**El Escándalo**
En la familia de los López hay un escándalo. ¡Y no uno cualquiera, sino de los gordos! Ana Fernández, antes Martínez y antes aún Gutiérrez, la esposa desesperada del cabeza de familia, está gritando como una posesa, lanzando platos y vasos contra su marido y su sanguínea parienta, mandándolos a freír espárragos mientras elige con quién se queda cada uno.
¿La razón? Pues la típica: la exmujer. Bueno, más bien la veneración que el señor López y su mamá le profesan a esa “digna entre las dignísimas”, la madre de su “niña prodigio”, ¡la princesa Sofía, la mejor niña del mundo! Algo así vociferaba Ana, soltando tacos a diestro y siniestro, lanzando lo que pillaba a mano y riéndose como una hiena.
En fin, un golpe de estado en solitario. Hay que reconocer que la señora López tenía agallas. No cualquiera se atreve a mandar a la madre del “dignísimo” a paseo.
“Ana, por favor, razona”, intentaba calmar su marido, “vamos a hablar como adultos”. Pero Ana no quería diálogos. Iba como un toro enganchado, soltando palabras que, según el señor López y su madre, “una dama decente ni debería conocer”.
Y pensar que todo empezó tan bonito.
Ana, entonces Martínez pero ya no Gutiérrez (apellido que arrastró de su primer matrimonio con el padre de su hija Carlota), vio cómo, a los cinco años de la niña, a su entonces marido le dio por enamorarse perdidamente y largarse de casa.
“Ana, tenemos que hablar”.
“Dime, cariño”.
“Ana, escúchame bien. He conocido a alguien. Me he enamorado de verdad. Me voy. Te lo digo porque te respeto demasiado para mentirte”.
Carlota no la abandonaría, no se preocupara. Dejaba el piso y todo lo que había dentro. Besó a la niña, abrazó a su ya exmujer, cogió su maleta con los calzoncillos de marca y se fue con su “verdadero amor”.
“¿Te imaginas el cabrón?”, le contaba a su amiga. “¡Me ‘deja generosamente’ el piso, que ya era mío! Me lo regaló mi padre cuando cumplí 18, y a los 22 me casé”.
“Pero si tú estabais bien, ¿qué pasó?”, preguntó la amiga.
“Que se enamoró, dice”, encogió Ana los hombros. “Tanto que no podía vivir sin ella”.
“Vaya cerdo”.
“Bueno, cosas que pasan”.
Luego, claro, Ana lloró. Cuando salió del shock, intentó razonar con su ex, manipularlo con la niña, demostrarle que aún estaba como un tren y que todos sus amigos se morían por ella. Hasta que las esposas de esos amigos le prometieron “ajustarle las cuentas”, y los amigos en cuestión salían corriendo al verla.
Cuando su ex volvió al hogar familiar (error garrafal), Ana creyó que por fin recuperaba su tesoro. Mandó a Carlota con los abuelos, se arregló y preparó la cena. Pero él no cayó ni en lo uno ni en lo otro y le soltó la verdad: que dejara de humillarse y de acosar a sus amigos. Hablaron tres horas. Ana lloró, amenazó con ahogarse en la bañera, pero él no se inmutó.
“Ana, ponte en mi lugar. Imagina que no amas a alguien y solo os une un hijo. Que amas a otro pero vives conmigo. Acabarías odiándome, dañando a la niña, bebiendo, pegándome… Todo por no haber tenido el valor de irte a tiempo”.
Ana Martínez dejó de ser Gutiérrez (aunque legalmente seguía siéndolo). La segunda fase fue obsesionarse con demostrarle a su ex que podía sola. Tras leer libros de autoayuda y escuchar a coaches divorciadas de veintipico (que “aguantaron años de maltrato” antes de “liberarse”), Ana se puso a imitar ese rollo de “mujer exitosa”.
Al año y medio, tiró la toalla. Tiró los cursos carísimos, hizo las paces con su ex e incluso con su nueva pareja, Olga, y volvió a trabajar de profesora de inglés.
Y ahí apareció el señor López.
Lo cortejó tres meses. Ana daba clases particulares, y él llevaba a su hija Sofía porque “era su deber como padres”. La madre biológica, ocupada en su nueva vida, dejó la niña primero con la abuela y luego con el padre.
Él llegaba con peonías, gladiolos o, en otoño, con una bolsa de calabacines. Con eso conquistó a Ana. En su primera cita, apareció con Sofía. Y en todas las siguientes.
Ana llevó a Carlota una vez. La “niña de oro” se puso a chillarle a su padre: “¿Para qué trajiste a esta? ¡Yo solo quiero estar contigo y con Ana!”. Carlota intentó jugar con Sofía y recibió un puñetazo. Miró a su madre, pidió ir con su padre y Olga. “Allí no me gritan ni me pegan”.
Ana le dio una bronca y unos azotes. Sofía, al verlo, se rio. Le gustó que a la otra le zurraran el culo.
Tres meses después, Ana era la flamante señora López.
“Lleva nuestro apellido con orgullo”, le dijo la suegra. “No lo manches”.
Y los recién casados se fueron de luna de miel a Mallorca… con la suegra y la princesa Sofía. ¿Carlota? Con los abuelos. Luego su padre y Olga la recogieron.
Empezó la rutina. El señor López faltaba al trabajo para “atender a su hija”. Su madre no podía, y la madre biológica estaba ocupada con su nuevo marido e hijo legítimo.
“Pocos hombres aguantan una semilla ajena”, suspiraba él. “Pobre Sofía, sufre con ese desconocido en casa”. Hasta habló de dejarlo todo para criarla, total, Ana ganaba bien dando clases.
Carlota empezó el cole. Su padre y Olga le regalaron una tablet; los abuelos, un móvil. Sofía montó un escándalo. La abuela López resolvió el conflicto: “Dadle la tablet a mi nieta. A la otra le basta con el móvil”.
Cuando el padre de Carlota preguntó por la tablet, Ana farfulló. Pero Carlota, con el apoyo de su papá, soltó: “Me la quitaron para dársela a Sofía”. Su padre amenazó con denunciar el robo. Los López protestaron, pero devolvieron la tablet… “temporalmente”.
La siguiente vez que Carlota no la encontró, Sofía lloró. La abuela forcejeó con Carlota en el baño por la tablet. Sofía le dio un puñetazo, se cayó al suelo de baldosas y se rompió.
“Idiota”, dijo la abuela a Carlota. “Mira lo que hiciste”.
¿Y Ana? En las nubes. Había demostrado que tenía marido y que cuidaba de una niña ajena, igual que Olga. Pero se le olvidó algo: Carlota no era Sofía. Carlota corría feliz a su padre, cocinaba con Olga, les pedía cuentos por turnos. No se metía en su cama, no les pegaba, no hacía rabietas.
Los abuelos de Carlota le regalaron juguetes por su octavo cumpleaños. Y una joya: “La primera de muchas. Cada año una, hasta tener su propio estuche”.
Esa noche, Sofía volvió con su madre (que intentaba arreglar su matrimonio). La niña berreó para que echaran a Carlota de “su” habitación. Ana vio algo raro en la madre de Sofía, pero no supo qué.
Cuando llegó la abuela a leerle un cuento a Sofía (que no podía dormir con Carlota en la habitación), Ana reaccionó. Corrió al cuartoAna abrió el cajón y encontró el joyero vacío, y en ese momento, como un relámpago, recordó dónde había visto antes a la madre de Sofía: en la joyería del centro, pidiendo una copia exacta de su collar de oro.






