Además, comprendió que su suegra no era, en realidad, esa mujer insoportable que había imaginado durante todos estos años.
La mañana del treinta de diciembre amaneció como cualquier otra en los doce años que Clara y Salvador llevaban juntos. Nada nuevo: él, desde muy temprano, había salido a cazar y no volvería hasta el mediodía de Nochevieja. El hijo de ambos se quedó a dormir con su abuela paterna, y Clara, una vez más, se encontró sola en casa.
Ya se había acostumbrado a esta rutina. Salvador era un apasionado de la caza y la pesca, y para él no existía mal tiempo que le impidiera perderse en el monte durante los fines de semana y todos los festivos. Clara, mientras, esperaba pacientemente en casa.
Sin embargo, ese día, la soledad le calaba más hondo que de costumbre. Otras veces, en días así, se ocupaba hasta el agotamiento limpiando, cocinando, haciendo mil tareas domésticas. El año nuevo llegaría al día siguiente, y como de costumbre, lo celebrarían en casa de la suegra, igual que los últimos doce años. Nada nuevo bajo el sol, pero a Clara, simplemente, no le apetecía hacer nada; todo se le caía de las manos.
Por eso, cuando sonó el teléfono y vio que era su amiga de toda la vida, Laura, sintió un pequeño alivio. Laura, con ese temperamento arrollador tan suyo, había superado un divorcio y solía reunir a gente en su piso para cenar y charlar hasta tarde. Llamaba justo en el momento adecuado.
¿Otra vez sola en casa? no fue una pregunta, sino una afirmación tras años de confidencias. Salvador, como siempre, perdiéndose en el monte… Vente esta noche, va a venir buena gente, ¿para qué quedarte mustia en casa?
Clara no prometió nada. Ni se le pasaba por la cabeza salir, pero a medida que caía la tarde, la tristeza se fue apoderando de ella. Y, por primera vez, le dolió de veras que su marido estuviera ausente. Se dio cuenta de que, durante todos esos años, su vida sólo había sido casa, trabajo, hijo… y poco más. Salvador nunca tenía ganas de salir; lo suyo era el campo, y a Clara tampoco le apetecía ir sola a ningún sitio.
Por eso, nunca viajaron; ni un verano junto al mar, sólo los veranos en el pueblo de la madre de Clara, en Soria. Ella se alegraba de que su marido se llevara tan bien con su madre, pero en el fondo deseaba ver mundo, cambiar de aires.
Al caer la noche, se preguntó a sí misma: «¿Y por qué no salir, al menos esta vez?» Así que se arregló y fue a casa de Laura. Allí estaba todo su grupo de amigos de la infancia; pasaron una velada alegre y distendida, y por un rato Clara volvió a sentir que la vida podía ser diferente.
Entonces apareció Julián, su primer amor del colegio. Casi sin darse cuenta, y entre algo de vino y muchas nostalgias, la noche se fue en confidencias y risas… y acabaron juntos. Al amanecer, a Clara la invadió la vergüenza, el remordimiento, el malestar por lo que acababa de ocurrir. Salió de casa de Julián casi corriendo, deseando olvidar ese desliz impropio de ella.
Al llegar a casa, se encontró con una sorpresa: el abrigo y las botas de Salvador estaban en el recibidor. Había regresado antes de lo habitual. Se quedó sin aliento. Si él llegaba a sospechar dónde había estado… Clara ya visualizaba la escena: la bronca, Salvador haciendo la maleta… Sabía que él nunca le perdonaría algo así. Ni ella misma se perdonaría.
Se maldijo en silencio por haber hecho tambalear su familia. Porque, pese a todo, ella amaba a su marido. Pero justo en ese momento, el teléfono fijo interrumpió sus pensamientos.
Era la voz firme de su suegra, María Eugenia.
No sé muy bien qué tenéis entre manos, pero Salvador me llamó anoche al no encontrarte y tampoco pudo localizarte al móvil. Le dije que estabas con tía Matilde, que le había dado un mareo y habías ido a ayudarla. No me falles…
De su suegra, Clara nunca hubiera esperado ese tipo de complicidad. Siempre mantuvieron una relación distante, con respeto, sí, pero sin afecto verdadero. María Eugenia nunca aprobó la boda; siempre pensó que se casaron demasiado pronto, y los primeros años de convivencia, al estar bajo el mismo techo, fueron duros.
Cuando por fin vivieron aparte, el trato se redujo al mínimo: saludos cordiales en las fiestas familiares y poco más. Por eso, Clara sintió de pronto una gratitud inmensa hacia aquella mujer a la que, tantas veces, había tenido por dura y fría. No le asustaba lo que viniera después, lo importante era que Salvador no supiera dónde había estado realmente.
Por la tarde, fueron juntos a casa de la suegra para la cena de Nochevieja. Clara aprovechó el momento en que estaban solas en la cocina para agradecerle lo que había hecho y confesarle sus nervios.
María Eugenia se limitó a suspirar, sin siquiera mirarla.
Mira, no somos de piedra, hija. Sé lo que es compartir la vida con un hombre que no ve más allá de sus aficiones. Mi Pedro, toda la vida marchándose al monte… Y te aseguro que no es fácil. Pero bueno, mientras eso no se convierta en costumbre… tú ya me entiendes, ¿verdad?
Clara asintió. Por primera vez, sintió que entendía a su suegra de verdad, y que ella, a su manera, también comprendía. De alguna forma, el asunto se zanjó ahí, y Clara se prometió a sí misma no volver a repetir algo así. Nunca más saldría sola sin su marido.
La historia, finalmente, no acabó en tragedia. Y Clara, después de todo, aprendió que hasta la suegra más distante puede tender una mano cuando menos lo esperas.







