Más que el oro

Lucía dejó caer la última patata pelada en el agua, tapó la cazuela y la puso al fuego. Sacó del frigorífico la carne picada y empezó a hacer las hamburguesas.

—¡Lucíaaa! —rugió su marido desde el salón. Ella se sobresaltó pero siguió picando la cebolla. —¡Lucía! —Andrés irrumpió en la cocina furioso. —¿Qué es esto? —Le mostró con brusquedad la cajita donde guardaban sus ahorros.

—Una cajita —respondió ella, apartando la mano de él con calma.

—¡Déjate ya de la cebolla! —gruñó Andrés, indignado—. ¿Dónde está el dinero? —le gritó al oído.

Por el susto, Lucía soltó el cuchillo, que cayó al suelo de baldosas con un ruido metálico. Lo recogió y continuó picando.

—No te hagas la tonta. Sabes muy bien lo que pregunto. Mírame —exigió Andrés—. ¿Dónde está el dinero?

Lucía se giró y lo miró fijamente.

—Me lo llevé. ¿Contento?

—¿Para qué? Habíamos acordado que eso era el fondo de emergencia. Pronto hay que comprar los billetes. Ese dinero era para las vacaciones. ¿Por qué no dices nada?

—¿Qué más quieres que diga? —Dejó el cuchillo y se sentó.

—¿En qué te has gastado todo nuestro dinero?

—**Nuestro**. Yo también lo ahorré.

—¿Lo has escondido? ¿No confías en mí? Vale, sí, cogí esos miserables mil euros. Era el cumpleaños de la mujer del jefe, no tenía efectivo y pensé devolverlo luego, pero se me olvidó… Pero solo fueron mil. ¿Dónde está el resto? —La voz de Andrés temblaba de rabia.

—Ayer ingresaron a mi padre de urgencia —explicó Lucía, exhausta—. Mi madre me llamó. Necesitaba operarse ya y no tenía suficiente. Le di nuestros ahorros.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo? Si no me meto en la caja, ni me entero. ¿Con qué vamos de vacaciones?

—¿Cuándo iba a decírtelo? —Lucía alzó también la voz—. ¿A qué hora llegaste anoche? Y esta mañana te fuiste al amanecer, ni el café te tomaste. ¿Tan importante era llegar pronto al curro? O quizá no era el curro. Claro, podría haberte llamado, pero tu móvil siempre está apagado. ¿Y si me pasa algo a mí o a Pablo? No hay forma de localizarte. —La voz se le quebró y tosió.

La tensión en la cocina era tal que parecía que saltarían chispas. Los platos de la pila vibraron con los gritos. Andrés, sin motivo, agarró el cuchillo de la mesa. Lucía lo vio y se levantó.

—¿Te duele gastar dinero en mi padre? Ya entiendo. Las vacaciones son más importantes. Tu padre bebía, pegaba a tu madre… —Miró el cuchillo en su mano y siguió, sin poder parar—. Yo tengo unos padres normales. Si hace falta, no solo el dinero, lo doy todo por que vivan el mayor tiempo posible.

Andrés la miró sin verla. Lucía le quitó el cuchillo.

—Perdona. No podía hacer otra cosa. Iremos de vacaciones el año que viene. Ahora descansaremos en la parcela. Además, tras la operación, habrá que ayudar a mi madre con la huerta —dijo, arrepentida, y siguió picando cebolla.

El agua de la cazuela empezó a hervir. Lucía levantó la tapa y la dejó caer ruidosamente en otra hornilla, soplando sus dedos quemados.

—No es por el dinero. Es que no me lo dijiste —insistió Andrés—. ¿Qué iba a pensar?

—¿Qué, que me gasté el dinero en ropa? ¿En un abrigo de piel o diamantes? —Lucía se volvió brusca, agitando la mano dolorida.

