Se fue sin despedirse
Zenaida Fernández estaba junto a la ventana contemplando el patio, donde Martina del octavo piso tendía la ropa. La vecina tarareaba algo mientras sacudía las sábanas, y el viento jugueteaba con sus canas. Una mañana cualquiera, rutinas normales. Sin embargo, Zenaida no podía sacudirse la sensación de que algo andaba mal.
—Mamá, ¿vas a desayunar? —la llamó Lucía desde la cocina.
—Ahora voy —respondió Zenaida, pero no se movió de la ventana.
Lucía apareció en el marco de la puerta, secándose las manos con el paño de cocina. Su hija siempre había sido guapa, pero ahora, con treinta y siete años, lucía especialmente radiante. El cabello recogido en un moño impecable, los ojos claros, aunque con los labios apretados, como siempre cuando estaba pensando algo.
—Mamá, necesito hablar contigo —dijo Lucía al sentarse a la mesa y servir el té.
—Dime, hija.
Zenaida se sentó frente a ella y tomó la taza humeante. El té, fuerte y aromático, como le gustaba a su suegra, ya fallecida. Qué curioso, otra vez pensando en ella. Seis meses habían pasado y aún no podía soltar su memoria.
—Me han ofrecido un ascenso —empezó Lucía, sin alzar la mirada—. Un buen puesto, el sueldo se duplica.
—¡Pero qué bien! —se alegró Zenaida—. Ya era hora, eres su mejor profesional.
—Pero tendría que trabajar en Barcelona.
Las palabras quedaron flotando en el aire. Zenaida dejó la taza en el platillo sin probar el té.
—¿En Barcelona?
—Sí. Allí abren una nueva sede y necesitan un jefe de departamento. Lo he pensado bien, mamá. Es una gran oportunidad.
—¿Y yo qué? —escapó de los labios de Zenaida.
Lucía alzó por fin la mirada, y en sus ojos Zenaida vio la misma determinación de siempre. La misma que tuvo a los dieciséis cuando anunció que estudiaría ingeniería en vez de magisterio, como quería su madre. La misma cuando se divorció, pese a todos los consejos.
—Mamá, no eres una niña. Sabrás arreglártelas. Además, no me voy al fin del mundo. Barcelona no es Australia.
—Pero… —Zenaida se atragantó. ¿Qué iba a decir? ¿Que temía quedarse sola? ¿Que estaba acostumbrada a los pasos de Lucía por las mañanas, a su voz en la cocina, a tener con quién hablar, quejarse o simplemente callar?
—Mamá, entiéndelo, ya tengo treinta y siete. Quiero probar algo nuevo antes de que sea tarde.
—¿Y aquí no es bueno? —Zenaida miró alrededor la cocina, donde habían pasado tantos años, donde Lucía hizo los deberes en esa misma mesa, donde compartieron el té tras la muerte del padre.
—No es malo. Pero no es lo que quiero. Necesito… —Lucía buscó las palabras—. Necesito sentir que vivo mi vida, no que solo existo en la misma rutina.
Zenaida bebió un sorbo del té frío. Amargo. Se había olvidado del azúcar.
—¿Y cuándo piensas… irte?
—En dos semanas. Hay que arreglar todo rápido antes de que den el puesto a otro.
Dos semanas. Catorce días. Zenaida intentó imaginar la mañana en que Lucía no estaría. Silencio. Cocina vacía. Nadie que preguntara cómo estaba, que ayudara a abrir un bote de mermelada o que simplemente escuchara.
—¿Lo has pensado todo? Piso, trabajo…
—Todo está bajo control. La empresa ayuda con el alojamiento y aquí encontrarán reemplazo. Mamá, por favor, entiéndeme.
Zenaida asintió, aunque no quería entender. Quería gritar, llorar, decirle que era egoísta, que abandonaba a su madre. Pero, ¿acaso ella no soñó también con marcharse de casa? Claro que entonces era distinto: la posguerra, la escasez, no había espacio para sueños. Ahora los tiempos eran otros, y su hija tenía derecho a elegir.
