Lucía se despertó de golpe. La habitación estaba oscura, su corazón latía como un tambor en el pecho. Separó los labios resecos y los humedeció con la lengua. Al lado, escuchaba una respiración tranquila. Y no era Javier.
Él se le había aparecido en sueños. Viejo y canoso, consumido por una enfermedad larga. Sus palabras aún resonaban en su cabeza: *“¿Qué sentirías en mi lugar?”*. Eso la había despertado. Y la verdad era que ahora estaba en su lugar, no en la cama, sino en la vida misma. El hombre que dormía a su lado era mucho más joven que ella.
Lucía apartó bruscamente la manta y se sentó, dejando los pies colgando al borde de la cama. Alcanzó la bata del respaldo de la silla y se la echó por los hombros con pudor. A través de la tela fina, notó una mano caliente en su espalda. El tacto era agradable, íntimo, pero ese sueño… Se levantó, metiendo los brazos en las mangas.
—¿Qué pasa? Todavía es temprano —dijo una voz ronca que le hizo erizar la piel.
—Te tienes que ir —contestó Lucía sin volverse.
—¿Me estás echando?
Ella se giró. Él se apoyaba en un codo, intentando adivinar su expresión en la oscuridad. Aun así, Lucía veía lo guapo que era. Como un dios griego. El corazón se le encogió. ¿Acaso no merecía ser feliz? Esta mañana habría sido distinta si no fuese por ese sueño.
—Por favor, vete —dio media vuelta.
—¿Ni siquiera un café?
—No.
Si se quedaba un minuto más, no tendría fuerzas para echarlo.
—Por favor —repitió—. Voy a ducharme. Cuando salga, no quiero verte aquí.
—Creí que…
—Creíste mal —respondió ella, saliendo descalza de la habitación.
En el baño, abrió el grifo antes de mirarse al espejo. Ahora sí parecía su edad. Pocas arrugas, quizá algunas canas, pero en su pelo rubio apenas se notaban. «Menos mal que no me ha visto así», suspiró. Con maquillaje parecía mucho más joven.
Por un instante, había creído que todo era posible, pero el sueño con Javier la había devuelto a la realidad. No quería terminar como él. Y eso pasaría si no cortaba todo ahora. Mejor parar a tiempo.
Se quitó la bata y entró en la ducha. El agua caliente cayó sobre su espalda, hombros y pecho, quemando y limpiando las huellas de la noche. «Con Javier nunca fue así. ¿O sí?». Cerró los ojos y dejó que el agua le golpeara la cabeza. Permaneció así hasta que la piel le ardía.
Al salir, escuchó el silencio. Se había ido. Bien. Se secó, la piel enrojecida, y al pasar por el recibidor comprobó que su ropa ya no estaba. «¿En qué pensaba dejándolo quedarse? En eso mismo, claro…».
Arrancó las sábanas de la cama, las lanzó a la lavadora. En la cocina, una botella de vino medio vacía, un cuenco de uvas y una caja de bombones abierta. El «kit caballeroso» que él había traído. Lucía abrió la ventana de golpe, respirando el aire frío de la mañana. Luego vació el vino en el fregadero y tiró los bombones. «Asunto resuelto. Ojalá pudiera borrar la noche igual».
Preparó un café fuerte. Fuera nevaba suavemente, cubriendo el patio, los árboles y los bancos de blanco. A Javier le encantaba el invierno. Lo recordó, no como en el sueño, sino como era antes. Javier, el profesor al que todas las chicas de la universidad admiraban…
***
El coche avanzaba ligero por la carretera, flanqueada por bosques cubiertos de nieve. La música sonaba baja. Lucía tarareaba, hablaba tonterías. Estaba llena de alegría, orgullo… y miedo. ¿Cómo reaccionarían sus padres?
Había avisado por teléfono, claro, que no llegaría sola en Navidad. Tras una pausa, su madre dijo que estaría encantada de conocer al prometido de su hija. Por su voz, Lucía no supo si era cierto.
No mencionó que él le doblaba la edad. Ahora, sentada junto a Javier en el coche, intentaba disimular su nerviosismo. ¿Aceptarían su elección?
—¿Estás preocupada? —preguntó él.
—No, ¿por qué iba a estarlo?
—No soy mucho más joven que tu padre… Seguro que esperaban otro yerno.
—Tonterías —respondió ella, demasiado rápida, y se ruborizó.
Como todas las rubias, Lucía tenía la piel clara y se ponía colorada enseguida. A Javier le encantaba eso, por eso se enamoró de ella. El eterno soltero de la facultad, rendido a una belleza pálida.
—Bueno, no te alteres. Yo también estoy nervioso —dijo.
Serio, atento, culto… Todo eso había cautivado a Lucía. Las demás chicas le envidiaban, aunque no lo demostraban. «Ahora está sano y guapo, pero dentro de cinco años será un viejo, y la pobre Lucía le cambiará los pañales. ¿De qué sirve envidiar eso?».
—¿En qué piensas? —la sacó de sus pensamientos.
—En si he olvidado algo —mintió, ruborizándose de nuevo.
Para que no lo notara, miró por la ventanilla. Pasaban bosques, pueblos, campos nevados.
Ya cerca de su ciudad, se animó, señalando caminos, contando historias de su infancia. Con el corazón en un puño, pulsó el timbre de la casa y sonrió a Javier. Las mejillas le ardían. Su madre abrió los brazos, abrazándola nada más verla.
—Este es Javier —presentó Lucía, observando su reacción.
Su madre sonrió, dudó un instante y abrazó al futuro yerno. Lucía notó que tenían la misma edad.
—¿Vamos a quedarnos en la puerta? Pasad —ordenó su madre, disimulando la incomodidad.
Al retroceder, chocó con su padre, que salía a recibirles. En el estrecho recibidor no cabían cuatro. Su padre le tendió la mano a Javier por encima de su madre.
—Deja que se quiten el abrigo —dijo su madre, cortando el momento.
En la cocina, mientras preparaban la mesa, su madre murmuró:
—¿Cuántos años tiene Javier?
—No importa. Me quiere mucho, y yo a él.
No hubo más preguntas. A su padre le cayó bien Javier. Lucía se relajó, aunque evitó dejarlo mucho tiempo a solas con ellos.
Dos días después volvieron a casa. Lucía llevaba tres semanas viviendo con Javier.
Sus dudas vendrían después, por teléfono.
—Hija, él es casi de nuestra edad. Ahora no importa, pero ¿y después? Con los años vendrán las enfermedades…
Lucía recordó los comentarios sobre los pañales y cortó la llamada.
Después de la boda, dejaron de esconder su relación. Lucía terminó la carrera, hizo el doctorado y empezó a dar clase, aunque en otro departamento. Vivían bien. Le gustaba que él tomara las decisiones. En su casa, siempre mandó su madre.
Solo había un problema: no podía quedarse embarazada. A ella no le preocupaba, pero Javier quería hijos. Una noche, él estaba callado.
—Me hice pruebas. No puedo tener hijos —confesó.
—¿Por qué no me lo dijiste? Habríamos ido juntos…
—No quería preocuparte antes de tiempo.
—Si esperabas que te dejara por esto, te equivocas. Hay otras formas**Aquella noche, mientras veía caer la nieve desde la ventana, Lucía comprendió que, a veces, la vida no se elige, sino que se acepta.**







