Mamá, me caso con Lucía. Dentro de tres meses vamos a tener un hijo me soltó mi hijo y me dejó a cuadros.
La verdad es que no me pilló del todo desprevenida, porque ya me había presentado a Lucía antes. Lo que me tenía mosca era la edad de la chica. Ni siquiera había cumplido los dieciocho, y mi hijo aún tenía que hacer el servicio militar. Vamos, que todavía eran casi unos críos y ya venían con prisas de boda y bebé.
Para el vestido de novia, menudo follón. Costaba encontrar algo que le sentara bien a Lucía, con la barriga de siete meses ya muy a la vista.
La boda fue preciosa, no te voy a mentir, pero después la pareja se fue a vivir con los padres de ella. Aun así, mi hijo venía a casa cada semana. Se metía en su cuarto y me pedía que no le molestase. Aquello, como madre, me tenía preocupada.
Un día llamé a Lucía:
¿Todo bien con Álvaro?
Claro, ¿por qué? contestó ella, tranquila como si nada.
Lucía, ¿sabes dónde está tu marido ahora mismo?
María Elena, búsquese usted su vida, que nosotros ya nos apañamos me cortó ella, y la verdad, fue la primera vez, pero estuvo lejos de ser la última.
Le pedí disculpas por molestarla y colgué. Tampoco soy de montar dramas, prefiero la paz, así que opté por mantenerme al margen y que ellos se organizaran como pudiesen.
Al poco tiempo, Lucía trajo al mundo a Victoria. El nombre no me convencía mucho, la verdad, así que yo la llamaba Vicky, como me salía del alma.
A mi hijo se lo llevaron a Melilla a hacer la mili, bien lejos. Esos dos años yo fui quien se dedicó a Vicky; cada vez que iba a verlas, notaba lo guapísima que se ponía Lucía. Era un bellezón, y se lo sabía, la tía. Eso me daba qué pensar; ahora que estaba en la universidad, rodeada de chicos, ya me veía venir el drama. No estaba yo tan segura de que fuese a esperar a Álvaro.
Tampoco puedo decir que Lucía me tuviese mucho aprecio. Cuando iba a ver a la cría, ella me clavaba una mirada bien significativa, me entregaba la sillita de Vicky y me despachaba a la calle. Vamos, como si quisiera perderme de vista. Notaba claramente ese recelo; Lucía se valoraba mucho y no paraba de hacérmelo saber. Yo, sin ganas de pelear, prefería no alargar las visitas en esa casa tan poco hospitalaria.
Cuando terminó la mili, Álvaro regresó, y parecía que todo iba viento en popa. Vicky crecía, Álvaro solo tenía ojos para su mujer, y Lucía manejaba la casa de maravilla. Aquello era todo miel sobre hojuelas, quince años de tranquilidad absoluta.
Pero un día Lucía cambió. De repente, un novio tras otro; ni disimulaba. Salía por ahí sin ningún reparo. Lo dice el refrán: El vino no se puede tapar con un tapón. Álvaro aguantó así unos tres años, coladito por ella y sufriendo.
Y ella, en vez de compadecerse, le pinchaba más y encima se burlaba. Yo, de verdad, me quedé helada. Jamás tuve valor para intentar hablarle de valores; tenía un genio que imponía y, te lo juro, me daba miedo. Esa Lucía era capaz de fulminar con la mirada a cualquiera.
Un día le pregunté a mi hijo:
Cariño, ¿qué pasa con Lucía? ¿Está la cosa mal?
No te preocupes, mamá, todo irá bien me dijo Álvaro, intentando quitarle hierro al asunto.
Tenía la impresión de que mi hijo cargaba con alguna culpa, por eso aguantaba todo lo que pasaba. Finalmente, me decidí a enfrentarme a Lucía para aclarar todo aquello.
Lucía, ¿puedo preguntarte algo? le dije bajito, sin querer echarle más leña al fuego.
María Elena, mejor pregunte a su hijo qué hace en la empresa, o mejor dicho, con quién lo hace. Mi tía trabaja ahí y me lo ha contado todo, hasta con detalles. ¡Su hijo me ha engañado! Él empezó primero y se puso a gritarme sin filtro.
En ese momento pensé: ¿Para qué me habré metido aquí? No le conté nada a Álvaro, preferí dejar que las cosas siguieran su curso. Bastantes cábalas hacía yo ya sola.
