Solitaria entre los suyos
—Mamá, ¡otra vez preocupándote por tonterías! —dijo Olga con irritación, sin apartar la vista del móvil—. No es para tanto que no hayan venido a tu cumpleaños. La gente tiene sus cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó Valentina en voz baja, apretando una servilleta entre las manos—. Marta había prometido venir con los niños, Javier también dijo que se liberaría. Y Pablo, ¡hasta me contó que ya tenía comprado mi regalo!
—¿Y qué? —Olga alzó por fin la mirada—. Marta está con los niños enfermos, Javier tiene problemas en el trabajo y Pablo se quedó atascado en un viaje. Nadie lo hace adrede.
Valentina seguía poniendo la mesa en silencio. El mantel bonito, la vajilla buena, la que solo sacaba para ocasiones especiales. ¿Setenta años no eran una ocasión especial? Había estado comprando comida toda la semana, cocinando desde primera hora los platos favoritos de sus hijos. Ensaladilla rusa para Marta, patatas con setas para Javier, el pastel de milhojas para Pablo.
—Olga, ¿por qué no les llamamos otra vez? —rogó—. Quizá aún puedan venir.
—¡Mamá, basta ya! —Olga se levantó de la mesa—. Tengo que irme. Alejandro está solo con los niños y se cansará.
—Pero si apenas hemos comido…
—¿Y qué hay? Solo ensaladitas. Yo comeré bien en casa.
Valentina la observó mientras recogía el bolso. Rápida, con prisa, como si temiera perder algo importante.
—Bueno, mamá, no te pongas triste. La próxima vez se juntarán todos, ya verás.
Un beso en la mejilla, el portazo. Valentina se quedó sola ante la mesa puesta para seis.
Permaneció mucho tiempo sentada, mirando los platos vacíos. En el piso solo se escuchaba el tictac del reloj de pared. El mismo que le regaló su difunto marido por su treinta cumpleaños. ¡Cuántas celebraciones en esa mesa! Cumpleaños, Navidades, graduaciones, bodas…
Se levantó y comenzó a recoger. Guardó la ensaladilla en un táper —se lo llevaría mañana a su vecina Lucía—. Las patatas, al frigorífico. Cortó el pastel en trozos y también lo guardó. Demasiados trozos.
Cuando terminó, se sentó en el sillón favorito de su marido y sacó el móvil. En la pantalla brillaban mensajes sin leer.
*«¡Feliz cumpleaños, mamá! Perdona por no ir. Los niños están malos, con fiebre. Iré este fin de semana. Besos.»* De Marta.
*«Felicidades, mamá. Problemas en el trabajo, me pueden despedir. El regalo te lo dará Olga. Cuídate.»* Javier, como siempre, escueto.
*«¡Feliz cumple, mami! Atrapado en Sevilla, cancelaron el vuelo. Te compensaré. Te quiero.»* Pablo, el pequeño.
Todos se disculpan, todos la quieren, todos vendrán después. Valentina guardó el teléfono y cerró los ojos. Un cansancio pesado y pegajoso la invadió.
Al día siguiente, la despertó el timbre. En la puerta estaba Lucía con un ramo de claveles.
—¡Valentina, feliz cumpleaños atrasado! —sonrió—. Perdona por no venir ayer, estaba en un torneo de mi nieto.
—Gracias, Lucía —aceptó las flores—. Pasa, tomaremos algo.
—¿Y cómo estuvo la celebración? ¿Vinieron tus hijos?
Valentina puso la tetera y calló. Lucía lo entendió sin palabras.
—¿Otra vez no pudieron?
—Tienen sus cosas —respondió Valentina en voz baja—. El trabajo, los niños enfermos…
—Valentina, ¿les has dicho lo importante que era para ti?
—¿Para qué? Ya no son niños, deberían entenderlo solos.
Lucía movió la cabeza.
—Deberían, pero no lo hacen. Los míos son igual. Si no se lo dices claro, no lo ven.
Bebieron té con los restos del pastel. Lucía preguntó por la receta, habló de sus nietos. Valentina escuchaba y pensaba que era más fácil hablar con su vecina que con sus propios hijos.
—Oye, ¿por qué no nos apuntamos a algún taller? —propuso Lucía—. O al club de jubilados. Hay baile, canto…
—¿Estás loca? No tengo tiempo para eso.
—¿Y para qué lo tienes? Tus hijos ya crecieron. ¿Por qué no vives para ti?
Después de que Lucía se fuera, Valentina reflexionó sobre sus palabras. ¿Vivir para sí misma? ¿Cómo se hacía eso? Toda su vida había sido para otros. Primero sus padres, luego su marido, luego sus hijos. Incluso después de enviudar, seguía viviendo para ellos. Les ayudaba con los nietos, cocinaba, lavaba cuando le llevaban ropa.
Por la noche, Marta llamó.
—Mamá, ¿qué tal? ¿Cómo estuvo tu cumple?
—Bien —contestó Valentina.
—Olga me dijo que estuvieron solo ustedes dos. Ya te expliqué, aquí es un caos. Lucas con fiebre, Sara tosiendo. Llamamos al médico.
—Lo entiendo, hija. Los niños son lo primero.
—Mamá, no digas eso. Sabes que te quiero. Es que se juntó todo mal.
—Lo sé.
—Oye, ¿podrías venir el sábado? A cuidar a los niños un rato. Tengo cita médica y no me los admiten enfermos.
Valentina guardó silencio un momento.
—Claro que iré.
—¡Gracias, mamá! ¡Eres la mejor!
Tras colgar, Valentina se sentó junto a la ventana. En el parque, los niños jugaban y las madres charlaban. Una escena cotidiana, pero hoy le parecía lejana, ajena.
El sábado fue a casa de Marta. Los niños estaban enfermos, aunque ya mejoraban. Lucas lloriqueaba, exigiendo atención. Sara se aferraba a su abuela, pidiendo cuentos.
—Abu, ¿por qué no vienes todos los días? —preguntó Sara, acomodándose en su regazo.
—¿Todos los días para qué?
—Para estar juntos. Mamá siempre está ocupada, papá en el trabajo. Contigo es divertido.
Valentina la abrazó con fuerza. Al menos alguien la necesitaba.
Marta regresó tres horas después.
—¡Gracias, mamá! —llegó agotada—. El médico dijo que no es nada, solo un resfriado.
—Me alegro.
—Oye, ¿podrías venir mañana también? Tengo que trabajar, y Arturo se va de viaje.
—Mañana es domingo.
—Sí, ¿y?
Valentina quiso decir que también quería descansar, que merecía tiempo para ella. Pero miró el rostro cansado de su hija y asintió.
—Vale, iré.
En el autobús de vuelta, pensó en lo que le dijo su nieta. *«¿Por qué no vienes todos los días?*». ¿Por qué no, en verdad? ¿Qué la retenía en casa? Un piso vacío, la tele, las escasas llamadas de sus hijos.
Al llegar, una sorpresa. Javier estaba en la puerta con una bolsa de regalos.
—¡Hola, mamá! —la abrazó—. Perdona por ayer. Estuve liadísimo.
—No pasa nada, hijo. Adelante.
Javier dejó la bolsa en la cocina.
—Aquí tienes. Un juego de té, una bata y bombones.
—Gracias. Son preciosos.
—Mamá, ¿por qué estás tan triste? —la miró con atención—. ¿Es por tu cumple?
Valentina se sentó frente a él. Javier se parecíaAl día siguiente, mientras empacaba su maleta para el viaje a la costa, sonrió al pensar que, por primera vez en años, estaba eligiéndose a sí misma.







