Hoy me desperté a las cinco y media de la madrugada y de inmediato supe que era mi boda, apenas entraba la luz por las persianas y ya se oía a mamá, Carmen López, en el pasillo con los cacharros del desayuno para la familia, el día que llevaba año y medio esperando por fin llegaba. Mamá asomó con rulos y bata gritando: “¡Almudena, levántate, guapa!”, mintié al decir que dormí bien tras una noche de dar vueltas en la cama, rechacé el desayuno pero mamá insistió con sus gachas de avena y requesón casero, sabiendo que los nervios me cerrarían el estómago más tarde. En el registro civil firmaríamos a las once, luego el banquete en el restaurante con todos los invitados y el animador que mamá exigió pese a que Javier quería algo sencillo, ahorramos cada céntimo de su sueldo de fontanero y mi peluquería, renunciando hasta a las vacaciones de verano. Mamá preguntó si Javier había dormido en casa de su testigo Sergio por la superstición de no vernos, pero yo recordaba que mis padres rompieron esa regla y fueron felices décadas. Tras la manicura con tía Luisa y el peinado de Rocío —que mamá impuso alto contra mi deseo de llevar el pelo suelto— me miré al espejo sin reconocerme, como una extraña con diamantina postiza, el vestido blanco de encaje que compré ilusionada hace un año ahora me parecía un disfante ajeno, sobre todo al recordar que Javier prefirió uno sencillo pero mamá protestó: “¡Qué dirá la gente!”. Su llamada a media mañana me heló la sangre al preguntar “¿Seguro que quieres casarte hoy?”, aunque luego dijo que solo eran nervios, su voz sonaba hueca como mi sonrisa de novia-perfecta-de-revista. En el registro civil de Madrid, Javier evitaba mirarme mientras la funcionaria empezaba el ritual, al oír “¿Acepta tomar por esposo…” un nudo en la garganta me impidió decir “sí”, todo dio vueltas, balbuceé que me ahogaba y salimos al aire libre donde confesamos nuestra verdad: ya no éramos aquellos que se conocieron en el autobús comiendo helados, el vestido pomposo y el traje planchado ocultaban a dos extraños, devolvimos los anillos ante el asombro de mamá y los invitados, les invitamos al banquete sin nosotros, y esa noche en casa, con pantalones y pelo suelto, respiré aliviada al oír a Javier por teléfono confirmar “Hicimos lo correcto, Almudena”, mientras el vestido inútil colgaba en el armario como un recordatorio de que a veces el valor está en soltar lo que ya no eres, no en fingir sueños ajenos.
Desilusión en el día de la boda







