La esposa cambió la familia por el silencio

**Diario de un hombre cualquiera**

—Mamá, ¡por fin dime algo! —gritaba Lucía, de catorce años, agitando su boletín de notas lleno de suspensos—. ¡Pareces un mueble! ¡Ni siquiera me regañas ya!

—Elena, tu hija te habla —masculló Javier, sin levantar la vista del periódico—. Podrías, al menos, contestarle.

Elena Martínez seguía sentada junto a la ventana, con una taza de té frío entre las manos. Miraba cómo los niños del vecindario jugaban al fútbol en la plaza, riendo y gritando. Mientras, en su piso de Madrid, reinaba un silencio denso, quebrado solo por los intentos de su familia por llamar su atención.

—¿Vas a ir a la reunión de padres o te vas a escaquear otra vez? —insistió Lucía.

Elena la miró largamente, como esperando que la chica entendiera algo sin palabras. Lucía calló, sorprendida por la ausencia del sermón habitual sobre la importancia de estudiar. Pero su madre solo asintió y volvió a mirar por la ventana.

—Elena, ¿qué te pasa? —protestó Javier—. La niña te habla y tú como si nada. ¿Es que te has vuelto muda?

Elena sonrió para sus adentros. ¿Cuánto llevaba así? ¿Un mes? ¿Un año? ¿O acaso los últimos quince, intentando que la escucharan sin éxito?

—Me voy a casa de Claudia —anunció Lucía, tirando el boletín sobre la mesa—. Allí al menos me hacen caso.

La puerta se cerró de un portazo. Javier dejó el periódico y miró a su mujer con desconcierto.

—Elena, hablo contigo. ¿Qué ocurre? ¿Por qué te has vuelto tan… distante?

*Distante*. La palabra resonó en su cabeza. ¿Cuándo fue la última vez que Javier le preguntó por su día sin que hubiera un problema de por medio? ¿Cuándo se interesó por su trabajo, sus preocupaciones, sus silencios?

—¿Elena? —Javier se acercó—. Dime algo. ¿Necesitas ir al médico?

*Al médico*. Claro, si una mujer no grita, no discute, no sermonea, debe estar enferma.

—Estoy bien —dijo ella en voz baja.

—Entonces, ¿por qué has dejado de hablarnos?

Elena se levantó y se dirigió a la cocina. Javier la siguió.

—Oye, quizá necesites vacaciones. Podrías visitar a tu hermana en Toledo, relajarte un poco.

*Relajarme*. ¿De qué? ¿De una familia que apenas la ve? ¿De un trabajo donde es invisible? ¿De una vida que se repite día tras día?

Empezó a fregar los platos. Javier esperaba una respuesta.

—Elena, ¿por qué no me contestas? Me preocupas.

*Preocuparse*. Recordaba cuando sí lo hacía. En sus primeros años de matrimonio, Javier podía escucharla durante horas. Ahora ni siquiera recordaba el nombre de su jefa.

—Todo está bien, Javier. No te inquietes.

—¿Cómo no hacerlo? Antes esta casa no paraba de oírse tu voz. Ahora es como una tumba.

*Antes*. Sí, antes hablaba mucho. Contaba anécdotas del trabajo, de sus amigas, de sus sueños. Y ellos asentían mientras pensaban en otra cosa.

—¿Cenamos juntos esta noche? —propuso Javier—. Hace mucho que no lo hacemos.

*En familia*. Imaginó la escena: Javier hablaría del trabajo, Lucía se quejaría de los profesores, y a ella solo le prestarían atención si preguntaba: «¿Queréis más pan?».

—Lucía no viene. Dijo que cenaría con Claudia.

—Pues tú y yo, como antes.

*Antes*. Cuando Javier notaba si estaba triste. Cuando la abrazaba sin que ella tuviera que pedirlo.

Terminó de secar los platos. Javier seguía ahí, esperando.

—Vale —aceptó—. Prepararé algo.

