El marido ahorrador

**El marido tacaño**

Conocí a Lucía cuando ya tenía veintiocho años. Era una mujer con todo a su favor: figura esbelta, rostro bonito, pero las relaciones serias no le duraban. En la universidad, no tuvo prisa por casarse como sus amigas, pensaba que era joven y tenía tiempo. Al empezar a trabajar, se dio cuenta de que los hombres a su alrededor o estaban casados o ya tenían pareja. Así que se enfocó en su carrera.

—Así se te pasará la vida. Ya no eres una niña. La carrera está bien, pero no descuides tu vida personal —le decía su madre.

—¿Quieres que me case con el primero que pase? ¿Para luego divorciarme y que nadie me pregunte cuándo me voy a casar? —replicaba Lucía con fastidio.

—Vas a terminar viviendo en tu trabajo. Mira alrededor, ¿no hay ningún hombre que te guste?

—Basta, mamá. O de verdad me casaré con el primero —se quejó.

Su madre calló, pero empezó a preguntar a sus amigas si conocían a algún hombre soltero y sin vicios.

Una mañana, en el autobús atestado de gente, un chico le cedió el asiento. Ella le sonrió, agradecida. Dos días después, se volvieron a encontrar, se reconocieron y cambiaron miradas cómplices. No llegaron a hablar, él se bajó antes.

Un día, de regreso del trabajo, lo vio en la parada, buscando a alguien con la mirada. Sin pensarlo, Lucía bajó. Así empezó todo.

Con Daniel, todo era fácil. Aunque si alguien le hubiera preguntado si estaba enamorada, no habría podido decir que sí. Empezó a salir con él para que su madre dejara de insistir. Pero poco a poco, se encariñó. Si no lo veía, lo extrañaba.

Él no llegaba con rosas caras, sino con ramitos sencillos. Le parecía encantador. Dos meses después, le propuso matrimonio.

Lucía dudó. Era muy pronto, no lo conocía bien. Pero si decía que no, seguiría sola. Además, tarde o temprano tendría que casarse. ¿Por qué no con Daniel?

Cuando lo presentó en casa, su madre no pareció entusiasmada.

—¿Ahora qué pasa? —preguntó Lucía, irritada, después de que él se fuera.

—Nada… solo que vive con su madre, no tiene piso ni coche. ¿Dónde van a vivir?

—Alquilaremos. Tú querías que me casara, ¿no? Los hombres con pisos y coches están divorciados o son egoístas. Tendremos todo: casa, coche, hijos. ¿O prefieres que siga soltera?

Su madre cedió. Se dieron prisa con los preparativos, reservaron un salón pequeño. Lucía buscó un vestido, hasta que encontró uno precioso. Caro, pero lo compró sin dudar.

Daniel buscó pisos. Mostró dos opciones económicas, pero diminutas.

—¿En serio? Ni cabemos los dos. Y está lejos del centro —protestó ella.

—Entonces, elige tú —se molestó él.

Lucía escogió uno céntrico, con buen acabado.

—¿Lo quieren? —preguntó la dueña.

—No, es muy caro —dijo Daniel.

—Como prefieran, no bajo el precio —respondió ella, indiferente.

Discutieron. Él insistía en gastar menos; ella, en vivir mejor. Fue su primera pelea seria.

Al día siguiente, él apareció con flores, pidió perdón y dijo que había alquilado el piso. Lucía se abrazó a él, olvidando el enfado.

La boda fue feliz, recibieron dinero de regalo. A la mañana siguiente, la suegra visitó el piso.

—¡Qué bonito! Y tan barato —comentó, admirándolo.

—¿Por qué no le dijiste el precio real? —preguntó Lucía después.

—Para que no se preocupara. Siempre piensa que los gastos llevan a la ruina.

Un año después, Lucía quedó embarazada. Cuando se lo contó, Daniel frunció el ceño.

—Pensé que esperaríamos dos años más. Quería pedir un crédito para el coche…

—No abortaré para que lo compres —dijo ella, herida.

Él se disculpó, pero algo se rompió.

Poco a poco, la ilusión regresó. Eligieron nombres, miraron cunas y cochecitos. Un día, compró un trajecito blanco con encaje.

—Mira qué pequeño —dijo, emocionada.

—¿No es pronto? Y seguro que costó un riñón —respondió él.

En la ecografía, supo que sería niño. Daniel ni siquiera quiso escuchar.

El día del parto, él llamó a la ambulancia. Lucía le recordó: —Compra el traje azul para la salida.

Al salir, notó que el bebé llevaba una gorra distinta. Subieron a un coche que no reconocía.

—¿De quién es este coche? —preguntó.

—Nuestro. Un compañero lo vendía barato. ¡Qué suerte!

En casa, vio una cuna usada y ropa de segunda mano.

—¿Tu madre trajo todo esto? —preguntó, indignada.

—El niño no notará la diferencia.

—¡Yo sí! —gritó, abriendo el armario.

Cuando las madres preguntaron el nombre, Daniel dijo: “Martín”.

—No, será Adrián. Como mi padre —corrigió ella.

El bebé lloró. Al cambiarle el pañal, le dejó marcas rojas.

—Compra los que te dije.

—¿Ahora? ¿O prefieres tirar el dinero en cosas nuevas?

—Prefiero que mi hijo no sufra. Tú mismo, ¿usarías ropa áspera? —se quejó.

Se alejó, amamantando al bebé. Esa noche, estalló la discusión.

—Eres tacaño. ¿Tu madre te enseñó a vivir así? ¿Su abrigo de visón también es usado? —lo acusó.

A la mañana, él se fue sin despedirse.

Dos años después, Lucía lo dejó cuando se negó a comprarle un vestido para volver a trabajar.

—Tienes ropa de sobra. Adelgaza —le espetó.

Fue la gota que colmó el vaso.

Más tarde, conoció a otro hombre. Le regalaba rosas y detalles a su hijo.

—Lo malcriarás —decía ella, acostumbrada a la tacañería de su ex.

—Con amor no se malcría —respondió él.

Un día, en el parque, vio a Daniel con otra mujer. Ella llevaba un pequeño ramo, como los que él le había dado.

Lucía sonrió. No se arrepentía de haberse ido. Un hombre tacaño jamás cambiará. Siempre escatimará en flores, en amor, en todo.

Quizá encontró a alguien que acepte hasta los dientes de león… Pero ella ya no era esa mujer.

*Moraleja: La avaricia no solo arruina bolsillos, también corazones.*

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