—Andrés, esto no es normal. ¿Qué nos pasa? ¿Cuándo fue la última vez que hablamos en serio? Siempre estás ocupado, llegas tarde, te vas pronto. Pablo se peleó ayer en el cole y ni te fijaste en el moratón. Otra vez iré yo al colegio, como si no tuviera padre. Suspendió otra vez matemáticas. ¿Sabes siquiera cómo va tu hijo? ¿Eres su padre o qué? Cogiste dinero y no avisaste. ¿Para qué? Para flores a la mujer del jefe. Y yo ni me quejé. ¿Cuándo fue la última vez que me diste flores a mí? —Hizo una pausa para respirar—. ¿Qué está pasando, Andrés? No puedo más.

Volvió al cuchillo, se cortó el dedo, lo chupó y lo soltó de nuevo al suelo. Un silencio pesado llenó la cocina. Andrés recogió el cuchillo, lo dejó con estrépito junto a la cajita y salió. Poco después, se oyó el portazo.

—Mamá, ¿os habéis peleado? —Pablo apareció en la cocina.

Lucía lo abrazó y lloró.

—No llores, volverá.

Andrés regresó pasada la medianoche. Al acostarse, Lucía olió el alcohol.

—¿Has bebido? ¿Dónde has estado?

Él se dio la vuelta sin contestar.

—¡¿Por qué tengo que pedir perdón YO?! —Lucía se incorporó, mirando su espalda—. No robé el dinero, lo usé para mi padre. Si tuvieras un padre como la gente, ¿no harías lo mismo? Si hubieras tenido dinero entonces, ¿no lo habrías dado para salvar a tu madre? —susurró con amargura—. Eres un tacaño y un cobarde, igual que él. ¿Te vas, bebes y ya está? Ay, pobrecito, le han hecho pupa. ¿Por qué no dices nada? No quiero ni dormir a tu lado. —Tomó la almohada y se fue al cuarto de Pablo.

Andrés se quedó bocarriba, mirando al techo.

—Lucía, ¿dónde está mi jersey azul? —Andrés entró en la cocina al día siguiente mientras ella preparaba el desayuno. Ella lo miró y apartó la vista—. Lucía, perdona, no sé qué me pasó. ¿Cómo está tu padre?

—Bien —refunfuñó ella, pasando de largo. Se vistió, dijo que iría al hospital, le pidió que revisara los deberes de Pablo y se marchó.

—Cariño —sonrió su padre en el hospital, pálido pero animado—. Gracias. ¿Andrés se enfadó mucho?

—Un poco —reconoció Lucía.

Siempre corría de trabajar a casa. Pablo solo, la cena… ¿No tenía derecho a tomarse su tiempo un sábado? Decidió volver caminando.

Ahora el motivo de la discusión le parecía menos grave. Andrés sabía el valor del dinero. Sí, tuvo una infancia dura. Su padre bebía. Una vez golpeó a su madre hasta dejarla inconsciente. Andrés lloró tratando de despertarla mientras su padre se fue a dormir. Una vecina llamó a una ambulancia, pero su madre murió dos días después en el hospital, sin recobrar el conocimiento. A su padre lo encarcelaron y murió allí. Andrés acabó en un orfanato.

EstudiAl día siguiente, mientras desayunaban en silencio, Pablo dejó caer su bocadillo al suelo, y ante el estupor de ambos, Andrés y Lucía se miraron y rompieron a reír, comprendiendo que algunas cosas valían más que el orgullo o el dinero.

