—Todo depende de ti. A ver si nos entendemos rápido y me voy, porque si no… Tania descubrirá la verdad —dijo la visitante.
Por la tarde, Irene se sintió mal. Pensó que solo estaba cansada y que, tras dormir, amanecería bien. Se acostó temprano, pero al día siguiente se levantó hecha polvo, como si no hubiera pegado ojo. Le dolía la cabeza y las piernas le flaqueaban. «Me he puesto mala», decidió, y llamó al trabajo.
Su relación con el director era buena. Irene era una contable competente y confiable, así que sin darle muchas vueltas, él le dio permiso para quedarse en casa.
—No te preocupes, tómate tu tiempo para recuperarte —le dijo.
—¿No quieres llamar al médico? —preguntó su hija antes de salir para el instituto.
—No. Con reposo se me pasará —sonrió Irene.
Cuando su hija se fue, Irene tomó un antiviral y un té caliente con miel, y volvió a la cama. Despertó al mediodía, sintiéndose algo mejor. Fuera nevaba copiosamente, como si el invierno hubiera regresado en pleno marzo.
La blancura del exterior le lastimaba los ojos. Irene volvió a tumbarse y cerró los párpados. Qué placer no hacer nada, sin prisas, solo descansar. Estaba a punto de dormirse cuando sonó el timbre.
¿Quién podía ser a esa hora? Tania aún no volvería, y no era su vecina, porque todos sabían que a esas horas estaba trabajando. El timbre sonó de nuevo.
—No estoy. ¿No se entiende? —murmuró Irene, esperando que el visitante se fuera.
Pero insistieron. Con gesto molesto, Irene se levantó, se puso las zapatillas, se echó un chal sobre los hombros y fue a abrir. Miró por la mirilla y vio un hombro y un gorro: una mujer esperaba al otro lado. Pensó que sería alguien de la oficina, venida a visitarla o a traerle algún documento.
Abrió la puerta y la reconoció al instante. ¿Cómo iba a olvidarla si la veía cada día, solo que dieciséis años más joven? Tania tenía esos mismos ojos azules y labios carnosos, aunque el pelo más oscuro. En cambio, la mujer que tenía delante mostraba rizos teñidos asomando bajo el gorro. Había engordado un poco y envejecido, pero seguía siendo la misma.
—¿Tú? —se estremeció Irene.
Dieciséis años atrás, aquella mujer había venido para entregar, y ahora regresaba para reclamar. ¿Se había arrepentido? Irene tuvo ganas de cerrarle la puerta en las narices, pero la intrusa, como si lo adivinara, agarró el picaporte desde fuera.
—¿Me dejas pasar? —preguntó con voz ronca.
—¿Para qué has venido? —respondió Irene, vigilante, lista para cerrar en cualquier momento.
—A hablar.
—No tenemos nada de qué hablar. —Irene tiró de la puerta, pero la mujer no soltó.
—Sí. De Tania.
—¿Qué hay que decir? El tren ya partió. Me la vendiste. ¿No te acuerdas? —Irene le lanzó una mirada furiosa.
La mujer esbozó una sonrisa burlona, con sus labios pintados de rojo intenso, y tiró bruscamente de la puerta. Irene, débil y sorprendida, la soltó, y esta se abrió de par en par.
En ese momento, alguien salió al rellano del piso de arriba, e Irene retrocedió para dejar entrar a la visitante. Lo último que necesitaba era que los vecinos oyeran su conversación. La mujer entró y miró alrededor.
—No vengo a que me invites a un té. ¿Tan pálida estás? ¿Miedo o enfermedad? —preguntó con sarcasmo.
—Di qué quieres. Tania volverá pronto del instituto —dijo Irene, sabiendo que no iba a librarse de ella fácilmente.
—Depende de ti. Si llegamos a un acuerdo rápido, me iré. Si no… Tania sabrá la verdad —respondió la mujer, con voz áspera.
Su mirada azul era gélida. Irene sintió un latido doloroso en la nuca. Se apoyó contra la pared, sintiendo que las piernas no la sostenían.
—¿Has venido por dinero otra vez? ¿Ahora quieres vender tu silencio? —se dio cuenta Irene, haciendo esfuerzos por no mostrar su debilidad.
Los labios rojos de la mujer se curvaron en una mueca.
—Exacto. Si no quieres que Tania sepa la verdad, paga —declaró sin piedad.
—No tengo dinero —replicó Irene tajante.
—Búscalo —refunfuñó la mujer, indiferente.
—¿Cuánto? —dijo Irene, casi sin aire.
—Eso me gusta. Así hablamos… —La mujer soltó una cifra.
—Necesito tiempo para reunir tanto. —Irene estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa con tal de que se fuera. Sentía que en cualquier momento se desmayaría.
—Bien. ¿Dos días te bastan?
—¿Y si llamo a la policía? —intentó asustarla Irene.
—Adelante. Pero tú también tendrás que responder. Diré que fuiste tú quien me ofreció dinero aquella vez. Y los documentos, ¿cómo los conseguiste? ¿Los compraste? —La mujer hizo una pausa—. Volveré pasado mañana.
Cuando por fin la puerta se cerró tras ella, Irene se desplomó contra la pared y rompió a llorar. Siempre lo había sabido, lo había sentido. Su madre le advirtió que mujeres como esa no se conforman, que seguirían chantajeando. Pero ¿de qué servía ahora pensar en eso? Debía encontrar ese dinero. Se levantó del suelo, cruzó la habitación y se dejó caer pesadamente en la cama.
«¿Por qué tengo que darle nada? Volverá otra vez. No le daré ni un euro. Cuando Tania vuelva del instituto, se lo contaré todo…» Tras revolverse en la desesperación, Irene tomó una decisión.
***
Diecinueve años atrás, un joven y atractivo ingeniero llegó a la fábrica donde Irene trabajaba como contable. Desde el primer momento, sintió que cada célula de su cuerpo vibraba bajo su mirada, y su corazón se encogió de dulzura. Notó que a él le ocurría lo mismo.
Cada vez que alguien entraba en contabilidad, ella levantaba la vista de los papeles, decepcionada al ver que no era él. Se cruzaron un par de veces en la cantina. Y una semana después, él la esperó a la salida y la acompañó a casa…
Su madre le insistía en que dejara la fábrica y buscara trabajo en una empresa privada. Mejor sueldo y más oportunidades de encontrar un marido con dinero. ¿Qué futuro había en una fábrica? Pero Irene no tenía prisa. La jefa de contabilidad pronto se jubilaría y había prometido dejarla a ella en su puesto. Y ahora estaba Iván…
Cuando Iván pidió su mano, su madre se alegró. Un ingeniero, no un simple obrero. La boda fue alegre y bulliciosa. El director les regaló las llaves de un piso del casco antiguo, pero ¿qué más daba? Tras la luna de miel en el sur, volvieron bronceados, felices y relajados.
Vivieron en armonía. Solo que el tiempo pasaba y no llegaban los hijos. Irene se hizo pruebas, y los médicos dijeron que era pronto para sacar conclusiones, que debía ser paciente.
—No pasa nada, adoptaremos —la tranquilizó Iván, pero ella ni quería pensarlo. Soñaba con ser madre biológica.
Un año después, cedió.
—Adoptemos —propuso una noche.
Iván guardó silencio un largo rato y luego, para sorpresa de Irene, dijo que no quería criar al hijo de otro. Al día siguiente, sin avisar, compró un coche. Alguien lo vendAl final, Irene y Tania siguieron adelante juntas, más unidas que nunca, dejando atrás los fantasmas del pasado y abrazando el futuro con esperanza.







