Lágrimas en un día especial

Hoy fue el cumpleaños de tía Aurelia. Setenta años. Llegué temprano con un ramo de rosas y encontré a mamá desesperada en el salón. “¡Aurelia! ¡Por Dios, deja de llorar! Los invitados llegarán pronto”, decía abrazando a mi tía, que tenía la cara hundida en un cojín. “No quiero ver a nadie. Cancela todo”, sollozaba Aurelia entre pañuelos húmedos.

La mesa estaba impecable: mantel de encaje, copas de cristal, porcelana con filetes dorados. Pero la cumpleañera, vestida de luto años después de años, parecía una niña asustadiza. “¿Es por Diego otra vez?”, pregunté al ver su mirada perdida. Mi tía estalló: “¡Me llamó treinta segundos ayer! ‘Feliz cumpleaños, mamá, estoy ocupado, besos’. Así. Como si fuera su asistenta…”. Su hijo, mi primo, llevaba una década en Barcelona trabajando para una multinacional. Solo volvía por Navidad, y no siempre.

Recordé entonces el regalo que traía. Un álbum con fotos escaneadas de nuestra infancia. En la primera página había una imagen: Diego con un año en brazos de Aurelia, tío Vicente sonriente a su lado. “Mira esta -dije señalando otra-, cuando pescasteis aquel barbo en el río Júcar”. Aurelia pasó las páginas con dedos temblorosos, las lágrimas cambiando de amargura a ternura. “Él ahora no es así…”, murmuró al verlo a los dieciocho años, recién graduado.

“Tía, hablé con él la semana pasada
Cuando llegué a casa, abrí el álbum en la página donde Diego sonreía con su primer pez, y decidí que mañana le llamaría para contarle que reservaría billetes de AVE a Barcelona, porque setenta años enseñan que los puentes se cruzan, no se esperan.

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