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Más que el oro
El corazón de un gato retumbaba en su pecho, los pensamientos se arremolinaban, el alma le dolía. ¿Qué pudo haber ocurrido para que su dueña lo entregase a desconocidos, por qué lo abandonó? Cuando a Olesia le regalaron un británico completamente negro en su nueva casa, se quedó unos minutos en shock… El modesto piso de segunda mano con una sola habitación, por el que apenas pudo ahorrar, aún sin acondicionar. Y además, otros problemas reclamando su atención. Y, de repente, un gatito. Al reponerse, miró los ojos ámbar del pequeño, suspiró, sonrió y preguntó a quien le había hecho el regalo: —¿Es un gato o una gata? —¡Un gato! —Vale, gato, te llamarás Barsik —le dijo al gatito. El pequeño abrió su boca diminuta y maulló obediente: «Miau»… ***** Pronto Olesia descubrió que los gatos británicos son criaturas de lo más cómodas. Y ya van tres años viviendo en perfecta armonía. Es más: con la convivencia, descubrió que Barsik tiene un alma enternecedora y un gran corazón. Recibe a Olesia cuando vuelve del trabajo, la abriga mientras duerme, ve películas acurrucado a su lado y la sigue como una sombra cuando limpia. El mundo con el gato se volvió más alegre. Es bonito que alguien te espere en casa, con quien puedas reír y compartir tus tristezas. Y lo mejor: alguien que te entiende con sólo una palabra. Parecía que la felicidad era completa, pero… Últimamente, Olesia empezó a notar un dolor persistente en el costado derecho. Al principio pensó que se había movido mal o que era culpa de la comida grasa. Cuando el dolor se intensificó, acudió al médico. El diagnóstico le arañó el alma. Pasó toda la noche llorando, hundida en la almohada. Barsik, sintiendo su tristeza, se acurrucó a su lado y la consoló con su melódico ronroneo. Sin darse cuenta, Olesia se quedó dormida al sonido de Barsik. Por la mañana, decidida a cargar sola con su cruz, optó por no informar a nadie sobre su enfermedad para evitar miradas de lástima y ayudas incómodas. Todavía le quedaba una pizca de esperanza en el éxito de los médicos. Le ofrecieron un tratamiento que podría mejorar su estado. Lo primero era decidir qué hacer con el gato. Resignada ante la posibilidad de un desenlace trágico, se propuso encontrar un nuevo hogar y buenos dueños para Barsik. Puso un anuncio en internet informando que regalaba un gato de raza a una buena familia. Al recibir el primer mensaje, cuando le preguntaron el porqué entregaba a un gato adulto, Olesia, sin saber bien por qué, contestó que estaba embarazada y que le habían detectado alergia al pelo felino. Tres días después, Barsik, con todo su ajuar, partió con sus nuevos dueños y Olesia ingresó al hospital… Dos días después, Olesia llamó para preguntar por Barsik. Con mil disculpas, le informaron que el gato se había escapado la misma noche y no podían encontrarlo. Su primer impulso fue salir corriendo del hospital a buscar a su gato. Incluso pidió a la enfermera de guardia que le permitiera marcharse, pero ésta fue tajante y la mandó de vuelta a la cama. La compañera de habitación, viendo la angustia de Olesia, le preguntó qué ocurría. Olesia, llorando amargamente, se lo contó todo. —No te preocupes tanto, hija —le dijo una señora mayor y delgada—. Mañana viene un médico muy famoso de Madrid. Yo también tengo un diagnóstico malo, mi hijo se ha movido para llevarme a otra clínica, pero me negué. No sé cómo lo ha conseguido, pero vendrá. Voy a pedirle que te mire también, quizás no sea tan grave —le dijo, acariciándole el hombro con cariño. ***** Al salir de su transportín, Barsik se dio cuenta de que estaba en una casa ajena. Una mano desconocida intentó acariciarlo… Los nervios no le aguantaron y arañó la mano antes de esconderse en un rincón oscuro. —Pablo, déjale en paz hasta que se acostumbre —escuchó Barsik una voz femenina, pero no era la de su dueña. El corazón del gato latía con fuerza, los pensamientos se descontrolaban, el alma le dolía. ¿Qué pudo haber pasado para que su dueña lo dejara con desconocidos? ¿Por qué lo abandonó? Sus ojos ámbar exploraban la habitación. De repente vio una ventana abierta. Como una sombra negra cruzó la sala y saltó fuera. Por suerte, sólo era un segundo piso y