Acomodada cómodamente en el sofá de su cafetería favorita, Laia aguardaba su pedido, saboreando su cappuccino y un éclair antes de afrontar la jornada laboral.

Cómodamente sentada en un sofá de la cafetería, ella esperaba su pedido mientras disfrutaba de su capuchino y su éclair favorito antes de empezar la jornada laboral.
Isabel se había acomodado en una de las esquinas de su cafetería predilecta, aquélla en la que solía refugiarse todas las mañanas con un capuchino espumoso y un pastelito de nata para alegrarse antes del trabajo. A través de la ventana caía una lluvia fina y gris, muy propia de los inviernos de Madrid de aquel entonces. Isabel sorbía su café despacio, deleitándose en el calor entre las manos. En la mesa de enfrente, dos chicas conversaban animadamente; parecían buenas amigas.
Escucha, el otro día me crucé con la nueva novia de mi ex. Te lo juro, ni guapa ni nada decía una con cinco euros de descaro en la voz. ¿Qué habrá visto en ella?
Pues igual cocina una tortilla de patatas para chuparse los dedos o será una fiera en la cama rió su amiga.
¡Anda ya! Mira sus fotos en el Facebook, que ni con un filtro se arregla.
Ambas soltaron una carcajada, mientras Isabel se quedó inmóvil. De pronto, le vino a la memoria aquel comentario de su madre cuando tenía siete años, oído desde la cocina: Bueno, nuestra Isabelita no será una belleza, pero el trabajo la hace deslumbrar.
Ya de adulta, Isabel había aprendido a cuidar minuciosamente su aspecto. Pero sin importar cuánto se esmerara, nunca se sintió suficiente. Su madre repetía: Ánimo, hija. Si no conquistas por guapa, que sea por lista. Estudia, lucha, no te quedes sola.
En el colegio, la apenaba su figura poco femenina y esa complexión recta y seria. En la universidad, aprendió a vestir con cierto estilo y a maquillarse. Incluso tuvo un novio, aunque él solía bromear con que no había curvas o le gastaba chistes por el tamaño de sus pies. Isabel comprendió que, por mucha inteligencia, no sentía que pudieran llegar a amarla. Se resignó y siguió adelante con su vida.
Al terminar el café y el pastel, se marchó corriendo al trabajo. Ese mediodía, tenía que pasar por casa de su amiga Teresa, para dar de comer al gato y regar las plantas. Teresa había partido a Mallorca con su marido por dos semanas, y él volvía poco a casa. Aunque nos crucemos, ni me mirará, pensó Isabel, y se fue tranquila.
Nada más entrar al piso de Teresa, lo primero que hizo fue ponerle el pienso al gato, Rufo, que dormía plácidamente en el sofá. Luego se puso a regar las macetas. Por la pared sonaba una melodía y ella se sorprendió cantándola: Bajo la luz de una estrella lejana, vuelvo a estar lejos del hogar Y, de pronto, la invadió una felicidad serena. Aquella canción. Aquel rincón entre plantas. Se sintió ligera, casi volando, bailando sin querer mientras se contemplaba entre geranios y begonias.
De repente, se oyeron voces en el vestíbulo.
Isabel se giró y vio a dos hombres en la puerta. ¡Alejandro! El marido de Teresa, y venía acompañado. Los dos la miraban, sorprendidos. Menuda vergüenza ahora, pensó Isabel.
Isabel, hola. Te presento a mi amigo Ramón. Hemos venido por unos papeles. No podíamos apartar la vista, bailabas precioso. Perdona si interrumpimos.
Yo Teresa sólo he venido a cuidar de Rufo y de las plantas.
Isabel, nerviosa, corrió hacia la puerta y, sin darse cuenta, tropezó con el gato. Cayó al suelo y todo se oscureció.
Despertó ya en la habitación de un hospital.
Buenos días, ¿cómo te encuentras? Soy Marta, tu compañera de habitación. Sólo tuviste un ligero golpe, pero el médico dijo que todo está bien. Vino un repartidor con flores y un joven con cara de preocupación, le dijo la chica sonriendo.
Gracias balbuceó Isabel con voz frágil.
Con cuidado, se levantó y fue hacia la ventana, donde encontró una bolsa. Había fruta, un zumo y, para su sorpresa, unos eclairs de crema, sus favoritos. Seguro que eran de Teresa y Alejandro.
Cogió también un ramo y vio una nota: Isabel, recupérate. Una chica tan encantadora como tú no debería estar en un hospital. Te invito a la exposición de flores. No admito un no por respuesta. Ramón.
Isabel apretó las blancas margaritas contra el rostro, cerró los ojos llena de dicha y abrazó a su compañera de habitación.
La belleza no siempre tiene que ser evidente y resplandeciente. Cada mujer lleva su propia hermosura consigo. A veces, es una luz cálida que solo puede verse desde el interiorY en ese instante, Isabel comprendió que su reflejo no dependía de las miradas ajenas, ni de viejos comentarios guardados como piedras en el zapato. Era suficiente ser ella, bailando entre macetas, riendo con desconocidas, apreciando cada gesto amable inesperado.
Esa tarde, cuando Ramón regresó y la invitó a pasear entre los colores de la exposición, Isabel fue con paso firme, sin miedo ni reservas. Descubrió, entre rosas y lirios, un pequeño estanque donde el agua reflejaba su rostro al lado de él. Por primera vez, se vio hermosa en su plenitud: auténtica, feliz, valiente.
Cuando salieron de la galería, la lluvia se había ido. Isabel se atrevió a tomar la mano de Ramón, ligera, con esa misma felicidad inesperada. Caminó por la vida como caminaba entonces, con la frente alta, sabiendo, al fin, que era ella quien había florecido.

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Acomodada cómodamente en el sofá de su cafetería favorita, Laia aguardaba su pedido, saboreando su cappuccino y un éclair antes de afrontar la jornada laboral.
¿Quién de vosotras se atreve ahora a decir que acepta ser mi esposa? Mañana mismo iremos a conocer a mis padres y nos casaremos.