Lo que el bosque nos reveló

A veces pienso que aquel desastre fue fruto de una mala elección. O algo más vetusto, oculto, que aguarda a ser despertado. No pretendo que lo creas. Nos ocurrió a mi familia y a mí. Desde entonces, la normalidad se esfumó.

Empezó por fin con aquellas vacaciones retrasadas en la cordillera asturiana. Alquilamos una vieja cabaña solitaria, rodeada de robles centenarios junto a una laguna gélida. Necesitábamos paz. Escapar de la urbe, las pantallas y el bullicio.

La cabaña era hermosa, aunque añeja. Dos alcobas, una cocina de leña y un desván que crujía con la ventisca. De día el bosque era plácido. Pero en la noche… el silencio se volvía denso y húmedo, como si ocultase algo. Como si la arboleda respirase. Como si nos vigilasen.

La primera noche transcurrió en calma. Los niños jugaron hasta extenuarse, mi esposa Manuela guisó un cocido, y brindamos con vino tinto ante el fuego. Pero en la segunda noche comenzaron los incidentes.

Primero un chirrido. Como si alguien arrastrase un mueble por el porche. Salí con la linterna, nada había. Mas una silla apareció volcada.

—Será el aire —me dije.

Pero el aire no deja rastros.

Los hallé al alba: diminutas huellas, como de crío descalzo, circundando la cabaña. No eran de mis hijos, que jamás salieron. Ni de animal. Parecían humanas… pero deformes. Dedos larguísimos.

Se las enseñé a Manuela. Me miró enmudecida.

—Tal vez habite alguien cerca —aventuró, aunque sabíamos estar en plena soledad.

La tercera noche empeoró. A las 02:40, un estruendo golpeó el tejado. Como una piedra enorme. Inspeccioné el perímetro. Vacío. Pero al regresar, la puerta del desván estaba entreabierta.

Yo mismo la había atrancado.

Ascendí. Cada escalón crujía. Solo había un hedor: barro húmedo y carne agria. Y una advertencia: debía huir.

Al amanecer, mi hija Leticia despertó llorando. Dijo que un “niño oscuro” la espió desde la ventana. No le creímos… hasta las marcas.

Cinco dedos manchurronosos impresos en el cristal. Demasiado altos para ser suyos. Demasiado… alargados.

Desde allí, los días se tornaron agobiantes. Los chicos andaban irritables. Manuela padecía pesadillas. Yo sentía ojos sobre nosotros. No paranoia: certeza. Sombras reptaban entre hayas. Ni bestias ni humanos. Sombras.

Quisimos escapar. Mas el coche, intachable, rehusó arrancar. Sin móvil ni vecinos, atrapados.

Aquella noche fue la fatal.

Al ocaso, el aire electrizó. Como si algo se aproximase. Nos resguardamos en la estancia con los niños dormidos entre nosotros, abrazados. Aguardando.

Entonces sonaron pisadas en el tejado. Lentas. Ponderosas. Y golpes en los muros. Uno. Dos. Tres.

Luego… uñas surcando el porche.

Miré por la ventana. Lo juro: una silueta encorvada, diminuta, cubierta de fango, con ojos fulgurantes y una risa dislocada. Quieta. Me observaba.

Petrificado, la luz parpadeó. Murió. Solo las brasas alumbraban. Se abrió el desván. Desde dentro.

Silencio. Yo empuñando un cuchillo, Manuela temblorosa.

Y pasos descendiendo la escalera. Uno. Otro.

Ningún cuerpo visible. Solo jadeos. Como algo imperceptible rondándonos. Los niños se agitaban dormidos. Manuela sollozaba callada.

La noche fue eterna.

Al rayar el sol, solo quedaba un rastro: cinco huellas por ventana, marcadas desde dentro.

Aquel día nos rescató Arnaldo, un vecino en barca que nos llevó a Cangas de Onís. Jamás comentamos lo acaecido. Ni entre nosotros.

Mas todo cambió. Los niños susurran en sueños con “el niño del bosque”. Manuela amanece con pies enlodados. Yo oigo pisadas nocturnas.

Y lo más cruel…

A veces, al mirar al patio…

Huellitas descalzas sobre el rocío.

Ignoro si nos siguió una entidad o si algún resorte interno quebrado. Solo sé que ciertas cosas jamás deben despertarse. Y ciertos lugares rechazan visitantes.

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