El sentimiento de culpa no me abandonaba

El remordimiento no la abandonaba

La vida de Lucía se dividió en un antes y un después. Cursaba segundo de bachillerato, era buena estudiante, pero en casa no había paz. Su madre, Carmen, era la culpable de aquella situación. No cesaba de reprochar a su padre, le exigía constantemente, mientras que a ella la mimaba y la protegía.

Fernando trabajaba sin descanso, pero para Carmen nunca era suficiente:

—Tenemos muebles viejos, hay que cambiarlos. Los vecinos ya renovaron los suyos con unos modernos, y nosotros debemos hacer lo mismo. —Lucía no entendía por qué tenían que fijarse en los demás y vivir como ellos.

—Con estos muebles se puede vivir —respondía su padre—. Nuestra hija ya es mayor, pronto necesitará dinero, ya sea para la universidad o si decide casarse.

—Necesitamos cambiar el coche, este ya está viejo. Mi hermana y su marido se compraron uno extranjero —insistía Carmen con tono exigente.

A Carmen le encantaba el dinero y siempre armaba escándalos, llamando a Fernando un fracasado porque no ganaba lo suficiente. No mostraba compasión por él. A Lucía, en cambio, el corazón se le encogía de pena al ver a su padre, un hombre fuerte por fuera pero roto por dentro.

Aquella noche volvieron a discutir, o mejor dicho, su madre volvió a atacar a su padre:

—Mejor hubiera sido casarme con Alejandro, ahora viviría como una reina, pero no, te elegí a ti, un don nadie —gritó Carmen, mientras Lucía cerraba la puerta de su habitación para no escuchar—. Serás un fracasado toda la vida, y me divorcio de ti. Estoy harta de contar céntimos. Mañana mismo presento los papeles.

—Mamá, si te divorcias de papá, yo me quedo con él. Vive sola —saltó Lucía desde su cuarto.

—¡Desagradecida! —la insultó su madre y le dio una bofetada.

Era la primera vez que Carmen la golpeaba. Lucía se llevó la mano a la mejilla, miró a su madre entre lágrimas, entró en su habitación, guardó los libros en la mochila y salió corriendo de casa. Iba a casa de su amiga Marta, del instituto. Ya anochecía y, en su estado nervioso, no vio el coche que se acercaba. Solo sintió el golpe.

Javier llevaba cinco años casado con Raquel. No tenían hijos porque ella siempre decía que no era el momento. Pero en los últimos dos años, las peleas y malentendidos eran constantes. Raquel solo sabía exigir, sin entender que en la vida no solo se recibe, sino que también se debe dar.

No tenía nada que ofrecer. No sabía amar, ni compadecerse. No quería hijos, ni ser ama de casa. Apenas cocinaba, alimentando a su marido con precocinados y comida del ultramarinos de la esquina. Cuando él se quejaba, respondía con rabia:

—En vez de reprocharme y querer convertirme en tu cocinera, mejor llévame a un restaurante.

—No soy un magnate, solo un capataz. Tú no trabajas, vivimos de mi sueldo, ¿qué restaurantes ni qué nada? Ponte a trabajar y ya veremos. Aunque…

—¡Ni lo sueñes! Tú eres el hombre y me tienes que mantener. —Así terminaban siempre sus discusiones.

Ese día no había cena. Javier sabía que Raquel había pasado el día al teléfono con sus conocidas. No eran amigas, porque ella creía que tener amigas cerca era peligroso. Alguna podría ser mejor que ella en algo, sobre todo si ella no hacía nada. Y, peor aún, podrían poner los ojos en su marido. Raquel protegía su matrimonio porque vivía cómodamente a costa de Javier.

No encontró nada que comer en la cocina.

—¿Otra vez sin cenar? Vengo del trabajo —dijo él.

—No hay cena, no soy tu cocinera.

—Pues entonces me voy a casa de mis padres y me divorcio de ti.

—¡Qué miedo! A ver adónde vas —Raquel soltó tantas vilezas que Javier apenas pudo contenerse para no pegarle.

Hambriento, furioso, aceleró por la carretera. Quería llegar antes del anochecer. En aquel tramo no había semáforos ni pasos de peatones, así que iba rápido. No vio de dónde salió la chica. Frenó, pero el golpe fue inevitable. La joven cayó en la cuneta.

—¿Qué he hecho? —pensó mientras la llevaba al hospital. Ella estaba consciente.

Luego vino el juicio. Se tuvieron en cuenta las circunstancias: la chica cruzó donde no debía, la zona estaba mal iluminada, él la llevó al hospital y se ofreció a pagar el tratamiento. Pero también había exceso de velocidad, y la madre de Lucía exigió condena. Gritó, se desmayó, dijo que su hija tenía una lesión medular.

Javier fue a la cárcel. Raquel no tardó en divorciarse. Se llevó todo de la casa. Solo no pudo quedarse con el piso porque era una herencia de su abuela.

Ahora tenía tiempo para pensar.

—Pude haberme separado antes. No sé qué me retenía. Mis padres me decían que me largara de esa sanguijuela, que vivía chupando mi sangre. Pero también me acostumbré a compartir lo que tenía. Al menos hubo algo bueno: me libré de ella. Cumpliré la condena y empezaré de cero.

Pero no pudo. El remordimiento lo perseguía. No podía perdonarse haber arruinado la vida de aquella chica. Le decían:

—No te culpes, no fue tu culpa. Ella cruzó donde no debía, y tú pagaste por ello. Su madre te sacó hasta el último euro en el juicio, vendiste el coche y el garaje. Ya has pagado suficiente.

Pero Javier no se consolaba. Sabía que Lucía quedó discapacitada. Salió en primavera. Volvió a un piso vacío. Al menos Raquel no pudo quitárselo.

—Me quedé sin nada, pero ya se recuperará. Necesito trabajo.

Llamó a su antiguo jefe, sin muchas esperanzas.

—Javi, ¿qué tal? Vuelve. Todos saben que no fue tu culpa.

Se alegró de tener empleo, pero las noches solitarias le recordaban lo sucedido.

—Raquel me tenía harto, iba alterado… pero no es excusa. Debí dejarla antes.

Los fines de semana iba a casa de sus padres. Se distraía, pero al volver, el remordimiento regresaba. En la cárcel, al menos sentía que pagaba su deuda. Ahora, libre, no podía ser feliz.

Su madre le decía:

—Javi, basta de torturarte. Ya pagaste. Primero Raquel y su madre te dejaron en la ruina, luego el accidente, la cárcel… Eres joven, búscate una buena mujer, ten hijos. Todo pasará.

Un día, navegando por internet, recordó a Lucía. Buscó su perfil y se sorprendió. Esperaba ver a una chiquilla de dieciséis años, pero en las fotos había una mujer adulta. Comprendió que para él el tiempo se había detenido. Vivía anclado en aquel momento, pero la vida seguía. Y Lucía, aunque con un bastón, sonreía en todas las fotos, rodeada de amigos, en la universidad. Era fuerte, no se dejaba vencer.

No sabía por qué le escribió. No esperaba respuesta. Pero Lucía contestó. Empezaron a hablar. Cuando él le preguntó cómo lo veía, después de lo ocurrido, ella respondió:

—Me das pena.

—¿Por qué? —se sorprendió. Esperaba odio, rencor.

—Tengo secuelas, la pierna quedó mal, pero tú perdiste años de vida —dijo Lucía—. Además, creo que a mi madre hasta le alegró que quedara discapacitada. Sigue extorsionando a mi padre, aunque ya están divorciados.

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