Al final, Lucía y Álvaro se divorciaron. Vicky se quedó a vivir con su madre. Álvaro, mientras tanto, se echó a la calle y empezó a salir con una y otra, sin descanso. Morenas, rubias, pelirrojas… vamos, que cama no le faltaba.
Lucía, a la semana de firmar el divorcio, ya estaba casada de nuevo. Fue Álvaro quien me lo contó llorando. Lucía era muy detallista y buena esposa, según él.
La siguiente fue Carmen, una mujer menudita, avispada y mayor que Álvaro; él tenía treinta y cinco y ella cuarenta. Álvaro estaba como en una nube, haciéndole la rosca siempre. Ella lo tuvo clarísimo: boda por lo civil, un pisito para su hija y que todo estuviera bien cubierto.
Álvaro caía rendido, la tenía en un pedestal. Carmen, a diferencia de Lucía, enseguida quiso ser mi íntima amiga, llamándome elena y tutéandome. No te creas que eso me hacía gracia, pero como no soy amiga de líos, me lo comía con patatas y sonreía.
Todos los regalos que me hizo Carmen (pagados con los euros de mi hijo, ojo) ni los he estrenado; están colgados en el armario, sin chispa. Es que, no sé, su sonrisa era forzada, sus conversaciones parecían actores haciendo de pareja feliz, y cariño real, poco. En resumen, era todo fachada, y ella solo veía a mi hijo como una cartera andante.
No cocinaba nada; siempre traía comida precocinada del supermercado. Un día le solté:
Oye, Carmen, podrías hacerle al menos un caldito a Álvaro, que acabáis comiendo siempre a lo seco.
Elena, no me des lecciones, que yo ya bailaba antes de que tú aprendieras a andar me soltó tan tranquila.
Sus amigas igual que ella, todas de salir, gastar, ir a spas de lujo, café sin rumbo, tiendas de ropa cara… esa era la vida de Carmen. Y si alguna cosa no le gustaba, se montaba el pollo padre, lloros y pataleta.
Siempre quiere lo mejor, y peladito, ni se molesta. De verdad, no entiendo cómo mi hijo aguanta todo eso. Sigo pensando que ese encuentro fue una metida de pata monumental.
Cada vez recuerdo más a Lucía, la de casa ordenada, comidas ricas y postres exquisitos. Sus canelones, los bizcochos de almendra, las croquetas… ¿por qué no supo Álvaro mantener ese matrimonio? La culpa fue de él, por dejar escapar a semejante mujer. Por lo menos, la pequeña Vicky no se olvida de mí y siempre me trae algún detallito.
A mis ojos, Lucía es, y será, la nuera de verdad, aunque sea ex. Solo cuando lo pierdes, sabes lo que valen las cosas. Carmen, sinceramente, es solo la mujer de paso. Me duele por mi hijo. Creo que en el fondo, Álvaro nunca dejó de amar a Lucía, pero ese tren ya no vuelvePero la vida sigue, y aunque el tiempo pasa, uno va aprendiendo a querer los días tal como vienen. Ahora me doy cuenta de que no puedo vivir eternamente mirando atrás. He cambiado yo también, quizás más de lo que pensaba; ya no espero milagros ni finales de cuento. Solo aspiro a disfrutar de las pequeñas cosas: el olor del café, una llamada inesperada de Vicky, el mensaje de mi hijo preguntando por mi salud, los tímidos rayos de sol cruzando la cortina.
El otro día, Vicky llegó a casa con una tarta de manzana hecha por ella. Se sentó a mi lado, me miró con esos ojos tan parecidos a los de su madre y me susurró:
Abuela, la he hecho para ti, por todo lo que has hecho por nosotros.
Me emocioné tanto que tuve que apartar la vista para que no me viera llorar. Porque, al final, la familia no depende de bodas ni de divorcios, ni de las mujeres que vienen y van. Está hecha de momentos reales, de la complicidad silenciosa entre abuela y nieta, de los recuerdos compartidos en la mesa de la cocina, y del amor que, aunque a veces nos duela, nunca deja de encontrar la manera de quedarse.
Y mientras compartíamos un trozo de tarta, pensé que, con todo lo vivido, casi sin darme cuenta, la vida me había regalado a la mejor compañera: mi nieta, Vicky. Al fin y al cabo, eso sí que es un final feliz… aunque todavía me queden capítulos por vivir.







