¿Nos hemos cruzado en algún lugar?

La memoria de un encuentro inesperado

Isabel Méndez despertó en mitad de la noche. Por un instante, creyó estar en su propia cama, en casa. A pesar de la oscuridad, reconoció el entorno de la habitación y recordó que se encontraba en una residencia de ancianos. También la llamaban centro geriátrico o residencia asistida, con ese tono amable que oculta la soledad.

Cerró los ojos e intentó dormir, pero el sueño no llegaba. Durante el día, echaba siestas, como si pudiera llenar el vacío con horas de sueño interrumpido. Por las noches, el insomnio era su compañero. Y por la mañana, se levantaba con dolor de cabeza y el cuerpo pesado.

El linóleo frío del suelo helaba sus pies descalzos. Quizás, si volvía a la cama y se arropaba con la manta, el calor la ayudaría a dormir. Antes, esa estrategia solía funcionar.

Isabel apartó la manta y se acercó a la ventana. La farola sobre la entrada principal iluminaba el jardín nevado, el camino de acceso y los esqueletos oscuros de los árboles. Más allá, las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia. Allí, en algún lugar, estaba su piso, donde había criado a su hijo, donde lo había perdido… El paisaje le transmitió un frío que no era solo del invierno. Se estremeció. ¿Para qué remover el pasado? Nadie la esperaba allí.

Con su marido, la vida había sido tranquila. De su hijo siempre se sintió orgullosa. Nunca dio problemas. Estudió, se casó, tuvieron una niña.

Pero con la familia llegaron las responsabilidades. Su hijo y un amigo montaron un negocio. Y ahí empezó todo. Alguien les puso trabas, el negocio quebró, las deudas crecieron. Él comenzó a beber. Mientras su esposa aguantó, la situación era soportable. Pero cuando ella se fue… Isabel y su marido lo intentaron todo: terapias, tratamientos. Hasta que un día, su hijo murió en un accidente de coche. Iba borracho al volante.

La muerte del hijo destrozó a su marido. El corazón no aguantó. Un infarto se lo llevó. Isabel quedó sola, completamente sola. Le pidió a su nuera que le dejara ver a su nieta de vez en cuando, pero esta se negó. Se había vuelto a casar. El nuevo marido no quería saber nada del pasado de su mujer, y menos aún de la antigua suegra.

Isabel aprendió a vivir consigo misma. Trabajaba solo para no encerrarse en casa. Pero la empresa cambió de director, y los jubilados fueron los primeros en irse. Las cuatro paredes de su piso se convirtieron en una prisión.

La pérdida de su familia la dejó frágil. La presión arterial subía, alguna vez incluso llamó a urgencias. Temió morir sin que nadie se diera cuenta. Había oído historias así: alguien se acuesta a descansar y nunca más despierta.

Lo pensó mucho, sopesó pros y contras. Hizo testamento a favor de su nieta, la única que le quedaba. Reunió sus documentos y llegó por su cuenta a la residencia. Pidió una habitación individual.

La adaptación fue dura. La primera semana apenas salió, solo para comer. Luego empezó a pasar tiempo en el salón, viendo la televisión, hablando con otros residentes. Todos eran distintos, pero sus historias, a fin de cuentas, iguales: hijos que no cuidaban, miedo a morir solos, rencillas familiares.

Echaba de menos su piso, pero allí no la esperaba nadie. Sus amigas ya no estaban: una había muerto, la otra sufría demencia.

Así que eligió la residencia. El ser humano es contradictorio. En casa, la soledad la ahogaba. La televisión permanecía encendida día y noche, para acallar el silencio. Aquí, entre gente, a veces anhelaba esconderse de las miradas ajenas.

Entre recuerdos, se durmió sin darse cuenta. Despertó tarde, casi perdiendo el desayuno. Se arregló y salió al comedor. La mayoría ya había terminado. Solo unos pocos rezagados, como ella, terminaban el bol de avena.