Él sonrió, como si fuera algo extraordinario. Cuando ella había cocinado cada noche durante quince años.

Durante la cena, Javier intentó hablar.

—¿Qué tal en el instituto? —preguntó, sirviéndose patatas.

—Normal.

—¿Y eso qué significa? ¿Los nuevos profesores? ¿El director?

Elena lo miró. ¿Realmente quería saber o solo llenaba el silencio?

—Los profesores bien. El director también.

—Ah. Pues hoy en la oficina… —Y se lanzó a hablar de un problema con un cliente.

Elena asentía, como siempre. Él hablaba, ella escuchaba. Cuando intentaba compartir algo de su trabajo, él cambiaba de tema.

—¿Te acuerdas de cuando hablábamos hasta el amanecer? —dijo Javier de repente—. De cualquier tontería.

Lo recordaba. Entonces, a él le importaba lo que ella decía. Ahora solo extrañaba el ruido de fondo.

—Sí —contestó.

—Ponemos música —propuso él—. Esto está muy silencioso.

*Silencio*. Le faltaba el ruido. No su presencia, no sus pensamientos. Solo el sonido de fondo.

Después, Javier se puso a ver la tele. Elena se sentó con un libro, pero no leía. Pensaba en cuándo se había convertido en un fantasma en su propia casa.

Quizá fue poco a poco. Primero dejaron de escucharla. Luego, de responder. Finalmente, de notar que hablaba.

Y ella, calló. ¿Para qué hablar, si nadie oía?

Al día siguiente, en el instituto, su compañera Laura se acercó.

—Elena, últimamente estás muy rara. ¿Va todo bien?

—Sí, perfecto.

—No me lo creo. Antes eras la más habladora del claustro. ¿Problemas en casa?

*Problemas*. ¿Los había? Javier trabajaba, Lucía estudiaba, la casa marchaba. Todo normal. Solo que ella había dejado de hablar.

—Nada grave. Solo cansancio.

—Bueno… —Laura dudó—. Por si acaso, cuídate. A Carmen, la de Ciencias, su marido la dejó hace poco. Él también empezó a actuar raro.

—No, con Javier todo va bien.

Laura se fue. Elena pensó que, si Javier se marchara, quizá ni lo notaría. Ya vivía en su propio mundo, donde ella era parte del decorado.

Esa noche, Lucía llegó con chismes del instituto.

—Mamá, ¿sabes qué? ¡Claudia se ha peleado con Sara por un chico! —hablaba sin parar—. Y mañana tengo examen de Historia… ¿Me ayudas?

Elena miró a su hija. Catorce años, justo cuando más necesitaba una madre. Y ella, muda como una piedra.

—Claro —dijo.

Se sentaron con el libro. Lucía leía, Elena explicaba. Su hija escuchaba, preguntaba.

—Mamá… ¿por qué ya no hablas? —preguntó de pronto Lucía—. Antes contabas mil cosas. Ahora solo hablas si te preguntan.

Elena dejó el libro. Su hija la miraba con inquietud.

—Es que me cansé de hablar, cariño.

—¿De nosotros? ¿Hicimos algo mal?

—No. Solo a veces el silencio es mejor.

—A mí no —confesó Lucía—. Me gustaba oírte. La casa estaba viva. Ahora parece vacía.

*Vacía*. Su hija sí notaba su voz. Solo que no lo demostraba.

—Lucía… ¿de verdad me escuchabas antes? —preguntó Elena—. Cuando hablaba de mi trabajo, de mis cosas…

La chica reflexionó.

—No siempre —admitió—. Pero me gustaba oírte. Era… como estar en casa.

*Como estar en casa*. Su voz daba calor. Como el rumor de la radio.

—Mamá, prometo escucharteFinalmente, Elena comprendió que el silencio no era la respuesta, sino encontrar la manera de que su voz fuera escuchada en el corazón de quienes amaba.

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