especial?
En silencio, giró el móvil hacia mí: en la pantalla, una secuencia llamativa 11.11.11, es decir, 11 de noviembre de 2011.
Es tu número de la suerte, el 11. Hoy lo tienes por triplicado. Seguro que tendrás un día redondo.
Si tus palabras fueran jamón ibérico le respondí, sonriendo.
Pues claro, papá intervino la pequeña, Lucía, sin dejar su móvil . Hoy a los escorpios les esperan encuentros especiales y un regalo para toda la vida.
Fenomenal. Seguro que algún familiar lejano que no conocemos ha muerto en Alemania o en Inglaterra y resulta que somos los únicos herederos y, cómo no, millonarios.
Qué va, papá, ¡multimillonarios! siguió la broma Carmen , que a ti un millón de euros te suena a calderilla.
Eso mismo. ¿Qué haríamos con tanto dinero? ¿Qué tal si compramos una casa junto al mar en la Costa Brava o una finca en Mallorca? Luego un yate
Y un helicóptero, papá saltó Lucía . Yo quiero un helicóptero solo para mí.
Por supuesto, hija. Tendrás tu helicóptero. ¿Y tú, Carmen? ¿Qué deseas?
Quiero salir en una película en Bollywood, junto a Salman Khan.
¡Bah, qué poca cosa! Llamo ahora mismo a Amitabh Bachchan y lo apañamos Bueno, soñadoras, terminad el desayuno, que tenemos que salir pronto.
Siempre igual, ni soñar se puede suspiró Lucía.
Claro que sí respondí, acabando mi café y levantándome de la mesa. Hay que soñar, pero no olvidéis el cole

Y quién me iba a decir que ese diálogo matinal lo iba a recordar al acabar el día, allí, en el Alcampo, mientras metía la compra en bolsas. El día se me había torcido; más trabajo del habitual, llegué tarde a casa y agotado. Nada de encuentros agradables, ni mucho menos regalos para toda la vida.
«La suerte ha volado de largo, como una gaviota por encima de la Sagrada Familia», pensé, medio sonriendo al salir del supermercado.

Junto a mi viejo Seat Panda, fiel compañero de la familia desde hacía más de veinticinco años, giraba alrededor un chavalillo. Un sin techo, se veía claro: desaliñado, con ropa a retales, un pie en una zapatilla sin marca, otro en una bota destartalada atada con un cable eléctrico azul. En la cabeza llevaba una boina remendada, con un ala medio chamuscada.

Señor, tengo hambre ¿me podría dar un poco de pan? murmuró el chaval en cuanto me acerqué al coche.

La frase sonó torpe, casi aprendida. Ni el aspecto del muchacho ni la frase tan fuera de lugar para el siglo XXI, como sacada de una novela de Galdós me removieron tanto como ese matiz. Me vino a la memoria mi adolescencia, aquel grupo de teatro amateur en el Centro Cultural. El profesor insistía siempre en que una pausa, una vacilación era el mejor detector de verdad o mentira; si alguien titubea, es que algo esconde.

El chaval mentía. Bastó ese titubeo para que lo viera todo diferente: la ropa, la pose, la voz un teatro. ¿Por qué? Y, sin saber cómo, supe que esa actuación estaba montada solo para mí. ¿Con qué propósito?

«Bien, campeón, vamos a seguirte el juego. Y a mis chicas les va a encantar: con lo que les gusta jugar a detectives», pensé.

Solo con pan no se vive. Mejor un platito de cocido, luego unas patatas aliñadas con anchoas, de postre compota y, si queda hambre, unas natillas caseras. ¿Te parece?
El chaval se quedó descolocado un instante, no esperaba eso, pero pronto recuperó el control, me miró de reojo, tenso.
«Eso es. Cada vez menos teatro, más realidad», pensé.
¿Y bien? ¿Sí o no?
Sí susurró apenas.

Entonces, aguántame esto, por favor.

Era mi prueba habitual. Los niños realmente necesitados, en cuanto les dabas una bolsa de comida, salían corriendo. Pero, acosados por el hambre y el cansancio, no llegaban lejos y yo les alcanzaba fácilmente. Les regañaba, nunca con dureza:

No eres un animalito, eres un niño, un ser humano

Busqué las llaves en los bolsillos como si no las encontrase, luego fingí consultar el móvil y le di la espalda.
Carmen, ¿habéis puesto ya las patatas a cocer? ¿Y el salmorejo hecho? Genial. Reserva un poco de cocido en un cazo y caliéntalo. Llego en veinte minutos. Besos.

El falso vagabundo ni se movió, seguía allí, cabizbajo, apretando con fuerza la bolsa, rascando el suelo con la puntera.
«Gracias, chaval me reí , agradezco que no me hagas correr ahora».

