¿Y bien, cómo te fue con tu prometido en línea? ¿Ya se vieron?

**Diario de un encuentro inesperado**

—Lucía, cuéntame, ¿cómo va eso de tu novio de Internet? ¿Ya os habéis visto?
—Sí, un par de veces en el parque. Nada mal, es interesante.
—¿Y qué, ni siquiera te ha invitado a un restaurante?
—Bueno, desde el principio dijo que prefiere pasear al aire libre.
—Vaya, ¿pero al menos te ha regalado flores?
—No. Dijo que las flores son cosa de pueblerinos y que, además, son un gasto absurdo.
—Se nota que aún no está seguro de vuestra relación, no quiere gastar ni un euro. Bueno, ya me contarás, amiga.

Llevaba dos meses hablando con Adrián. Buen tipo, atractivo, buena conversación, cinco años mayor que ella. Divorciado, sin hijos, igual que Lucía. Se conocieron por casualidad en Internet, él respondió a un comentario suyo en un foro, y ahí empezó todo. Tenían mucho en común. ¿Por qué no? Aunque vivían en ciudades distintas, hoy eso no es problema.

Adrián no tenía coche. No le parecía necesario. “Demasiado caro, y luego el mantenimiento, la gasolina…”. Prefería el transporte público. Lucía, en cambio, no concebía la vida sin su coche.

Después de charlar un tiempo, Lucía propuso llamarse para escuchar sus voces. Adrián preguntó qué operadora tenía. No era la misma que la suya.
—Mira, mi tarifa es por minutos, y si llamo a otra operadora, me sale carísimo. Mejor hablamos por Internet, que es gratis.

Su voz era agradable. Hablaron del tiempo, del trabajo. Lucía mencionó a su gata, Lola.
—Lucía, ¿cuánto te gastas al mes en la gata? Esos piensos premium no son baratos.
—No le doy cualquiera, compro uno bueno. No es económico, pero Lola está sana y feliz. Es como de la familia.
—Bueno, no exageres, solo es un gato. Nunca entendí esa obsesión por las mascotas, y encima gastar tanto en ellas.

A Lucía le sentó mal, pero bueno, cada uno es como es.

Una semana después, Adrián le escribió para decir que podía visitarla. Un amigo iba a su ciudad y le llevaba gratis. Dormiría en casa de ese amigo. Lucía aceptó.

Quedaron en el parque, dieron un paseo, charlaron. Al día siguiente, otro paseo, y él se marchó. No estaba mal, pero algo en él le inquietaba.

Un mes después, Adrián la invitó a su casa. Lucía no quiso ir en coche y tomó el tren. Adrián la esperó en la estación. Sin flores, claro. Lucía dijo que tenía hambre.
—Vamos al supermercado, hoy hay ofertas. Compramos algo y lo preparamos en casa. Los bares son un robo.

En el súper, Adrián solo cogía productos rebajados: yogures, carne picada, tomates un poco pasados…
—Mira qué precios, justo caducan hoy, por eso están tan baratos. Yo siempre espero a las ofertas. Así ahorro mucho.
—¡Oye, champán con descuento! Lo cogemos, haremos algo especial esta noche. ¿Te gustan los bombones? Mira, qué baratos. ¿Y eso que llevas? ¡Ese jamón es carísimo! Tengo uno en casa, igual de bueno.

Además, soltó:
—Sabes, soy un buen partido. No fumo, no bebo, no malgasto. Todo lo que gano es para la familia. Mi único vicio es Internet, me encanta navegar. Tú también eres así, ¿no?

Lucía calló. Le daba miedo ir a su casa.
—Vamos a coger el autobús. Tardaremos media hora.
—¿Y si cogemos un taxi? Ahora hay mucha gente.
—¿Estás loca? Los taxis son un despilfarro.

Al final, Lucía pagó el taxi.

El piso de Adrián estaba impecable. Los muebles eran viejos, de otra época. Una vitrina con copas de cristal y fotos suyas por todas partes. Había vivido allí con su madre, que falleció hacía seis meses.
—Mira, el baño, la cocina, mi habitación. Cuidado con gastar mucha agua al ducharte, que está cara. Mi ex llenaba la bañera entera, siempre discutíamos por eso. A mi madre le daba un patatús cada vez que llegaba la factura.

Luego añadió:
—Ve a la cocina, te enseño dónde está todo. Haz unas croquetas y una ensalada. Menuda suerte con las ofertas, ¿eh? Ahorramos la mitad. Anda, tú cocina, yo voy a echar una siesta. Despiértame cuando esté listo. Ah, si quieres, toma un yogur.

Adrián se fue a su cuarto. Lucía cogió sus cosas en silencio y salió. Dejó el jamón en la nevera, que lo disfrutara.

Al llegar a casa, se dio una larga ducha. Se echó a reír al recordar a Adrián. ¡Vaya personaje! Internet no muestra quién es alguien de verdad.

Le mandó un mensaje: *”Soy demasiado derrochadora, esto no va a funcionar”*. Él respondió: *”Pues yo he gastado un dineral hoy para ti”*.

Días después, su amiga le preguntó:
—¿Cuándo te casas?
—Cuando haya rebajas en novios, los buenos saldrán baratos. ¡Ja! Adrián me enseñó a ahorrar en todo. Mejor sola que mal acompañada.

Como dice el refrán: *”Más vale solo que mal acompañado”*. Prefiero vivir a mi aire y dejar que otras se queden con los “partidazos” como Adrián. ¡Que les aproveche!

**Lección aprendida:** El ahorro es virtud, pero la tacañería ahoga el alma. Mejor un café caro con risas que una vida de cuentas y miserias.

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