—Está bien —dijo por fin—. Si es lo que has decidido.
Lucía exhaló aliviada.
—Gracias, mamá. Sabía que lo entenderías.
Los siguientes días fueron un torbellino. Lucía iba de un lugar a otro, renunciaba al trabajo, reunía papeles. Llegaba tarde, agotada, y apenas hablaban. Zenaida no preguntaba detalles, temiendo hacer el viaje de su hija más real.
Seguía con sus quehaceres: cocinar, limpiar, ver la tele. Solo que ahora cada acto venía acompañado del pensamiento: pronto lo haré sola. Cocinar para una, lavar un solo plato, hablar con el gato porque no habrá nadie más.
—Mamá, ¿te acuerdas de cuando íbamos a Cádiz con papá? —preguntó Lucía una noche, hojeando fotos.
—Claro que sí. Tenías siete años y te encantaba meterte sola en el mar.
—Y papá me cargaba en brazos, decía que era su sirena —sonrió Lucía—. Fueron buenos tiempos.
—Sí, muy buenos.
Zenaida tomó una foto vieja. Ahí estaban, los tres, en la playa. Su marido bronceado y riendo, Lucía en sus hombros agitando los brazos, y ella misma, joven, feliz, con unos ojos que aún no reflejaban el cansancio que llegaría tras su muerte.
—A veces pienso —continuó Lucía— que si papá viviera, me apoyaría. Entendería que necesito probar esto.
—Tu padre siempre te apoyó —asintió Zenaida—. Quizá demasiado.
—¿Demasiado?
—Nada, hija. Solo que te quería muchísimo. A veces más que a sí mismo.
Lucía dejó las fotos y abrazó a su madre por los hombros.
—Mamá, yo también te quiero mucho. No te estoy abandonando. Solo… necesito probar otra vida.
Zenaida se aferró a ella, respirando el olor familiar de su pelo. Cuando Lucía era pequeña, así la abrazaba antes de dormir, le leía cuentos, le cantaba nanas. Ahora su hija era adulta, tenía su propio camino, y no había derecho a retenerla solo por miedo a la soledad.
La víspera de la partida, Lucía llegó con cajas y empezó a empacar. Zenaida ayudó, dobló libros, envolvió platos en papel de periódico. Objetos cotidianos, parte de su hogar durante años, ahora parecían ajenos, listos para mudarse.
—Mamá, te dejo las llaves de mi habitación —dijo Lucía—. Por si quieres cambiar algo o alojar visitas.
—¿Qué visitas? —resopló Zenaida—. ¿Quién va a venir?
—Bueno, quizá la tía Carmen. Dijo que vendría desde Toledo.
—La tía Carmen lleva cinco años diciéndolo.
Se rieron, y por un momento todo fue más ligero. Como antes, cuando eran solo madre e hija, no dos mujeres separadas por decisiones y distancia.
Por la noche, Lucía habló largo rato por teléfono con una amiga, contándole del nuevo trabajo, de sus planes. Su voz sonaba emocionada, feliz. Zenaida escuchaba desde la cocina y entendió: su hija ya estaba allí, en mente. Aquí solo quedaba el pasado.
Por la mañana, Lucía se levantó temprano, aunque el tren salía por la tarde. Revisó documentos, llamó al trabajo. En el desayuno, el silencio entre ellas fue espeso, y Zenaida sintió cómo crecía un muro invisible. No era rabia ni rencor, solo la certeza de que, tras ese día, nada sería igual.
—TAl día siguiente, mientras el sol entraba por la ventana de la habitación vacía, Zenaida se dio cuenta de que la vida, aunque distinta, seguía su curso, y que el amor entre una madre y una hija jamás se medía en kilómetros.






