**Alma Oscura**
En el pasillo se escuchó el taconeo que se acercaba, deteniéndose un instante frente a la puerta de la oficina. Lucía alzó la vista por encima del monitor y se encontró con la mirada alerta de Sofía. La puerta se abrió de golpe, y ambas giraron la cabeza al mismo tiempo.
Entró con paso firme la jefa de departamento, Beatriz Navarro. Su traje negro impecable, sin una sola arruga. La falda llegaba justo hasta la mitad de la rodilla. El blanco inmaculado del cuello de la blusa contrastaba con el bronceado de su rostro. El cabello oscuro, corto y perfectamente peinado. Recta y elegante, exigía lo mismo de sus empleados. Joven, de unos treinta y cinco años, pero hasta el director le tenía cierto respeto.
Beatriz se dirigió directamente a Lucía, quien llevaba apenas mes y medio en la empresa, esforzándose por destacar. Mientras la estricta jefa se acercaba, Lucía repasaba mentalmente en qué podía haber fallado.
La jefa se detuvo frente a su mesa y clavó en ella una mirada arrogante, presagiando problemas. El miedo tiñó las mejillas de Lucía de rojo.
—El informe debía estar en mi escritorio ayer. ¿Dónde está? —La voz de Beatriz sonó como acero frío.
—Se lo entregué ayer mismo —murmuró Lucía, la voz temblorosa—. Lo dejé sobre su mesa.
—¿Ah, sí? ¿Y entonces?
—No estaba usted. No sé qué pasó después. —Las orejas de Lucía ardían ahora.
—Cuando entraste en esta empresa, te advertí que no tolero retrasos ni incumplimientos —decretó Beatriz, ignorando las explicaciones.
—Solo llegué tarde una vez. Mi abuela se puso mala, llamé a una ambulancia… incluso avisé por teléfono —Lucía miró a Sofía, pero esta se escondió tras su pantalla.
—Considera que no superaste el periodo de prueba. Redacta tu dimisión, si no quieres que te despida. Y quiero el papel hoy mismo. —Beatriz giró sobre sus tacones y salió de la oficina.
—Ella lo perdió, y yo soy la culpable. —Las lágrimas ardían en los ojos de Lucía, mezcla de rabia e impotencia.
—No llores, Lucía. Yo le dije lo de tu abuela, en serio. Imprime otra copia del informe, fírmalo e inténtalo de nuevo —sugirió Sofía—. Aunque… ella nunca cambia de opinión.
—¿Crees? —Lucía se secó las lágrimas y abrió el archivo.
—¿Otro informe? ¿Encontraste un error? —preguntó su supervisora, Elena Martínez.
—No. Doña Beatriz dice que no se lo entregué… que me va a despedir.
—Dios mío, date prisa. —Elena firmó el documento—. Llévaselo ahora, quizá por Navidad tenga compasión. Pobre niña.
Lucía agarró el informe y caminó hacia el despacho de Beatriz. Golpeó la puerta, pero no hubo respuesta. Dudó un instante antes de entrar y dejarlo bien visible sobre la mesa.
«Todo está perdido. Despedida en Navidad, y en invierno no hay trabajo. ¿Qué le digo a la abuela?». El pasillo estaba desierto, silencioso. Ni voces, ni puertas. Como si todos se hubieran esfumado.
Al doblar la esquina, se topó con una anciana menuda, abrigo oscuro y gorro de lana.
—Hija, ¿dónde está el despacho del director? —preguntó con voz ronca.
—¿Eh? —Lucía la miró confundida.
—¿Alguien te hizo daño?
—Me despidieron. El director está al final del pasillo. —La joven siguió caminando, cabizbaja.
—Todo se arreglará, no te preocupes —murmuró la anciana, sacudiendo la cabeza.
—¿Tan rápido? ¿No quiso escucharte? —preguntó Sofía cuando Lucía regresó.
—No estaba. Es inútil. —Recogió sus cosas, se abrigó y se despidió.
Al salir, el frío le golpeó el rostro. Demasiado pronto para volver a casa; la abuela se angustiaría. Una llovizna inusual para diciembre había derretido la nieve, dejando charcos en las aceras. Decidió refugiarse en la cafetería donde solía ir con Sofía.
Mientras, la anciana entró en recepción. Una mujer alta, de traje estricto, regañaba a una secretaria. La anciana tosió, atrayendo su atención.
—¿Dónde está el director? —preguntó.
—Hoy no vendrá. ¿Qué quería?
—¿Mañana?
—No atendemos a particulares. Venga después de Reyes —respondió Beatriz, irritada.
—Necesito al director —insistió la anciana.
—¡Le estoy diciendo que no está! —gritó Beatriz, como si hablara con una sorda.
—¿Por qué grita? Oigo perfectamente.
Beatriz dudó, pero su gesto severo volvió al instante.
—Desocupe la sala. ¿Quién la dejó entrar? —Se dirigió a la puerta, pero la anciana no se apartó.
—¡Que me deje pasar! ¡Llamaré a seguridad!
—Siempre gritando. Mira cómo brillan tus ojos… oscuros, como un abismo. Tanta ira en ellos. Por eso sigues sola. Mírate en un espejo. Qué negrura llevas dentro. Los demás te temen, pero a mí no me asustas. No soy tu empleada. He vivido demasiado para temerte.
—¿Quién se cree esta? —escupió Beatriz, volviéndose hacia la secretaria—. ¡Llama a seguridad!
Pero cuando miró de nuevo, la anciana había desaparecido. Beatriz salió al pasillo, buscándola. Nada. Entró al baño y se miró en el espejo. Un rostro deforme, lleno de rabia, la devolvió la mirada.
—¡No puede ser! —Se tocó la cara. Nada. Pero en el reflejo, la criatura persistía.
Huyó despavorida a su despacho, evitando el espejo del armario. Allí, también, la monstruosidad la acechaba.
—Dios mío, esa vieja me ha echado mal de ojo —susurró. Se calzó las botas, agarró el abrigo y salió corriendo.
En la calle, la gente la esquivaba mientras murmuraba:
—¿Dónde está? ¡Tiene que deshacer esto! —Corrió de un lado a otro, hasta que vio el gorro de lana.
—¡Alto! —interceptó a la anciana—. ¡Deshaz el hechizo!
—No puedo —respondió la vieja, serena.
—¿Por qué?
—Porque no soy bruja.
—¡Te pagaré! ¿50.000 euros? —gritó Beatriz—. ¿Por qué solo veo un monstruo en el espejo?
—Ah… al fin viste tu alma. No te gustó, ¿verdad?
—¿Qué hago? ¡No soporto verme!
—Asustada, ¿eh? Bueno, hay esperanza. Nadie puede ayudarte… solo tú.
—¿Cómo?
—Recuerda a quienes heriste. Pide perdón. Cuando el odio se vaya, tu alma sanará.
Beatriz quedó petrificada. Al volver a la oficina, pidió los datos de todos los despedidos. Una a una, llamó, disculpándose. Hasta que llegó a Lucía.
—Lo siento. Encontré tu informe. Quema tu dimisión. Vuelve en enero.
—¿En serio? ¡Gracias! ¡Feliz Navidad! —respondió Lucía, alegre.
Al colgar, Beatriz sintió una paz desconocida. Tal vez la anciBeatriz sonrió al espejo, y por primera vez en años, su reflejo le devolvió una mirada que ya no era de hielo, sino de esperanza renovada.







