Oportunidad para no perder a tu mejor amiga

**La Oportunidad de No Perder a la Mejor Amiga**

Habían pasado más de diez años desde que terminaron el instituto, pero Lucía y Marta seguían siendo amigas. Su amistad comenzó en séptimo curso, cuando Lucía llegó nueva al colegio después de mudarse con sus padres a Madrid. La profesora la presentó a la clase y señaló un pupitre libre junto a una chica de pelo oscuro.

—Esta es Lucía, nueva alumna. Siéntate con Marta, en la tercera fila.

Lucía asintió y se acomodó junto a Marta. Al buscar su estuche en la mochila, se dio cuenta de que lo había dejado en casa. Entonces, su nueva compañera le tendió un bolígrafo de repuesto.

—¿Olvidaste el estuche? —preguntó Marta.

—Sí, gracias, me salvaste —respondió Lucía.

Así empezó todo. Vivían en calles vecinas, así que siempre volvían juntas del colegio. Con los años, compartieron maquillaje, ropa y secretos de chicas. Lucía nunca imaginó que su amistad sería tan fuerte, pero la vida demostró que se complementaban.

En bachillerato, empezaron a fijarse en chicos, y ellos también las miraban con interés. Al terminar, entraron juntas en la universidad y compartieron habitación en la residencia. Casi al graduarse, ambas se enamoraron del mismo chico: Adrián. Pero él eligió a Marta, aunque Lucía deseaba secretamente que la eligiera a ella.

Lo conocieron una noche de lluvia torrencial, al salir del cine. Empapadas, decidieron no esperar a que escampara. De pronto, un coche no muy nuevo se detuvo junto a ellas.

—Chicas, subid, ¿dónde vais? Os llevo —dijo el conductor.

Era Adrián, un taxista ocasional de ojos oscuros y sonrisa deslumbrante. Durante el trayecto, contó anécdotas divertidas mientras las llevaba a la residencia. Al bajarse, Marta susurró:

—Creo que me he enamorado.

—No me extraña, es un bombón —respondió Lucía, ocultando que a ella también le gustaba.

Esa noche soñó con él, con sus pestañas espesas y su sonrisa perfecta. Al día siguiente, lo encontraron esperando frente a la residencia.

—Hola, chicas. Marta, ¿puedo hablar contigo?

—¡Claro! —exclamó ella, lanzándole una mirada cómplice a Lucía antes de subir al coche.

Lucía los vio alejarse con el corazón encogido. «No está escrito», murmuró.

Marta y Adrián se enamoraron. Lucía pasaba más tiempo sola mientras su amiga llegaba tarde, feliz, contándole sus confidencias.

—¡Adrián me ha pedido que me case con él! ¿Qué hago?

—Pues di que sí, si te gusta —respondió Lucía, ocultando su pesar.

La boda fue en un restaurante de Lavapiés, alegre y llena de risas. Después, cada una siguió su camino, pero mantuvieron la amistad, aunque más distante.

Siete años después, sus vidas eran distintas. Trabajaban en oficinas diferentes y apenas se veían, salvo para tomar una copa de vino o cotillear sobre conocidos.

—Lucía, ¿qué tal con Javier? —preguntaba Marta.

—Hemos roto. Sus chistes eran malísimos y solo él se reía —contestaba Lucía.

—Vaya, no das con el indicado.

Un día, Marta recordó su cumpleaños.

—¿Vendrás a celebrarlo al restaurante?

—Claro —dijo Lucía, aunque ese día todo le salía mal: su jefe la regañó por llegar tarde, hubo un error en un contrato… Llegó al local de mal humor y se refugió en el vino.

La fiesta estaba animada, pero al cabo de unas horas, Lucía notó que había bebido demasiado. Marta la llevó afuera.

—No puedes ir sola. Adrián te llevará a casa.

En el taxi, Lucía se durmió sobre su hombro. Al llegar, Adrián la ayudó a subir.

—¿Me invitas a un café? —preguntó él, mirándola fijamente.

Ella asintió, tambaleándose. En el pasillo, tropezó y sus labios rozaron su mejilla, perfumada y suave. De pronto, él la besó. Lucía se dejó llevar, olvidando que era el marido de su mejor amiga.

No recordaba cómo se había ido él, pero al día siguiente la atormentaban los remordimientos. «¿Por qué lo hice?».

Entonces, Marta llamó.

—Necesito verte. Tengo algo importante que contarte.

Lucía sintió que el sudor le helaba la frente. «Dios mío, ¿lo sabe?».

En el café, Marta jugueteaba nerviosa con el mantel.

—Llevo tiempo queriendo decírtelo… Tengo un amante. Se llama Ignacio. Hace dos meses que estoy con él. Con Adrián ya no hay nada, ni siquiera dormimos juntos. Me siento culpable, pero no puedo evitarlo.

Lucía respiró aliviada, como si le quitaran un peso. Escuchó a su amiga hablar de su matrimonio fracasado y sintió que recuperaba su confianza.

«Alguien allá arriba me dio una oportunidad para no perderla», pensó.

Con el tiempo, Marta se divorció de Adrián. Lucía no volvió a verlo, explicándole que aquello había sido un error. Pero una duda la atormentaba: ¿decírselo a Marta?

Años después, Lucía se casó con Óscar, un hombre que la amaba de verdad, y esperaban un hijo. Pero el secreto seguía ahí, escondido en lo más profundo de su alma. La amistad exigía honestidad, pero ella no se atrevía. Por ahora, el silencio era su única compañía.

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No en vano existe un dicho popular: “Dios te da un hijo, y Él mismo te ayuda a criarlo”.