No lo quisieron antes

Cuando Lucía estaba en tercero de la ESO, en octubre llegó un nuevo alumno llamado Álvaro. El tutor, don Francisco Javier, entró con él al principio de la clase de literatura y lo presentó:

“Álvaro se incorpora a nuestra clase. Viene de Zaragoza porque su padre, que es militar, lo han destinado aquí. Álvaro, siéntate allí, al lado de Lucía.”

“Gracias,” dijo Álvaro, y ocupó su sitio.

La profesora de literatura retomó la clase cuando el tutor se marchó. En el recreo, algunos compañeros se acercaron a Álvaro para conocerlo. Lucía no pudo evitar fijarse en ese chico alto y guapo, y notó que él también la miraba con interés.

“Álvaro, ¿dónde vives?” le preguntó Lucía al salir de clase.

“En la calle del Arenal, número doce.”

“¡Qué casualidad! Yo también vivo en esa calle, en el número ocho. Casi somos vecinos,” dijo ella sonriendo, mientras él la miraba con admiración.

“Pues vamos juntos,” propuso Álvaro, y salieron del instituto.

“¿Tienes hermanos?”

“Sí, un hermano mayor. Está en la Academia Militar, siguiendo los pasos de mi padre.”

“¿Y tú? ¿También quieres ser militar?”

“No, en casa ya hay suficientes militares. Estoy pensando en estudiar informática, pero aún no lo tengo claro. A ver en segundo de bachillerato.”

“¿Y tú qué quieres ser?” le preguntó a Lucía.

“Médica. Es mi sueño desde pequeña,” respondió sin dudar. “Me encantaba curar a todos: a mis padres, les vendaba los dedos, hasta a mi gata la cuidaba. Una vez hasta encontré un búho bebé en los arbustos, con el ala herida. Lo curamos en casa con mi madre, y cuando pudo volar, lo soltamos.”

“Qué bonito. Es genial que tengas un sueño desde niña. Eso no es común.”

Hablando de todo un poco, ni se dieron cuenta de que ya habían llegado a la puerta de Lucía.

“Este es mi portal. Tú sigues, ¿no? Bueno, hasta mañana,” le dijo, saludando con la mano antes de entrar.

Álvaro y Lucía se hicieron muy amigos. A veces salían por las tardes con otros compañeros. En cuarto de la ESO, casi sin darse cuenta, surgió algo más entre ellos.

“Mamá, nunca pensé que Álvaro y yo tuviéramos tantas cosas en común,” le contaba Lucía a su madre. “Nos gustan las mismas bromas, la misma comida, las mismas películas… hasta nuestra forma de pensar es parecida.”

“Hija, cuando dos personas se entienden así, es algo muy especial,” le decía su madre. “Pero no olvides tus estudios. Tú quieres ser médica, ¿verdad? No dejes que el amor te distraiga.”

“No te preocupes, mamá. Álvaro lo sabe y me apoya. Él también quiere estudiar una carrera.”

Cuando hablaban, Lucía sentía que Álvaro la entendía como nadie. Al terminar bachillerato, los dos entraron en la universidad. Durante esos años, seguían juntos y decidieron casarse después de graduarse.

Aunque Álvaro, desde tercero, no paraba de decir:

“¿Por qué no nos casamos ya? Podríamos alquilar un piso. Mucha gente lo hace, incluso algunos tienen hijos.”

“Álvaro, nuestros padres tendrían que pagarnos el alquiler, somos estudiantes sin ingresos…”

“Bueno, podría buscar un trabajo por las tardes,” decía él, aunque sin mucha convicción.

“Ya hablamos de esto. Primero los títulos, luego nos casamos.”

Al terminar, encontraron trabajo y por fin celebraron su boda.

“Mamá, mira mi título,” presumía Lucía, feliz.

“Enhorabuena, hija. Sois los dos unos cracks. Y Álvaro es un buen chico, le tengo mucho respeto. Ha sabido esperar.”

La boda fue en un restaurante, con muchos invitados. Lucía y Álvaro hacían una pareja preciosa.

Se independizaron enseguida, aunque sus padres les ofrecieron ayuda. Lucía trabajaba como médica de familia en un ambulatorio; Álvaro, en una empresa de tecnología. Dos años después, aún no tenían hijos.

“Lucía, ¿cuándo os animáis?” les preguntaban, pero ella se encogía de hombros.

La verdad es que no sentía que estuviera preparada. Quería consolidarse profesionalmente antes.

“Álvaro, creo que para ser madre necesito madurar más, ganar experiencia. No quiero dejarlo todo por un embarazo ahora,” le decía cuando él sacaba el tema.

Álvaro quería ser padre, pero no insistía.

“No voy a presionarte. Lo importante es que nos queremos.”

No fue hasta los treinta y cinco, cuando Lucía ya era jefa de servicio en el hospital, que empezó a plantearse ser madre.

“Álvaro, ¿y si tenemos un hijo? Ya me siento preparada.”

“¡Vaya! Por fin, Lucía. Me hace muy feliz que lo hayas decidido,” respondió él, sonriendo.

Pero pasaba el tiempo y Lucía no se quedaba embarazada. Empezó a preocuparse.

“¿Habré esperado demasiado? ¿Será que mi cuerpo ya no puede?”

Decidieron hacerse pruebas. Sus padres, ilusionados, esperaban noticias.

Un día, el médico llamó a Álvaro.

“Sí, sí, mañana pasaremos,” dijo él con tono serio antes de colgar.

“¿Era el médico? ¿Qué pasa?” preguntó Lucía, viendo su expresión.

“Ha dicho que habrá dificultades para el embarazo,” murmuró él.

De repente, Álvaro estalló, algo que Lucía nunca había visto.

“¡Es culpa tuya! Si no hubieras esperado tanto, esto no pasaría. Las mujeres deben tener hijos jóvenes. ¡Hasta el médico lo ha dicho! Ahora puede que nunca podamos ser padres por tu culpa.”

Lucía se sintió fatal, a punto de llorar.

“Tiene razón. Debí pensarlo antes. Le he fallado.”

Al día siguiente, fueron a la consulta. El médico revisó los análisis.

“Hay un problema, pero tiene solución. Con tratamiento, puede haber esperanza.”

“¿Seguro que es Lucía quien necesita tratamiento?” preguntó Álvaro.

“¿Lucía? No, me refiero a usted, señor. El problema está en usted. Pero no se preocupe, tenemos buenos especialistas.”

Álvaro se quedó mudo. Lucía, aunque dolida por sus reproches del día anterior, le cogió la mano.

“Álvaro, tranquilo. Superaremos esto juntos. Somos un equipo.”

Salieron en silencio. Álvaro siguió el tratamiento al pie de la letra. Un día, llegó a casa y encontró una cena con velas.

“¿Qué celebramos?” preguntó, sorprendido.

“Celebramos que estoy embarazada,” dijo Lucía, sonriendo.

“¿En serio? ¿No es una broma?”

“Claro que no. Vamos a ser padres.”

Álvaro la levantó en brazos, emocionado.

“¡Vamos a tener un bebé!”

Y unos meses después, recogió a Lucía del hospital con dos sorpresas: ¡gemelos! Los abuelos no cabían en sí de la alegría.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

five × three =

No lo quisieron antes
La Deuda Vespertina