En la mesa de lado, un hombre de su edad comía a regañadientes, masticando lentamente, la mirada perdida. Bien vestido, pulcro. No lo recordaba de antes. Quizás no se había fijado.

El hombre notó su mirada y la miró a su vez. A Isabel le pareció reconocerlo. Asintió con educación. Él apartó la vista, indiferente.

¿Se habría equivocado? Había gente parecida. Pero ella no podía evitar mirarlo de reojo. El desayuno no le abría el apetito. Tomó dos cucharadas más y un sorbo de té frío antes de levantarse.

Toda mujer, incluso a cierta edad, siente cuándo la miran. Al salir del comedor, supo que él la observaba. No parecía un anciano cualquiera. Demasiado distinguido.

Nunca había sido delgada. Por puro capricho, balanceó levemente las caderas al caminar. No como en su juventud, pero algo quedaba. Casi se ríe. Setenta y tantos años, y coqueteando en una residencia.

Ese día intentó recordar dónde lo había visto. Últimamente, la memoria la traicionaba. Era otra razón por la que había venido aquí. Olvidaba apagar el gas, quemaba cazuelas. Una vez, los vecinos llamaron a los bomberos. Por suerte, volvió a tiempo. La vergüenza fue enorme.

Recordaba detalles insignificantes del pasado, pero olvidaba para qué había ido al supermercado. Revolvía la casa buscando documentos que luego aparecían en el lugar más obvio.

Antes del almuerzo, decidió pasar un rato en el salón. El mismo hombre estaba allí, sentado en el sofá, mirando al frente.

Isabel se acomodó en el otro extremo. El sofá no era ancho; casi se rozaban.

—No termino de acostumbrarme a vivir aquí. Y duermo fatal. Demasiado silencio, como en el bosque —comentó, como si hablara sola. Había que romper el hielo de algún modo.

El hombre guardó silencio, como si no la hubiera oído. Ya pensaba que no respondería, cuando al fin habló:

—Y casi es un bosque.

—¿Lleva mucho aquí? —preguntó Isabel.

—Un año.

—¿Un año entero? —exclamó ella—. Yo solo llevo tres semanas y ya quiero volver a casa.

—Se acostumbrará. El ser humano se adapta a todo. Hasta a la cárcel. Y esto es un sanatorio en comparación. ¿Sus hijos la dejaron aquí?

Isabel se alegró de vivir en la segunda planta, donde no había rejas en las ventanas. Pero el comentario le dolió.

—No, vine por voluntad propia. No tengo a nadie —respondió, con un dejo de amargura—. ¿Y usted?

—Tengo dos hijos y cuatro nietos. El pequeño se divorció y se casó con una mujer joven. No nos llevábamos bien. Preferí venirme aquí antes de que la situación empeorara. Allí solo estorbaba.

Se presentó como Miguel Esteban. El nombre no le sonaba. A partir de entonces, comían juntos y paseaban por el jardín cuando el tiempo lo permitía.

—¿Nos hemos visto antes? No me malinterprete, pero su cara me resulta familiar.

—Lo dudo. Nunca la había visto —respondió él—. Los científicos dicen que todos tenemos un doble en el mundo. Hay ciertos rasgos que se repiten…

Siguió hablando con detalle, pero Isabel estaba cada vez más segura de conocerlo.

—¿Tiene alguna foto de cuando era joven? Creo que de verdad nos conocemos —preguntó con cuidado.

—No soy de llevar álbumes familiares encima —contestó él con ironía, lo que avivó aún más suA la mañana siguiente, encontraron a Miguel Esteban sin vida en su habitación, y aunque Isabel jamás supo con certeza si aquel hombre era realmente el padre del ladrón que una vez la asaltó, entendió que, al final, la vida siempre encuentra la manera de cerrar sus círculos, incluso en los lugares más inesperados.

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