Seis meses de felicidad
—Dios, qué frío hace —y qué hambre—. Una pequeña gata gris estaba sentada en la parada del autobús, mirando con esperanza a la gente que pasaba deprisa. Una pareja joven se detuvo un momento. —Pobrecilla —dijo la chica con tristeza—. Lo siento, pero no tengo nada —añadió, abriendo las manos. El chico tiró del brazo de su compañera, murmuró algo y se marcharon, fundiéndose entre la multitud de gente que volvía del trabajo. —Bueno, tampoco les he gustado a estos —suspiró la gata—. No pasa nada, soy paciente, esperaré —pensó.
Ya no recordaba dónde había nacido ni dónde vivía antes. Como si alguien le hubiese borrado el pasado de un plumazo. O quizás el presente tan gris había tapado todo lo que hubo antes. —Pero existió, tuvo que existir —pensaba—. Algún pasado, aunque fuera pequeño. No pude aparecer de la nada. Seguro que tuve una madre, algún hogar. Supongo que el hambre y el frío son los culpables. Por eso se me olvidó todo. Y a la gente no le gusto porque soy común, sin pedigree. Y además, estoy sucia. Pero eso no es culpa mía —reflexionaba la pobre gata—. Me gustaría veros a vosotros después de vagar tanto tiempo como yo, entre arbustos y basureros.
Ni siquiera recordaba cuándo había comido por última vez. ¿Hacía dos días? ¿Tres? Caminaba lentamente, tambaleándose, hacia la parada. Veía círculos de colores flotando ante sus ojos. —Bueno, esto es el final —susurró—. El arcoíris ya me llama. Y, dando un traspié, cayó al suelo frío y húmedo.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. De pronto, sintió unas manos ásperas pero cálidas levantándola. Me escondiste bajo tu abrigo y, por primera vez, sentí tu calor. Nos alejamos de aquella parada, y bajo la chaqueta estaba tan cómoda que poco a poco el arcoíris en sus ojos se desvaneció. Así llegó a mi vida el Hogar, tú, mamá, el pequeñín. Y un nombre: me llamaste Niebla. Bonito nombre, elegante. Después, mientras me bañaban en un barreño con agua tibia y veía el agua ensuciarse una, dos, quizá tres veces, pensé que sí existían. Nuestros dioses felinos, los dioses del arcoíris. Y me habían escuchado.
Dicen que los gatos odiamos el agua, que hasta le tenemos miedo. Pero yo no sentí temor. Sabía que lo peor había pasado y que me esperaba una vida larga y feliz. Una vida con gente que me quería y a la que yo también querría. Con todo mi corazón.
Pero parece que todo tiene un límite. Incluso la misericordia del arcoíris. Luego vino la visita al veterinario. La doctora, una mujer joven, me examinó largo rato y después me pinchó con agujas que dolían. Lo soporté porque confiaba en vosotros y sabía que era por mi bien. Nos dijeron que volviésemos al día siguiente, y regresamos a casa.
A la mañana siguiente, volvimos. La veterinaria os explicó algo señalando unos papeles. Dijo que tenía una enfermedad con nombre complicado, difícil de tratar. Os vi suspirar, con los hombros caídos. Después, señalándome, os dijo algo más. Recuerdo que saltasteis de la silla. —¡No! ¡Jamás! —gritaste, casi desesperado, mientras mamá lloraba—. Lucharemos hasta el final, mientras quede una mínima esperanza. Y me metiste en el transportín.
Así empezó nuestra pequeña guerra. Una batalla contra la muerte. Con victorias y derrotas. La enfermedad retrocedía y volvía, y los días de desaliento se mezclaban con días de esperanza, cuando creíais que estábamos ganando. Luchasteis vosotros, y luché yo, aguantando pinchazos y medicinas. Porque sabía que, sin ellos, el arcoíris me llevaría pronto. Y yo no quería irme.
En esa lucha, el otoño pasó sin que nos diésemos cuenta, el invierno voló y la primavera comenzó a derretir los últimos nieves. La primavera. Cuántas esperanzas habíais puesto en ella. Recuerdo que, en invierno, cuando me sacabais al jardín, me contabais lo bonito que sería cuando floreciera. Que si llegábamos a verlo, todo iría bien. Lástima que no lo veré. Porque ella ganó. La enfermedad de nombre complicado. Y hoy, en esta mañana soleada de primavera, tendremos que despedirnos.
Perdóname, pero no quiero golosinas. Ni siquiera crema. Prefiero que me tengas en brazos, que sienta tu calor un ratito más. Y quiero pedirte algo. Ponle al peque ese dibujo del gato y los ratones, ¿recuerdas? A mí también me gustaba verlo con él. Sé que no son muy realistas, pero divertían. Así no verá cómo me voy. No hace falta que lo vea. Me quiere tanto… O bueno, me quería. Y yo a él.
Decidle que Niebla —o sea, yo— salió a pasear y se perdió. No hace falta que su corazoncito sufra con la verdad. Y por favor, no os sintáis culpables. Hicisteis todo lo posible, incluso más. Pero cada uno tiene su tiempo aquí, y el mío ha llegado.
No estoy enfadada, de verdad. No sirve de nada enfadarse con el destino. A vosotros os doy las gracias. Por esos seis meses de felicidad tranquila, llenos de mimos. Por el amor que calentó mi alma. Por hacerme olvidar todo el dolor de antes. Por las tardes junto a la chimenea o la tele, con caricias en las orejas. Por los paseos en brazos por el jardín. Por los juguetes, los despertares perezosos… En fin, por todo ese mundo pequeño y perfecto que compartimos.
Mis juguetes —la pelota, la ranita, el conejo de goma— dáselos al gatito de los vecinos. Es tan gracioso. ¿Recuerdas cómo jugábamos juntos cuando yo estaba bien? A lo mejor, al verlos, se acuerda a veces de la gata gris a la que, medio dormido, a veces llamaba “mamá”.
Qué raro, ya no me duele nada. Estoy en tus brazos, el sol de primavera entra por la ventana, mamá llora en silencio… Y en la tele, el gato de dibujos canta: “Los caminos se separan, pero quizá nos volvamos a ver”.
Una vez oí que los gatos a veces volvemos con quienes nos amaron mucho. Si es verdad, os prometo que querría regresar. Muchísimo. Secar las lágrimas de mamá, contarle un cuento gatuno al pequeñín, sentir vuestro calor otra vez. Porque seis meses, aunque sean felices, son muy poquito, ¿verdad?
Bueno, ya vienen a buscarme. Veo al ángel tras tu hombro, y me llama. Dice que es hora. Gracias otra vez.
Pero sobre todo, gracias por esto: por permitir que una gata callejera, sin raza, se vaya así. Limpia, alimentada, con un nombre y en tus brazos. Se va siendo parte de una familia. Adiós. Y gracias por quererme.
PD: Este relato está dedicado a Niebla, nuestra gata, a la que intentamos salvar sin poder hacerlo. Han pasado casi veinte años, y el dolor sigue ahí. Quizá escribirlo ayude. Descansa en paz, pequeña. Y perdónanos.







