A estas alturas, ya tengo dos hijos. Son pura dinamita, lo rompen todo a su paso, pero también son unos soles. Pueden darse un buen golpe, montar un drama digno de una telenovela y después abrazarse como si no hubiese pasado nada. El resto de la gente, cuando ve el comportamiento de mis chicos, no hace más que señalar los aspectos negativos y darme consejos gratuitos sobre cómo debería educarles como es debido. Yo tengo claro que los niños a esta edad necesitan libertad para poder expresarse y, con suerte, para que en el futuro no se conviertan en muebles.
Además, muchos insisten en que mi Diego es un niño bien educado y tranquilo, pero Javier, dicen, es un trasto, demasiado inquieto y que de mayor no hará más que molestar al hermano. Yo solo sonrío y asiento. Puede que algo de razón tengan, pero el caso es que se adoran, se complementan, y no saben vivir el uno sin el otro. Me pidieron muchas veces que les comprara un perro, pero a mí los perros me dan un respeto tremendo. Si alguna vez les compro una mascota, seguro que será una tortuga, que son lentas, discretas y saben defenderse si hace falta.
Antes, ni siquiera mi marido y yo podíamos imaginar lo que iba a cambiar nuestra vida con el nacimiento de nuestro segundo hijo, Javier. Cuando supe que venía al mundo con problemas de salud, mi vida se volvió gris por un instante. Hasta entonces todo había ido como la seda: el embarazo era de libro, ningún síntoma preocupante, todo dentro de lo normal.
Tras la famosa ecografía, llegué a plantearme el aborto, aunque solamente fue un segundo. Luego espabilé y decidí seguir adelante. Nadie me apoyaba, salvo mi marido; ni mis propios padres, fíjate tú. Eso sí, mi pobre esposo tampoco tenía muy claro qué hacer. Aguanté que me llamaran loca, me tragué las lágrimas y respondí con la clásica: Los hijos son la alegría de la vida. Menos mal que mi marido sacó fuerzas de donde no había y zanjó el tema: Va a tenerlo, y punto. Poco a poco, mi familia terminó aceptando mi decisión. Y cuando por fin nació el peque, todos nos quedamos asombrados de lo rápido que aprendía cualquier cosa. Su hermano mayor, Diego, le daba objetos y él los bautizaba con nombres. Fue ahí cuando empecé a creer que, pese a todo, las cosas saldrían bien. Y así fue, por suerte.







