**El aniversario olvidado**
Isabel alisó el mantel de lino blanco sobre la mesa de la cocina, sus dedos temblaban de cansancio y expectación. Hoy cumplían veinticinco años de matrimonio, las bodas de plata, y desde primera hora había preparado una cena especial. En la estufa se doraba un pato con manzanas y miel, en el horno crujían patatas con romero, y sobre la tabla de cortar brillaban los granos de granada para la ensalada—a Adrián le encantaba su sabor agridulce. La cocina olía a especias, a vainilla del pastel de pera y al leve humo de las tres velas en los candelabros de bronce. Sobre la mesa, una botella de vino tinto, el mismo «Tempranillo» que habían bebido en su boda—Isabel lo había encargado especialmente en la vinoteca. Se había puesto un vestido azul marino con cuello de encaje, soltado el pelo—que siempre llevaba recogido—y hasta se había pintado los labios de un rojo intenso, algo que no hacía desde hacía años.
Miró el reloj de péndulo sobre la nevera—las 20:15. Adrián había prometido llegar a las siete. Isabel marcó su número, pero la voz impersonal del buzón le recordó que el usuario no estaba disponible. Su corazón se encogió, pero apartó los malos pensamientos mientras removía la salsa de crema. «Se habrá retrasado en la fábrica», se dijo, ajustando el ramo de rosas en el jarrón.
La puerta se abrió de golpe, y entró Lucía, su hija de veintitrés años, que había venido desde Toledo, donde trabajaba como diseñadora gráfica. Sus rizos cobrizos estaban revueltos por el viento, y en las manos llevaba una bolsa de tela y un ramo de margaritas amarillas.
—¡Mamá, ya estoy aquí!—gritó Lucía, quitándose las zapatillas y casi derramando la bolsa—. ¡Vaya, qué mesa! ¿Es por el aniversario?
Isabel sonrió, aceptando las flores y aspirando su aroma fresco.
—Sí, veinticinco años. Tu padre dijo que llegaría a las siete, pero ya ves…
Lucía resopló, colgando su cazadora de piel en la percha.
—Bueno, es papá. Siempre enredado con la fábrica. ¿Necesitas ayuda con algo?
—Pon el vino y las copas—dijo Isabel, pero su voz tembló. Volvió a mirar el reloj—las 20:30. El pato se enfriaba, la salsa espesaba, y las velas se consumían, derramando cera sobre el mantel.
Para las nueve, Isabel estaba sentada a la mesa, retorciendo un servilleta bordada con sus iniciales—un regalo de su difunta tía. Lucía, enfrente, hojeaba el móvil, intentando romper el silencio opresivo.
—Mamá, ¿por qué no le llamas otra vez?—sugirió, bebiendo té de una taza con un gatito.
Isabel negó con la cabeza, apretando los labios.
—No serviría de nada, Lucía. Se ha olvidado. Otra vez.
Lucía frunció el ceño, dejando el móvil.
—No exageres. A lo mejor tiene problemas. Sabes que es jefe de taller, siempre hay líos. Ayer llamó, dijo que se había roto una máquina.
Isabel apretó la servilleta hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Problemas? ¡Lucía, es nuestro aniversario! ¡He pasado todo el día cocinando, me he puesto mi vestido, y ni siquiera ha llamado!
La puerta chirrió, y Adrián entró en la cocina. Su chaqueta gris estaba arrugada, el pelo despeinado, y bajo sus ojos oscurecían sombras. Llevaba su malgastado maletín, pero ni flores ni sonrisas.
—Hola—masculló, dejando el maletín contra la pared—. ¿Qué pasa hoy? ¿Hay fiesta?
Isabel se quedó helada, sus ojos se abrieron como si la hubieran golpeado.
—¿Fiesta? ¡Adrián, hoy es nuestro aniversario! ¡Veinticinco años!
Adrián se paralizó, su rostro palideció y el maletín casi se le cayó de las manos.
—Mierda, Isa… Lo… lo olvidé. En la fábrica ha sido un caos, no he parado. La máquina, luego los informes…
Isabel se levantó, su voz tembló como una cuerda tensa.
—¿Lo olvidaste? ¡He pasado todo el día cocinando, esperándote, encendí las velas! ¡Y a ti te da igual!
Adrián se quitó la chaqueta, tirándola sobre una silla.
—¿Que me da igual? Isa, ¡me dejo la piel para que no nos falte de nada! ¡Y tú montas un drama por una cena!
Lucía tosió, intentando mediar.
—Vamos, chicos, no discutáis. Papá, siéntate, come. Mamá, no fue a propósito.
Pero Isabel se volvió hacia su hija, sus ojos relucieron.
—¿No fue a propósito? ¡Lucía, siempre igual! ¡Yo lo doy todo por esta familia, y él actúa como si no importara!
Adrián golpeó la mesa con la palma, las copas tintinearon.
—¿Todo? ¿Y yo no hago nada? ¡Llevo en la fábrica desde las seis de la mañana, Isa! ¡Y tú nunca estás contenta, siempre exigiendo más!
La cena que debía ser una celebración se convirtió en un campo de batalla, donde cada plato era una mina a punto de estallar.
La mañana siguiente empezó con un silencio pesado, como la niebla de noviembre tras la ventana. Isabel hacía café sin mirar a Adrián, que hojeaba el periódico local, pero sus dedos tamborileaban nerviosos en el borde del papel. Lucía, percibiendo la tensión, intentó aligerar el ambiente untando mantequilla en una tostada.
—Mamá, el pato anoche estaba increíble—dijo, mordiendo un trozo—. ¿Lo terminamos hoy? Puedo hacer ensalada.
Isabel refunfuñó, sin apartarse de la cafetera.
—Come lo que quieras. No estoy de humor.
Adrián dejó el periódico, su voz sonaba cansada.
—Isa, deja el mosqueo. Fui yo el que lo olvidó. Pero tú también pasaste de cero a cien en un segundo.
Isabel se giró, su cuchara chocó contra la taza.
—¿De cero a cien? ¡Adrián, me esforcé todo el día! ¡Me puse mi vestido, compré ese vino! ¡Y tú llegaste como si fuera una noche cualquiera! ¿Te importa esta familia?
Adrián se levantó, alzando la voz.
—¿Que si me importa? ¡Llevo veinte años trabajando como un burro por vosotras! ¡Y tú siempre criticando—que si no dije esto, que si no hice aquello! ¡No soy de hierro, Isa!
Lucía alzó las manos, sus rizos saltando.
—¡Basta! ¡Parecéis niños! Mamá, papá está agotado, lo veo. Papá, mamá se ha molestado, se esforzó. Hablad, ¡pero sin gritar!
Pero Isabel negó, sus ojos brillaban de lágrimas.
—¿Hablar? Tú siempre de su parte, Lucía. ¿Y yo? ¡Lo doy todo—cocino, limpio, me sacrifico! ¿Y qué recibo? ¡Nada!
Lucía frunció el ceño, su voz se volvió cortante.
—Mamá, no exageres. A veces te pasas. Papá no es un robot, no puede recordarlo todo. ¡Y no es que esté de su lado, es que le veo destrozado!
Isabel se quedó quietIsabel miró a Adrián, sus ojos llenos de lágrimas pero también de amor, y extendió la mano hacia él, sabiendo que, a pesar de todo, seguían eligiéndose cada día.







