Oye, qué historia más dura, tío. Escucha. María se paró frente al espejo del recibidor y ajustó el cuello de su blusa. El anillo en su dedo anular brillaba bajo la luz de la lámpara – precioso, caro, con un diamante enorme. El regalo de su marido por sus quince años de casados. Giró la mano, admirando los reflejos en la piedra, cuando oyó unos pasos conocidos por el pasillo.
“María, ¿estás lista?” – la voz de Santiago llegó desde la cocina – “Nos vamos o llegamos tarde al cumpleaños de Lucía”.
“Casi,” – contestó ella, echando un último vistazo a su reflejo. Cuarenta y tres años, pero aparentaba treinta y cinco. Gimnasio, cosmiatra, comer bien… todo daba sus frutos. Santiago siempre se enorgullecía de lo guapa que era su mujer.
En el coche, él iba callado. María le miraba de reojo su perfil – nariz afilada, mandíbula marcada, cejas espesas. Un tío atractivo, sin duda. Con cuarenta y cinco, aún hacía volver cabezas femeninas.
“Hoy estás pensativo,” – observó ella, acariciando la alianza.
“Trabajo,” – respondió Santiago, secamente, sin apartar la vista de la carretera – “Mucha faena.”
María asintió. Estaba acostumbrada a esas respuestas. Santiago siempre fue de pocas palabras, sobre todo con el trabajo. La empresa de construcción que fundó diez años atrás requería mucha atención.
La casa de Lucía los recibió con bullicio y olor a comida de fiesta. La anfitriona, amiga de María desde el instituto, salió corriendo a abrazarlos.
“¡Ay, María, qué alegría!” – exclamó Lucía, apretando a su amiga – “Y tú, Santiago, sigues igual de guapo. ¿Sabes? Le tengo envidia a María – ¡pillarte un marido así!”
Santiago sonrió, pero María notó que la sonrisa no le llegaba a los ojos. A menudo le había pillado estudiándole, como tratando de resolver un acertijo.
“¡Pasad, pasad!” – se apresuró Lucía – “La mesa está lista, los demás ya están aquí.”
El salón estaba lleno. María reconoció a casi todos – amigos comunes, compañeros de trabajo de Lucía, vecinos. Saludó a los conocidos, se presentó a los desconocidos. Santiago se quedó cerca, pero parecía distante.
“¡María!” – sonó una voz familiar – “¡Cuánto tiempo sin verte!”
Se giró y vio a Luis, un ex compañero de trabajo. Un tipo agradable de unos cincuenta, siempre galante y atento.
“¡Luis, pero qué casualidad!” – se alegró ella sinceramente – “¿Cómo te va? ¿Y la familia?”
“Todo bien, gracias. Y tú, me parece que floreces cada año,” – dijo él con admiración sincera – “¡Y qué anillo más bonito! Santiago, tú sí que eres un romántico.”
María miró a su marido y vio una expresión extraña en su cara. Como si una sombra le cruzara los rasgos.
“Gracias,” – respondió Santiago, seco – “María se lo merece.”
Luis, notó la tensión posiblemente, y se alejó con tacto hacia otros invitados. María iba a preguntarle a Santiago qué pasaba, pero los interrumpió Lucía:
“¡Amigos, a la mesa!”
La cena transcurrió en un ambiente caliente. María estaba entre Santiago y una vecina de Lucía, una señora mayor: Teresa. La charla derivó varias veces hacia la vida familiar, hijos, trabajo.
“Oye, cielo, ¿vosotros no tenéis hijos?” – preguntó Teresa, metiéndose un trozo de tarta en la boca.
María sintió un apretón dentro. La eterna pregunta que llevaba años doliéndole.
“Todavía no,” – murmuró bajito.
“Ay, bueno, no pasa nada,” – dijo Teresa agitando las manos – “Todo a su tiempo. Lo importante es que os queréis. ¡Y ese anillo que tienes es una monada! Tu marido, parece que te adora.”
María miró el anillo sin pensar y de repente notó que Santiago se tensó. Apretó los puños y se quedó mirando el plato.
“Santiago, ¿qué te pasa?” – preguntó ella en voz baja.
“Todo bien,” – refunfuñó él, sin levantar la vista.
El resto de la noche pasó como en una niebla. María sonreía, charlaba, se reía de los chistes, pero su cabeza estaba con el raro comportamiento de su marido. Algo ocurría, algo gordo, pero no lograba entender qué.
De vuelta a casa, Santiago callaba. La radio sonaba bajito con una canción melódica, las luces de la ciudad pasaban por la ventana. María se atrevió a romper el silencio:
“Santiago, dime la verdad, ¿qué te ocurre? Te portas raro.”
“Nada de particular,” – cortó él – “Estoy cansado, y ya está.”
“Pero cuando mencionaron el anillo…”
“¿Qué pasa con el anillo?” – preguntó él, brusco – “Es un anillo normal.”
María vio cómo sus nudillos palidecían al apretar el volante. Su corazón empezó a latir más rápido.
“Santiago, para,” – pidió ella – “Hablemos.”
“¿De qué?” – frenó en el arcén y apagó el motor – “Si todo está fenomenal.”
“No, no lo está,” – María se giró hacia él – “Ocultas algo. Lo noto.”
Santiago estuvo callado un rato, mirando el parabrisas. Luego suspiró hondo:
“¿Quieres saber la verdad sobre el anillo?”
“¿Qué verdad?” – el corazón de María dio un vuelco.
“Este anillo…” – hizo una pausa – “No lo compré para ti.”
Las palabras quedaron en el aire. María sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
“¿Cómo que no para mí?” – apenas susurró.
“Lo compré para otra mujer,” – Santiago seguía sin mirarla – “Pensaba pedirla en matrimonio.”
María enmudeció. Todo por dentro se volvió piedra. El anillo en su dedo de repente le pareció ajeno, frío.
“¿Para qué otra mujer?” – preguntó, sorprend
Después de un silencio que pesaba como una losa, Santiago confesó con voz ronca: “Para Beatriz, de contabilidad”, y María supo que ese nombre sería el último clavo en el ataúd de su matrimonio, antes de cerrar los ojos y dejar que el amanecer pusiera fin aquella larga noche de engaños.