Por fin, encontré las llaves y cargué todo en el asiento trasero.
Está usted servido, mi señor caballero le abrí la puerta delantera . Vámonos, que la comida se enfría.

El chaval suspiró raro y subió, con timidez.

Vivíamos en una aldea, a siete kilómetros de la ciudad, donde yo llevaba más de diez años trabajando en una cuadrilla de mantenimiento como soldador. Había crecido en un orfanato, así que solo me quedaban mis hijas, mi mundo. Las adoraba y ellas a mí. No conocí a mis padres, ni la palabra mamá ni papá significaron nada especial; por eso me duelen tanto los niños abandonados. Siempre intento ayudar, que tengan, al menos, algo mejor de lo que yo tuve. Si las leyes absurdas de este país lo permitieran, adoptaría a todos los huérfanos posibles. Pero no: que si los recursos, que si solo eres padre, que tienes dos hijas pequeñas ¡Como si un orfanato fuera mejor!

Las autoridades no entienden que para un niño lo principal no es dinero ni una casa grande, sino cariño. Eso es lo que escasea en un centro de menores y en mi casa, aunque solitaria, no faltaría nunca.

«Qué paradoja pensé, mirando al chaval de reojo , los trabajadores sociales protegen la ley pero hay miles de críos infelices en familias normales, a quienes nadie acoge de verdad».
El chaval, encogido, la boina caída sobre la mirada, suspiraba de vez en cuando.
Raro era, no lo dudaba. No olía a orfanato; los de casa los reconozco a la legua. Este debía de haber huido de casa hace poco, todavía asustado, confuso.

«Quizá me precipité juzgando así. Igual está en shock y por eso le noté falso. Bueno, tranquilo, chaval, ahora llegamos, te baño, te doy de comer, te arropo. Cuando te sientas en casa, ya me contarás tu historia. Todo irá bien».

Mis hijas estaban esperándonos en la puerta y corrieron al coche al verme llegar, cogiendo las bolsas de la compra.
Papá, ¿y ese quién es? preguntó Carmen al ver por fin al chaval.
Ese es el encuentro agradable y regalo de por vida que me asegurasteis esta mañana respondí, divertido.
Qué bueno, papá Lucía se acercó, miró bajo la boina para verle la cara . Pues el paquetito es de lo más pintoresco. ¿No te habrás equivocado de regalo?
¡Ojalá! Se me agarró a la pierna asegurando que era mi regalo. Ni a patadas lo solté.
¿Y cómo se llama este regalo? preguntó Carmen mientras metía las bolsas en casa.
Sin nombre.
¿No llevaba etiqueta ni precio?
Nada.
Vaya faena, papá suspiró Lucía teatralmente , te han colado uno defectuoso. No pasa nada, lo reciclamos igual…

El chaval se puso aún más nervioso; por un momento pensé que saldría corriendo. Tal vez Lucía lo percibió también, pues lo agarró del hombro y le dio un golpecito amistoso en la boina:
¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

Él nada, como una tortuga encogida.

Aquí la cobertura es mala, vayamos dentro, seguro que se le suelta la lengua propuso Carmen mirándome significativa.

En casa, el lenguaje de miradas es tan fluido que con un parpadeo nos entendemos. Carmen sugería, como otras veces, la estrategia del bueno y el malo. Le respondí igual:
«Cinco minutos, y ni uno más».
«Te bastarán tres», replicó sonriendo.

Lucía, mete el regalo dentro. Vamos a analizar este Nuevo Misterioso Andarín.

Entraron en tropel, entre las dos cogieron al chaval como una presa entre tenazas. Yo me puse a lo de cada día: guardar el coche en la cochera, revisar que todo estuviera listo para la mañana. Pasó casi un cuarto de hora antes de acabar, y justo cuando cerraba el garaje, apareció Lucía, exclamando:
¡Papá, este niño miente más que habla!
¿Y cómo lo sabes tú?
¡Elemental, querido padre! No huele a calle, es de casa total.
¿Lo has olido?
Tal cual, he acercado la nariz. ¿Y sabes a qué huele?
¿A natillas? ¿A jabón de niños? ¿A leche recién hervida?
Nada, agotaste los intentos. Mira esto extendió la palma manchada de negro.
¿Hollín?
Que va negó Lucía, acercando la mano a mi nariz.
Olí, rasqué un poco.
¿Maquillaje?
¡Premio! Eso, papá, ¡maquillaje! Se ha embadurnado para aparentar que es un pobrecito sucio.
¿Y cómo se llama el artista?
Dice que Toro. Lo busqué en internet: un apodo callejero, fue lo único que dijo.
Pues nada, lo cebamos y lo vendemos por chuletones…

Papá Lucía puso tono serio , tras las bromas, hablando en serio: este chico se ha acercado a ti porque quería. Se ha disfrazado, se ha pintado, ha salido a escena es un Teatro de Un Solo Actor.
¿Y para qué tanta historia?
Eso le preguntamos: no suelta prenda. Pero Carmen lo hará hablar, se lo prometo.
¿Vais a asustarlo otra vez con que somos familia de vampiros?
Ya no cuela. Tenemos otros métodos

Antes de que siguiera, salió Carmen a la puerta, fingiendo gritar:
¿Nos queda agua fuerte?
Media garrafa, la traigo Lucía corrió al garaje, levantando la garrafa vacía , ahora disolvemos todo en ácido y desaguamos

¡Sois unas salvajes!

