El cálido aliento del otoño
El director llamó a Nieves a su despacho, y su encantadora secretaria, Lucía, puso una cara de *”buena suerte”* al verla pasar.
—Anda, ve rápido a ver al jefe, está que echa chispas. ¿Qué has hecho esta vez? —preguntó Lucía, preocupada. Aunque Nieves le llevaba ocho años, se llevaban muy bien.
—No lo sé, no creo haber hecho nada —respondió Nieves mientras caminaba hacia el despacho del director, pensando—: *Otra vez me tocará un viaje de trabajo*.
Su puesto requería frecuentes desplazamientos a la sucursal de la empresa en otra ciudad. Nieves no había cometido ningún error, pero algún compañero debía haber metido la pata.
—Buenos días, don Javier —dijo al entrar.
—Hola —murmuró él sin levantar la vista, señalando con un gesto la silla frente a su mesa.
Ella se sentó, tensa, mientras él repasaba un contrato, refunfuñando de vez en cuando:
—Vaya, vaya… ¿Esto qué es? ¿Arte moderno?
Nieves esperó. Finalmente, él alzó la mirada y dijo:
—Bueno, estás aquí, bien. Prepárate para un viaje. Parece que allí se han vuelto locos. Mira las barbaridades que han puesto en este contrato…
Javier le explicó los detalles del viaje y le pidió que partiera al día siguiente. Confiaba en Nieves, una profesional brillante capaz de resolver cualquier problema. Y así era.
—Mañana mismo te vas. Por la tarde llamaré al director de la sucursal para que te reciba en cuanto llegues. ¿Vas en tu coche? —Ella asintió—. Pues trae los tickets de gasolina, que te lo pagamos.
Nieves tenía veintinueve años, soltera y sin compromiso. No tenía ataduras y le gustaban los viajes de trabajo, sobre todo porque le reportaban un buen sueldo extra. Y si resolvía un asunto complicado, el jefe le daba una prima.
—¿Qué tal, Nieves? ¿Te ha caído una bronca?
—No, no es por mí. Está enfadado con los de la sucursal. Mañana me voy para allá a arreglar un lío.
Era mediados de septiembre. El inicio del otoño había sido seco, y las hojas amarillas volaban en remolinos tras los coches, algunas aterrizando en el capó y el parabrisas del suyo. Nieves salió a las siete de la mañana; el trayecto serían unas cinco horas, si no había atascos.
La música sonaba suave en el coche mientras conducía, sin imaginar que ese viaje marcaría un antes y un después en su vida. Porque en esa sucursal conocería al hombre de sus sueños: David.
Aparcó frente al edificio y bajó del coche con una carpeta y su bolso. Al acercarse a la puerta, esta se abrió de golpe y casi chocó de frente con un hombre. Él, que parecía ir con prisa, rozó su hombro aunque ella intentó apartarse.
—Perdón —murmuró él, y al mirarla, se detuvo.
Quedaron un instante quietos, observándose. En ese momento, saltó la chispa.
—No pasa nada —dijo ella, recuperándose, pero él la detuvo.
—Espere, lo siento, voy con prisa, pero vuelvo en hora y media. ¿Podemos hablar? Es importante. Estoy aquí de viaje.
—Yo también acabo de llegar. De acuerdo, cuando termine, le espero en el vestíbulo —prometió ella. Él le sonrió de un modo que la dejó sin aliento.
Sin embargo, al reunirse con Antonio, el director de la sucursal, se olvidó de aquel hombre. Había problemas urgentes que solucionar, y un día no bastaría. Tuvo que quedarse otro más.
Cuando bajó al vestíbulo, él ya la esperaba, mirando impaciente hacia el ascensor. Al fin apareció Nieves, y él se acercó rápido. Alto, atractivo, de ojos oscuros.
—¿Ya ha terminado?
—Sí, mañana resolveré lo demás.
—Ah, perdón, soy David. ¿Y usted?
—Nieves —respondió ella, preguntándose qué pasaría ahora.
—¿Qué tal si vamos a un café? ¿Se aloja en el hotel de la empresa?
—Sí, siempre me quedo ahí. Es práctico.
En el café hablaron de todo. Nieves sintió como si lo conociera de toda la vida. No paraban de hablar, compartiendo aficiones y valores. A él también le gustaban los libros, odiaba la grosería y la avaricia, y le encantaba acampar bajo las estrellas.
—David, ¿dónde vives?
—En el norte…
—Vaya, lejos. ¿Has venido en avión? Yo estoy cerca, a cinco horas en coche.
Se despidieron tarde. Después del café, pasearon por un parque con árboles centenarios y un gran lago. Al día siguiente, él volaba de vuelta, y ella también se marchaba. No querían separarse, pero el trabajo mandaba.
Esa noche intercambiaron números. Contemplaron el atardecer, aunque ya era otoño, el día había sido soleado. Al día siguiente, se despidieron con la promesa de seguir en contacto.
Así comenzó un romance a distancia: correos, mensajes y llamadas interminables.
—Mi Nieves, cuánto te echo de menos —le escribía él, y luego la llamaba para hablar durante horas.
Ella estaba convencida de que los milagros existen. Solo hay que esperar y no perder la esperanza. Cada mañana, sus mensajes la llenaban de alegría.
Pronto tuvo otro viaje a la sucursal, y David también iría. Esta vez planearon tener unos días juntos. Dos días de felicidad, amor y risas.
—Ven, te enseñaré un lugar precioso —dijo él, llevándola al parque—. Mira estos árboles y el lago.
—¡Qué maravilla! —exclamó ella, admirando el agua quieta, cubierta de hojas.
Era finales de septiembre. El cielo estaba gris, pero no hacía viento.
—Nieves, tengo la sensación de que de ese lago saldrá una sirena igual que tú.
—Ya está aquí —rió ella, abriendo los brazos antes de fundirse en un abrazo.
Se volvieron a ver en octubre, y luego a finales de mes. Esta vez alquilaron un piso y pasaron unos días juntos.
—Dios mío, qué bonito es despertar junto a ti —pensaba ella—. Ver tu perfil, escuchar tu respiración, prepararte el café. Soy tan feliz que casi da miedo.
De vuelta a casa, le llegaban ramos de flores al trabajo. Algunas compañeras le envidiaban. En noviembre se vieron otra vez, y el amor creció.
—Nieves, mi vida, soy tan feliz —la besaba él—. Tendrás que pedir el traslado y mudarte conmigo al norte.
Ella no se resistió. Iría con él al fin del mundo.
Pero después de esa visita, David desapareció. Ni correos, ni mensajes, ni llamadas. Ella intentó contactarlo, pero su teléfono no respondía. No sabía su dirección, solo la ciudad.
Sus compañeras notaron su tristeza. Julia dijo con sorna:
—A lo mejor se ha cansado de ti.
Esas palabras la asustaron, porque era su mayor miedo. Y pronto descubrió que esperaba un hijo. Sintió dolor, traición, rabia. Escribió mensajes furiosos que luego borró.
—Dios mío, ¿dónde estás? No quiero flores ni palabras bonitas. Solo quiero que estés aquí.
Pasó el tiempo. Ya tenía cinco meses de embarazo. Aunque le costaba, seguía trabajando. Un día, Javier la llamó: otro viaje a la sucursal. Esta vez fue sin ilusión, solo por deber.
—Otra vez en esta ciudad —pensó—, pero ahora sola.
Sus pies la llevaron al parque, al lago, aunque







