**Viaje a la casa de campo**
Aquella mañana de sábado, mientras desayunaban, su madre soltó de golpe:
—¿Qué planes tenéis para hoy? Vendrá una amiga mía a comer…
—Y no vendrá sola, sino con su hijo. ¿A que sí? Mamá, basta ya de querer casarme. Ya me arreglaré yo sola. —Ana puso los ojos en blanco, molesta.
—¿Tú sola? ¿Encerrada en casa? Así te quedarás para vestir santos. Y los años no esperan… —refunfuñó su madre mientras hacía ruido con los platos.
—Pero ¿qué años, mamá? ¡Si sólo tengo veinticuatro! ¿Tan rápido quieres librarte de mí? —Ana estaba harta de aquella conversación.
—¡Ya veinticuatro! La hija de Reme, la del tercero, a tu edad ya tenía dos hijos. El otro día me soltó: «¿Y tu Anita no piensa en casarse? ¿Espera a un príncipe azul?» —Su madre imitó perfectamente el tono burlón de la vecina, una mujer bastante chismosa.
—¡Basta! ¡Terminé! —Ana golpeó la mesa con la mano y salió de la cocina con gesto teatral.
Se puso unos vaqueros y un jersey azul, se soltó el pelo delante del espejo.
—¿Adónde vas tan arreglada? —Su madre apareció en el umbral de la habitación.
—¿Qué tiene de malo? —Ana se volvió hacia ella.
—Parece que vas a trabajar al campo, a la casa de pueblo…
—Estás anticuada. Ahora la gente va así a discotecas y restaurantes. ¡Y déjame decidir por mí misma cómo vestirme, al menos! —Ana pasó junto a ella hacia el recibidor.
—No llegues tarde a comer, tendremos invitados —le recordó su madre.
Ana se puso la chaqueta, cogió el bolso y salió del piso, cerrando la puerta con más fuerza de lo normal. Ya había decidido que iría a la casa de campo. Su madre solo iba allí para escapar del calor de la ciudad, siempre en verano, para descansar, no para trabajar en la huerta. A finales de septiembre ya no había nada que hacer, hacía fresco. Allí, al menos, su madre no la daría la lata.
Compró una botella de agua, un bollo, unas galletas y una tableta de chocolate en la tienda. El tren de cercanías iba casi vacío. Ana se sentó junto a la ventana, apoyando la cabeza en el cristal. Un cielo gris y bajo se cernía sobre la hierba mustia y los arbustos escasos de hojas que bordeaban las vías. Sin duda llovería. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Si el día empezaba mal, seguiría dando sorpresas.
Al ritmo de las ruedas y el murmullo de los pasajeros, Ana recordó cuando iba a la casa de campo con Íker. ¡Cómo lo había querido! Se ahogaba si pasaban un día sin verse. Solo junto a él cobraba vida…
Hasta que llegó su única amiga. Habían compartido pupitre en el colegio, eran más unidas que hermanas. Juana se fue a Madrid con unos parientes ricos. Se casó allí, pero algo no funcionó y se divorció. Ana, locamente enamorada, no se dio cuenta de las miradas codiciosas que Juana le lanzaba a Íker, y eso fue un error.
Los tres iban juntos a la playa, a cafés, a la casa de campo… Hasta que un día, Reme la paró en el portal y con voz melosa le preguntó por qué no había ido con ellos…
—¿Con quiénes?
—Pues con esa, tu amiga… e Íker. Los vi comprando vino y fruta en el supermercado…
Llamó a Íker. Él se justificó, diciendo que Juana le había dicho que Ana no iría… Claro. Juana. Al día siguiente, Íker pidió perdón. Pero dos semanas después se fue a Madrid con Juana. Así que no la había querido. Pero eso no aliviaba a Ana. Ella sí lo había amado, ¡y mucho! Pero Íker se fue, y su mundo se derrumbó. Perdió a su amiga y al hombre que amaba. Le entraron ganas de morirse.
—Señorita, su billete. —Ana despertó sobresaltada y levantó la cabeza.
A su lado estaba un chico alto y atractivo con el uniforme de Renfe.
Ana rebuscó en los bolsillos de la chaqueta, pero no encontró el billete. Miró al revisor, desconcertada. Él la observaba con calma, esperando. Sacó la cartera del bolso, la abrió y suspiró aliviada al encontrarlo. Se lo tendió.
El revisor lo validó, y por un instante, ambos sostuvieron el billete, mirándose. Luego él bajó la mano y siguió su camino por el vagón, lanzando miradas fugaces a Ana. Aquel juego de miradas la divirtió. Cuando el revisor salió del vagón, sin embargo, sintió una extraña tristeza.
Ana bajó en su parada, respirando el aire fresco. Caminó por el andén hasta el sendero que atravesaba el bosque. La urbanización estaba a dos kilómetros de la estación, pero el bosque acortaba la distancia. Miró atrás: nadie la seguía. Los otros pasajeros se habían dispersado. Había muchos pueblos por la zona.
Avanzó por el sendero, escuchando el canto de los pájaros y el picoteo de un pájaro carpintero. Al fin, el bosque se abrió y llegó a la urbanización. La mayoría de los vecinos ya habían recogido la cosecha y se habían marchado a sus pisos en la ciudad. No volverían hasta el año siguiente.
Pero Ana sabía que algunas casas estaban habitadas todo el año. Como la del viejo Cárdenas. Cuando murió su mujer, dejó el piso a su hijo y se instaló allí. Y luego estaba Javi, el inofensivo «tontito» del lugar. Cuando murió su padre (que no abandonó a su mujer ni a su hijo enfermo), su madre lo llevó a la casa de campo y lo dejó allí. El pobre estorbaba en su nueva vida. De vez en cuando, su madre aparecía con comida.
Los niños del pueblo se burlaban de Javi, adulto pero inocente, y le lanzaban piedras. Ana lo defendió una vez, regañándolos. Él no lo olvidó y siempre le sonreía, acompañándola hasta la verja.
Oyó unos pasos torpes detrás de ella. Sin volverse, supo que era Javi. Tenía una pierna rígida, el pie torcido, y la arrastraba al caminar. Su brazo derecho estaba contraído, inservible, y lo pegaba al pecho.
Ana aminoró el paso. Cuando Javi la alcanzó, lo saludó. Él sonrió con su boca desdentada y murmuró algo.
—¿Estás solo? ¿Todos se han ido?
Javi movió la cabeza negando, señaló adelante con su mano buena y volvió a murmurar.
—¿Está Cárdenas?
Javi asintió tan fuerte que parecía que la cabeza se le iba a caer. Luego volvió a murmurar, agitando la mano.
—Entiendo, alguien más sigue aquí. —Ana asintió.
Llegaron a su casa. Javi se detuvo antes de la verja. Nunca entraba sin invitación. Se dio la vuelta para irse.
—¡Espera! —lo llamó Ana—. Toma. —Sacó del bolso el chocolate y las galletas—. Llévatelo. Volveré esta tarde, ¿vale?
Javi guardó los regalos bajo su brazo contraído, asintiendo. Conocía a todos en el pueblo, quién vivía dónde, cuándo se iban y volvían, aunque no podía decirlo. Ana se despidió y abrió la verja.
Su madre gustaba de dejar la casa impecable. Olía a humedad y a ratones. Podría encender la chimenea, pero prefirióMientras cerraba la puerta, una cálida sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro, sabiendo que, a pesar de todo, la vida siempre encontraba la manera de sorprenderla.