Salvajitas, papá corrigió, con retintín, y se fue corriendo.

Lávate las manos, papá gritó Carmen nada más entrar yo , estamos hambrientas, como lobas…
Qué ganas de hincarle el diente a nuestro Toro…
Si es lechal yo me zampo los huesos Lucía continuó la broma.

«Menudas piezas», pensé mientras me lavaba. «Seguro que tienen al pobre niño arrinconado».
Al entrar en la cocina lo vi sentado en el taburete central, nervioso pero bañado y peinado, mientras las chicas terminaban de poner la mesa y cuchicheaban de reojo mirándole. Al natural, el chico reveló unos diez años; pelirrojo, con una camiseta de rayas rojo y negro, desteñida, unos vaqueros cortados y pies descalzos. Se secaba el pelo con una toalla.
Al tajo, Toro le espetó Lucía , ¿esto puedes comerlo? O prefieres heno
O te preparamos un pienso compuesto añadió Carmen.

Chicas, basta ya les corté, serio , mirad vuestro plato y comed, que lo necesitáis.

Vale respondieron al unísono.

Observando al chaval por el rabillo del ojo, me sorprendí de cómo cambiaba. La expresión se le iba relajando, la espalda se enderezaba, poco a poco entraba en ambiente, como si cenar con nosotros fuera lo más natural del mundo y la última media hora no le incumbiera a él, sino al personaje de una telenovela. Las chicas también lo notaron y se miraron perplejas.
«¿Qué significa esto, muchacho?», me preguntaba, mientras lo estudiaba. «Ya no me cabe duda: toda tu farsa era solo para entrar en esta casa. ¿Con qué motivo, entonces? No pareces un bandido, más bien buen chico. ¿Qué buscas aquí?»

Papá, ¿te has dormido? ¿Quieres más? Carmen me tiró de la manga.
No, gracias, estoy servido. Sois unas cocineras excelentes. ¿Cuánto tiempo he estado en coma?
¡Uff, una eternidad! se adelantó Lucía , tus hijas ya han crecido, se han casado, y estos son tus nietos.

¿Y ese es el pretendiente? señalé a Toro, recibiendo una taza de café.
Qué va, papá, es nuestro Toro doméstico, precioso, ¿verdad? Lucía le acarició la nuca, y de paso le arrastró un mechón entre los dedos.
Lo estamos cebando, dicen que para el verano sube mucho el precio de la ternera de toro…
¡Se acabó! gritó de pronto el chaval, saltando del taburete. Tosió y, nervioso, bajó la voz: Carmen, Lucía, ya… no sigáis. Me rindo. Don Antonio, discúlpeme… lo he hecho todo fatal…

Siéntate, tranquilo le invité , cuéntanos todo desde el principio.
Y nada de mentiras añadió Lucía , lo noto al instante.
No quiero mentir, me da vergüenza…

La verdad resultó más sencilla de lo que imaginábamos y nos dejó a todos helados. Al chaval lo llamaban Álvaro Toro (sacó su partida de nacimiento), solo un día mayor que Lucía, los dos con once años. Su padre había muerto en un atentado en Afganistán; su madre, embarazada de su hermana pequeña, se enteró, y sufrió un parto prematuro. Solo lograron salvar a la bebé, también llamada Lucía. Tuvieron que luchar mucho para que no les separasen, casi toda la familia desaparecida. Por suerte, la hermana mayor, Sofía, logró evitar que los mandaran a centros de menores.
En octubre, Álvaro notó que su hermana Sofía no estaba bien; sospechó lo peor, pensó que si ella faltaba Pero no, resultó que se había enamorado, sin remedio y en silencio. Tardó en confesarlo, supuso que podría controlarse, pero no. Cuando Álvaro consiguió que le contara quién era el afortunado, solo le dijo: Don Antonio Sánchez González, soldador de urgencias, padre de dos chicas, su mujer les abandonó y se fue a Argentina hace años. Además, a veces recogía niños de la calle y les encontraba familia, porque él mismo había sido de orfanato.

Álvaro lo tuvo claro: tenía que comprobar por sí mismo cómo era ese hombre y su hogar antes de permitir que su hermana se le acercase. Su plan era infiltrarse, ver a dónde iría a parar Sofía, asegurarse de que la acogerían con cariño.

