Cosas más raras pasan en la vida

La vida da muchas vueltas, ¿verdad?

—Mateo, me voy de ti. He conocido al hombre de mis sueños —anunció su esposa—. Aunque nunca me faltaste al respeto, la verdad es que no te quiero. Mi futuro marido es de otro país y me voy con él. A Teo te lo dejo a ti. Ya no es un niño, tiene diez años. Mi prometido me pidió que me fuera con él, pero sin el niño.

La madre besó a Teo, le dijo «No me eches de menos» y se marchó con una maleta, sin dejar rastro. Mateo se quedó solo con su hijo de diez años y decidió dedicar su vida a él. Sabía que al chico le faltaría el cariño de madre, e intentó compensarlo, pero un padre es un padre.

Los años pasaron, Teo terminó el instituto y entró en la universidad. Un día llegó a casa con una chica y dijo:

—Papá, esta es Lucía. Va a vivir con nosotros.

Y se fue con ella a su habitación.

Para Mateo fue toda una sorpresa. Ahora serían tres en el piso. Se encogió de hombros y murmuró:

—Bueno, si es lo que hay… Pues nada, que se quede. Habrá que poner la mesa.

Y se dirigió a la cocina.

Entonces Lucía entró con una sonrisa y dijo:

—Don Mateo, déjeme a mí preparar la cena.

—No hace falta, Luci, yo estoy acostumbrado.

—Pues ahora tendrá que desacostumbrarse. La cocina es cosa mía. Pero si quiere, puede ayudarme —su voz era tan dulce que a Mateo hasta le dio un poco de vergüenza—. Vaya, vaya, póngase cómodo, vea la tele o lo que sea. Ya le llamo.

Mateo, frente al televisor, no podía dejar de pensar en Lucía.

—Va sencilla, sin maquillaje, el pelo rubio recogido con cuidado. Nada de muñeca pintada, pero es guapa, delicada. Qué raro que Teo, tan engreído y presumido, se haya fijado en ella. Algo tiene esta chica.

—¡Señores, a cenar! —oyó decir a Lucía.

Mateo se levantó del sofá, Teo salió de su habitación, donde estaba enganchado al ordenador jugando, y los dos se dirigieron a la cocina. A Mateo le encantó la cena. Se notaba el toque femenino.

—Gracias, Lucía —dijo él, mientras su hijo asentía y volvía a su cuarto. Ella fregó los platos.

Con Lucía en casa, todo se animó. Antes cenaban en silencio o con un par de frías palabras antes de irse cada uno a lo suyo. Ahora se quedaban charlando largo rato. Teo era el primero en marcharse, enganchado a sus videojuegos. Pero Mateo y Lucía seguían hablando. Ella sabía un montón de cosas, y a veces él se sorprendía de que, siendo veinte años más joven, tuviera tantos conocimientos.

Teo solo vivía para los juegos, pero Lucía quería salir: al cine, a un café, al parque… Pero moverlo de la silla era imposible. Él se enfadaba.

—Déjame en paz —le espetaba a veces con malos modos, y a ella le dolía.

Mateo lo veía y se preocupaba:

—No sé qué hacer con él. Solo piensa en juegos, no ve más allá. Así se le va a pasar la vida. Ya no puedo con él, es un hombre hecho y derecho.

Con el tiempo, Lucía se convirtió en parte de la familia. Mateo la defendía cuando Teo le faltaba al respeto. Le caía bien, como persona y como pareja de su hijo. Era interesante, inteligente, culta y cocinaba de maravilla. La respetaba por sus principios, igual que a sí mismo. Y ella siempre se comportó con dignidad.

Un día, Mateo llegó del trabajo y encontró una pelea entre Teo y Lucía.

—Recoge tus cosas y lárgate. Te lo dije desde el principio, pero no me hiciste caso. Ahora vete a freír espárragos…

—¿Qué pasa aquí? —preguntó el padre, alarmado.

Lucía lloraba mientras metía sus cosas en una maleta. Teo, de espaldas, estaba pegado al ordenador, con la puerta de la habitación abierta.

—¡Nada! No es asunto tuyo —le espetó el hijo.

—¿Cómo que no? ¿Adónde va a ir Lucía a estas horas? ¿Has pensado un momento en ella?

—No hace falta, don Mateo. No discuta por mí. Me voy, me guardan la habitación en la residencia.

Lucía se marchó, y el piso quedó en silencio. La vida volvió a ser como antes. Pero Mateo, al llegar del trabajo, seguía esperando que, de pronto, la puerta se abriera y apareciera Lucía con su sonrisa cálida diciendo:

—Tengo la cena lista, vamos a la mesa.

Pasó un mes, luego otro… pero Lucía no volvía. Y no quería preguntarle a su hijo. A escondidas, fue varias veces a la universidad. Recordó que Lucía había hablado de su amiga Claudia, con quien compartía habitación. Lo intentó hasta dar con ella, sabiendo que Teo y las chicas estaban en el mismo grupo.

La puerta la abrió una mujer mayor.

—Soy el padre de Teo. Claudia, ¿sabes qué pasó entre él y Lucía? ¿Dónde está? Quiero saber de ella, me da pena la pobre chica.

—Pues ya no estudia. Se fue a su pueblo —le contó la amiga.

—¿A su pueblo? ¿Por qué? ¿Dejó la universidad? ¿Qué pasó con Teo?

—Ay, no quiero hablar de más… Tome, aquí tiene la dirección de Lucía. Perdone, pero es mejor que ella le cuente.

Un fin de semana, Mateo se fue al pueblo de “Los Olivos”. Llamó a la puerta de la casa, y una mujer mayor le abrió.

—Buenas, ¿vive aquí Lucía?

—Pase, joven —le dijo la mujer con amabilidad.

De la habitación salió Lucía, un poco pálida y con una barriga que ya se notaba.

—¡Lucía! ¿Estás embarazada? ¿Qué pasó con Teo?

—Pues esto —señaló su vientre—. No quiso saber nada del niño. Me puso condiciones: si lo abortaba, seguiríamos juntos, pero si no, que no volviera a aparecer por su vida. Tomé mi decisión, y por eso estoy aquí.

—Lucía, cariño, siempre supe que eras lista. Hiciste lo correcto, ¡esto es una alegría! Voy a ser abuelo, aunque aún no estoy tan viejo, ¿eh? —sonrió—. A mi hijo lo he malcriado, viví solo para él, y es mi culpa. Perdóname por él. Pero a mi nieto o nieta no los voy a abandonar. Vamos, recoge tus cosas. Tengo las llaves del piso de un amigo que está de viaje. Te ayudo, te cambias a distancia y nos arreglamos.

Lucía no lo pensó mucho. Le daba pena dejar la universidad. Nació Antoñito. Mateo corría a verlos después del trabajo: ayudaba con el niño, lo sacaba a pasear, lo acostaba y hasta lo bañaba él solo, mientras Lucía le echaba una mano. Lo hacía con tanto cuidado que ella se sorprendía.

Teo no tenía ni idea de que Lucía estaba en la ciudad. Llegó a traer a otras chicas, pero nunca duraban. Con su padre apenas hablaba.

Lucía, mientras tendía la ropita del niño por las noches, oía a Mateo contarle cuentos e incluso cantarle canciones. Una vez, al no oír nada, entró y los vio dormidos, nariz con nariz. Mateo abrió los ojos.

—Ay, Lucía, perdona, me quedé dormido. No sé quién durmió a quién.

—No se pre

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