Al principio no me convenciste…

Rodrigo sabía lo ridículo que debía de parecer, corriendo como un pato mareado, jadeando y empapado en sudor. Hasta un oso con sobrepeso habría sido más elegante.

El último año le había pasado factura. El trabajo de oficina, pegado al ordenador, lo había vuelto más sedentario. Se olvidaba de todo cuando trabajaba. Su madre le dejaba en el borde del escritorio un plato con bocadillos y una taza enorme de café o té. Él los devoraba sin pensar, y ella los reponía sin descanso.

—Si no levantas la vista de la pantalla, al menos que tu cerebro no sufra— solía decirle como excusa.

Ahora, Rodrigo movía las piernas con esfuerzo. La gente se apartaba al verlo venir. Con ese cuerpo descontrolado, mejor no cruzarse en su camino. De un último empujón, logró colarse en el vagón justo cuando las puertas se cerraban con un silbido. El tren arrancó, dejando atrás la estación de cercanías.

Respiraba con dificultad, el corazón a punto de salírsele por la boca. Las piernas le temblaban, la camiseta empapada se le pegaba al cuerpo. «Basta. Cuando llegue a casa, empiezo a cuidarme. Parezco un hipopótamo», se prometió por enésima vez.

Los fines de semana, la gente madrugaba para llegar pronto a sus casas de campo y aprovechar el día. Rodrigo miró alrededor. El vagón estaba medio vacío. Buscó un asiento libre, lejos de los demás. No quería que nadie notara su olor a sudor.

Se sentó, recuperó el aliento y observó a los pasajeros. La mayoría eran mayores, aunque había algún que otro hombre joven cargando bolsas de la compra. Al otro lado, una chica con unas gafas horribles y grandes se secaba los ojos con un pañuelo. La nariz enrojecida delataba que lloraba.

«La habrá dejado su novio», pensó Rodrigo. «Aunque, quién se fijaría en ella. Con esas gafas, ni para un beso rápido. Ratoncita Gris», la bautizó al instante.

Ella notó su mirada, lo miró de reojo y se volvió hacia la ventana. Un minuto después, giró de nuevo la cabeza. «Gordo y encima mirón», parecían decir sus ojos.

«Mírate tú primero», le contestó mentalmente Rodrigo, dándole la espalda con gesto desdeñoso.

En la siguiente parada, entraron dos tipos con latas de cerveza. «Uf, ahora mismo me vendría bien una fría», pensó él con envidia. Los dos escanearon el vagón y se dirigieron hacia la Ratoncita Gris.

Uno se sentó a su lado, el otro frente a ella. Cuchicheaban, se reían entre dientes, y sus miradas picarononas iban de la chica al compañero. El traqueteo del tren ahogaba sus palabras, pero no hacía falta oírlas para entender el acoso.

Aburridos de su silencio, pasaron a la acción: uno le echó el brazo al respaldo del asiento, acercándose demasiado. Ella se levantó para irse, pero el otro le cortó el paso.

—Chicos, dejadme en paz— leyó Rodrigo en sus labios más que escuchó.

Eso les dio más morbo. El segundo la agarró de los hombros, intentando sentarla de nuevo.

—¡Suéltame!— gritó ella, esta vez en voz alta.

Algunos pasajeros miraron, pero nadie hizo nada.

Rodrigo suspiró y se levantó. Se acercó por detrás al que bloqueaba a la chica y le dio un empujón. El tipo se desplomó en el asiento, pero se incorporó de un salto.

—¿Qué te pasa, gordo? ¡A ti qué te importa!— levantó el puño, pero Rodrigo le torció el brazo hacia atrás. —¡Suéltame!— chilló, retorciéndose de dolor.

Su amigo empujó a la chica y se abalanzó, pero Rodrigo lo apartó de un manotazo. Ella se encogió en un rincón.

—Te voy a partir la— gruñó el otro, pero Rodrigo lo interrumpió.

—¡Siéntate!— le espetó—. No te me acerques a mi mujer, o te rompo todos los huesos.

—¿Tu mujer? Pues vaya manera de cuidarla, dejándola sola— se rio el tipo, pero al ver a su colega sufriendo, levantó las manos—. Vale, déjalo, nos vamos.

Rodrigo soltó al primero y les abrió paso. Los dos se marcharon refunfuñando, pero sin mirar atrás.

Él se sentó frente a la chica.

—¿Te asustaron? Me quedo un rato, por si vuelven— dijo.

—Próxima parada…— anunció el altavoz, con voz distorsionada.

Ella se incorporó de golpe.

—¿Qué estación es?— preguntó Rodrigo.

—Valdemoro— respondió ella.

—La mía— dijo él.

La gente se movió, recogiendo bolsas.

—Yo también bajo aquí— añadió la Ratoncita Gris, levantándose.

El tren frenó con sacudidas. Las puertas se abrieron y los pasajeros salieron apresurados. Rodrigo y la chica fueron los últimos.

Una lata de cerveza vacía pasó rozando a Rodrigo. Se giró, pero los dos tipos ya se reían desde el vagón. Las puertas se cerraron y el tren arrancó.

—¿No te ha golpeado?— preguntó ella.

Él ni se acordaba de que estaba allí.

—No. ¿Tú también vives en la urbanización? ¿Me acompañas?— propuso Rodrigo.

—Venga— dijo ella, bajando del andén y tomando un sendero hacia el bosque.

—¿A quién vienes a ver? No te he visto antes— preguntó, volviéndose.

—Un amigo compró una casa. Barbacoa de celebración y mosquitos— bromeó.

La Ratoncita Gris no sonrió.

—En el tren llorabas… ¿Tu novio te dejó?— rompió el silencio Rodrigo.

—¿Qué te importa?— contestó ella, irritada.

—Tienes razón, no es asunto mío.

La hierba alta rozaba sus piernas. El olor a vías se desvanecía, reemplazado por el aroma del bosque. Tras quince minutos, aparecieron las primeras casas. Ella se detuvo ante una y abrió la verja.

—Adiós— dijo, dándose la vuelta.

Antes de que él respondiera, una mujer salió corriendo de la casa.

—¡Mamá!— gritó la chica, abrazándola y rompiendo a llorar.

La madre la consoló, acariciándole la espalda. Entonces vio a Rodrigo, que, avergonzado, se marchó rápidamente.

**Al día siguiente**, la estación estaba abarrotada. Cuando llegó el tren, la gente se abalanzó. Rodrigo apenas encontró sitio.

—¡Siéntate aquí!— lo llamó una voz conocida.

Era la Ratoncita Gris, pero distinta. Quizá por el vestido floreado o porque ya no lloraba.

—Es mi marido— le dijo a una mujer que quería sentarse a su lado.

«No está tan mal. Si solo se quitase esas gafas…», pensó Rodrigo.

—¿Qué tal la barbacoa?— preguntó ella cuando se sentó.

—Genial. Aire puro, el río…

—… y los mosquitos— terminó ella.

Se rieron. Tenía una risa bonita.

—Soy Lucía— se presentó.

—Rodrigo. Ni cantante ni criminal— bromeó él.

—No te pareces a ninguno— contestó ella, jugando al mismo juego.

Hablaban como viejos amigos, aunque se acababan de conocer.

—¿Por qué llorabas ayer?— preguntó él—. Si no quieres, no me—No, está bien— susurró Lucía mientras el tren avanzaba, y bajo la suave luz de la mañana, sus manos se encontraron como si llevaran toda la vida buscándose.

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