No previó, claro, el efecto de mis chicas actuando de policía bueno y malo

Me habéis caído muy bien, en serio. Carmen, Lucía, sois geniales. Don Antonio, por favor, acepte a mi hermana Sofía como esposa. No se arrepentirá. La querrá, es magnífica, buena como mamá… Ella quería decírselo personalmente, pero no se atrevió…
¿Y a qué le teme? preguntó Carmen.
Que usted rechace casarse al ver que lleva niños a cuestas
¡Por favor! ¿Cómo puedes decir eso? ¡Niños a cuestas! Irás aprendiendo respondió Lucía, contundente.
Eso, aprenderás reforzó Carmen , papá, ¿y tú qué dices? ¿Te ha dejado sin palabras la propuesta? ¿Vas a pedirle matrimonio? ¿O no?
Vaya historia parece de película reí , la verdad es que yo también me he fijado en Sofía Pensé: ya estuve casado y al principio mi mujer era maravillosa
Papá Carmen me detuvo.
Tranquila, hija; aquello ya no duele. Solo quedan recuerdos. Ella no aguantó ser madre de dos niñas se fue volando Y ahora aparecen dos más no todas aceptarían.
Sofía ya tiene veintitrés años aclaró Álvaro.
¡Papá, solo diez años más que ella! Eso está bien animó Lucía.
Sí, ya eres sabio, puedes ayudarla y nosotras también, ¿verdad, Alvarito?
Claro.
¿Sí, papá, sí? se me colgaban de los brazos, casi suplicando.
Está bien, pero primero tenemos que hablar con la interesada
Sofía acepta Álvaro se levantó, me tendió la mano . Como único hombre de la familia, le confío a mi hermana
Le apreté la mano con fuerza y lo abracé; tuve que hacer acopio para no romper a llorar. Carmen también se sonó la nariz.

Papá Lucía, atenta como siempre, atajó antes de que la emoción dominara , reías esta mañana por las predicciones y mira aquí tienes el encuentro agradable, el Toro, y el regalo para toda la vida: una familia aún más grande. ¿No era eso lo que querías, papá? Pues ya lo tienes.

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El único hombre de la familia Durante el desayuno, la hija mayor, Vera, mirando la pantalla de su móvil, preguntó: — Papá, ¿has visto la fecha de hoy? — No, ¿qué tiene de especial? En vez de contestar, su hija giró el móvil: en la pantalla aparecían los números 11.11.11, es decir, el 11 de noviembre de 2011. — Es tu número de la suerte —el 11— y hoy aparece tres veces seguidas. Vas a tener un día estupendo. — Ojalá tus palabras fueran reales y trajeran miel —sonrió Valerio. — Sí, papá —intervino la pequeña, Nadia, también absorta en su móvil—. Hoy a los Escorpio les espera un encuentro agradable y un regalo para toda la vida. — Genial. Seguro que por Europa o América ha muerto un familiar desconocido que nos ha dejado como únicos herederos, y, por supuesto, millonarios… — ¡Multimillonarios, papá! —siguió la broma Vera—. Lo de millonario ya te resulta poca cosa. — Eso mismo pensaba yo: poca cosa. ¿Qué haríamos con tal fortuna? ¿Qué os parecería si primero compramos una villa en la Costa Brava o en Marbella? Luego, un yate… — Y un helicóptero, papá —se unió Nadia—. Yo quiero mi propio helicóptero… — Faltaría más. Tendrás tu helicóptero. Y tú, Vera, ¿qué deseas? — Quiero salir en una película de Bollywood con Salman Khan. — Nada más fácil. Llamaré a Amitabh Bachchan y lo arreglaremos… Bueno, fantasiosas, acabad ya de comer, que tenemos que irnos. — Vaya, ni soñar nos dejas… —suspiró Nadia. — Soñar no sólo se puede, sino que se debe —Valerio apuró el té, se levantó de la mesa—. Pero no os olvidéis del colegio… Por algún motivo, Valerio recordó esa conversación matinal al final del día, en el supermercado, mientras guardaba la compra. El día terminaba y no había sido “estupendo”; al contrario, surgieron problemas en el trabajo y tuvo que quedarse una hora más; estaba agotado. No hubo encuentro agradable, ni regalo para toda la vida. «La suerte pasó de largo como un AVE por Atocha», masculló Valerio, saliendo del supermercado… (La historia continúa, repleta de guiños y referencias adaptadas a la vida española, personajes y humor muy castizo, hasta el emocionante e inesperado final, donde las sorpresas y las emociones hacen de este relato un verdadero regalo para toda la familia.) **El único hombre de la familia: una fecha mágica, una tabla de embrollos, un misterioso chaval y el mayor regalo para siempre**
— Єгор, ¿te estás burlando de mí?