bajo la ventana había césped bien cuidado. Desde ahí emprendió el regreso a casa… ***** La eminencia médica se presentó ante Olesia: una mujer atractiva de unos cuarenta años. Se presentó como María Pavía, revisó atentamente la ficha y le pidió tumbarse y girarse hacia el lado izquierdo. Inspeccionó y preguntó mucho, volvió a leer la ficha, repitió pruebas con aparatos médicos. Olesia no esperaba nada bueno. Volvió al cuarto, donde su compañera ya descansaba. —¿Qué te han dicho, hija? —preguntó. —De momento nada, han dicho que vendrán a la habitación. —Ya veo. A mí, en cambio, me han confirmado el diagnóstico —respondió la señora con tristeza. —Lo siento mucho y gracias por todo —contestó Olesia, deseando consolar a quien ya sabía que tenía poco tiempo. Media hora después, María Pavía regresó con otros doctores. —Bueno, Olesia, tengo buenas noticias. Tu enfermedad tiene buen pronóstico: ya te he prescrito el tratamiento, dos semanas en cama y saldrás sana —le informó sonriente. Cuando los médicos se marcharon, la compañera le dijo: —Qué bien. Me alegra haber hecho un último favor antes de irme. Sé feliz, niña. ***** Barsik no seguía ninguna estrella: sólo su instinto felino lo guiaba a casa. Su viaje, lleno de peligros y anécdotas, fue todo un reto. Sin conocer las calles, el noble británico se transformó en un felino salvaje de instintos afilados. Evadiendo avenidas y coches, Barsik avanzaba a saltos, entre vuelos, corriendo (o al menos así lo sentía cuando huía de perros), trepando árboles… persiguiendo su objetivo. En uno de los patios tranquilos donde se refugió del ruido de la carretera, se encontró cara a cara con un gato callejero experimentado. El jefe no se lo pensó dos veces: reconoció a Barsik como forastero y atacó de inmediato, pero Barsik, ahora convertido en un bandido, no cedió. La pelea no duró mucho. El jefe local huyó avergonzado dejando una oreja rasgada como recuerdo. No podía haber sido de otra manera. El jefe sólo quería marcar territorio, pero Barsik sólo buscaba volver a casa, y nada lo detendría. Recordando a sus ancestros, Barsik aprendió a dormir en las ramas y buscar las más cómodas. Ay, qué vergüenza: Barsik aprendió a comer de la basura y robar comida a otros gatos, de los que se compadecían los vecinos. Un día se topó con una jauría de perros que lo persiguieron hasta un árbol raquítico y trataron de alcanzarlo saltando y zarandeando el tronco. Una mujer, alertada por el alboroto, ahuyentó a los perros y se llevó a Barsik. Lo atrajo con un trozo de chorizo. El hambre y el miedo le nublaron la mente y bajó hasta ella, dejándose coger y acariciar. Sin embargo… Al recuperarse, Barsik recordó su objetivo, salió corriendo tras la mujer y se escapó por la puerta del portal que se abrió en el momento justo, continuando su camino a casa… ***** Al recibir el alta, Olesia volvió a casa. No podía dejar de pensar en las palabras de aquella mujer que le deseó felicidad. Por supuesto, estaba feliz porque el diagnóstico no se había confirmado y estaba sana. Pero el corazón le dolía: dolía por Barsik. Ya no podía imaginarse entrar en el piso vacío, sin nadie que la recibiera. En cuanto cruzó la puerta marcó el número de quienes recogieron a Barsik y les pidió la dirección. Fue a ver cómo se había escapado y decidió seguir los rastros del gato. Le dijeron que era inútil, que habían pasado dos semanas y era improbable que un gato casero sobreviviera en la calle. Ella se negó a aceptarlo. Olesia recorrió los patios, los parques cercanos, los garajes. Intentaba pensar como un gato que nunca había estado fuera. Llamaba a Barsik, miraba en cada sótano. Cuando ya estaba cerca de su edificio, entendió que el gato había desaparecido. Era imposible que, sin conocer la ciudad, lograra venir hasta allí después de dos horas caminando con todas las pausas. Entró a su patio cabizbaja, lágrimas en los ojos, el alma doliente. A través de la niebla de sus lágrimas vio que del otro lado de la acera avanzaba hacia ella un gato negro. «Un gato negro», pensó. Olesia se detuvo y, mirando bien, comprendió. Echó a correr gritando: «¡Barsik!». El gato no corrió a su encuentro: no le quedaban fuerzas. Se sentó, y entrecerrando los ojos de felicidad, maulló bajito: «¡He llegado!»