El último encuentro

Almudena Ibarra pasea despacio por la senda del Parque del Buen Retiro cuando una anciana la detiene, clavando la mirada en su rostro.

—Almudena, ¿eres tú? —dice la mujer, entrecerrando los ojos y observándola con atención.

—Sí, soy yo. ¿Y usted, quién es? —responde Almudena.

—No me reconoces, lo entiendo. Yo soy Dolores —sonríe y se presenta la anciana.

—Ay, Dolores, no te veía. Has cambiado mucho. Yo también he envejecido; ya somos pensionistas.

—Cierto, los cabellos se nos han encanecido. Aún se asoma tu antigua belleza, Almudena. Yo ya no soy la misma; la vida no me ha consentido. ¿Sigues viviendo aquí? Pensábamos que habías vuelto a tu pueblo. Damián te buscaba, no sabía dónde estaban tus padres —añade Dolores.

Al oír el nombre Damián, Almudena tiembla. Dolores lo nota y, tras una breve pausa, continúa:

—Hace poco enterramos a Damián. Toda su vida pensó en ti.

Almudena vuelve a estremecerse.

—¿Cómo lo enterraron?

—Su corazón se detuvo. Yo he venido a visitar a mi nieta, que ya está casada y estudia en la universidad de Barcelona.

Conversan largamente, dos antiguas compañeras de facultad. Dolores le da su dirección y Almudena promete ir a visitarla. Damián era primo de Dolores y había cursado la misma carrera, aunque en una rama paralela.

Pasan unos días y Almudena está sentada junto a la ventanilla del avión, viendo cómo la tierra se aleja mientras la aeronave gana altura. No le teme volar; lleva años en el aire y, recostada en el respaldo, cierra los ojos. Sus pensamientos se dirigen a la época universitaria, a los acontecimientos que la llevan a este viaje. No puede evitar sentir que ese destino la llama.

Ese apuesto joven de ojos marrones y carisma se llamaba Damián. Alto y guapo, se enamoró de Almudena al primer vistazo. Ella, esbelta como una caña, con cabellos rubios y ondulados, cautivó su corazón al instante.

—Hola —le dice él, sin poder apartar la mirada, y ella, sonrojada, responde tímidamente.

En aquel entonces son estudiantes de tercer curso en la Universidad Complutense. Almudena no se lleva muy bien con Dolores; su amiga más cercana es Lucía, con quien comparte habitación en el residuo. Más tarde descubre que la morena y simpática Dolores es hermana de Damiño, pues sus madres son hermanas. Dolores vive en otra comunidad autónoma.

Almudena no carece de pretendientes, pero es una chica seria. Su objetivo es terminar la carrera, conseguir un buen puesto y seguir una vida estable. Muchos chicos se enamoran al ver sus ojos azules y su sonrisa, pero ella conoce su valor y no se deja engañar. A pesar de su delicada apariencia, su carácter es de acero; si algún estudiante le resulta pesado, lo rechaza sin rodeos.

Con Damián, todo es distinto. Desde el primer encuentro él le pregunta:

—¿Salimos a dar una vuelta después de clase?

—Vamos —responde Almudena, sorprendiéndose a sí misma por aceptar tan rápido a aquel guapo.

Pasean por las calles de Barcelona, entonces todavía conocida como la ciudad condal. Admiran la arquitectura extravagante, los parques y los rincones con encanto. Almudena, proveniente de un pueblo de la provincia, había soñado desde sexto de primaria con estudiar en esa universidad y ahora ve cumplido su deseo.

Con Damián se encuentran frecuentemente. Él es un chico vivaz, seguro de sí, algo irascible y muy celoso. No permite que ningún otro chico se acerque a ella.

—Almudena, ven, te muestro una vista que te encantará —dice Damián, con los ojos brillando—. Vamos.

Toma su mano y la lleva al vestíbulo de un rascacielos, luego suben a la azotea. Desde allí se abre una panorámica impresionante: el sol se oculta tras la Sagrada Familia, las luces de la ciudad se encienden, los coches circulan como hormigas y el mar Mediterráneo reluce a lo lejos.

—Damián, nunca había visto algo así, es una maravilla —exclama ella.

—Sabía que te gustaría.

Almudena se enamora profundamente; su corazón late al ritmo de Damián, quien también siente una sensación inédita. Antes cambiaba de pareja a sus antojos, pero ahora solo piensa en Almudena. No pueden vivir el uno sin el otro.

—Luz, nunca pensé que se pudiera amar tanto —confiesa a su amiga—. Es una pasión fuera de lo real, pero Damián me celosa demasiado.

—Lo entiendo, él es un chico fogoso y también está enamorado, así que tendrás que soportarlo —le aconseja Luz.

Su relación es una montaña rusa de pasión y celos. Discuten a menudo, pero se reconcilian rápidamente y con intensidad. Un día, en un restaurante cerca del final de sus estudios, Damián mira a una chica en la mesa contigua y sonríe. Almudena, irritada, le derrama el contenido del vaso sobre la cara.

Damián le da un golpe en la mejilla, dejando una marca roja. Almudena sale del local, toma un taxi y regresa al residuo. Damián la sigue, y después de una discusión acalorada pasan la noche pidiéndose perdón, con palabras de reconciliación muy intensas.

—Perdóname, Almudencita, sé que te he golpeado, pero no olvides de dónde vengo. Allí las mujeres no actúan así, fue un choque para mí —le suplica.

Tras las vacaciones, no vuelven a sus casas; se dirigen a Madrid para visitar al amigo de Damián, que vive en un estudio y es pintor. Recorren la Gran Vía, la Plaza Mayor, visitan museos y una exposición de su amigo. Disfrutan cada momento, comen helado, churros y van al cine, viajan en metro y se sienten felices, sin haber discutido durante esos días.

Normalmente se pelean cada dos o tres días, con discusiones que a veces hacen llorar a Almudena, seguidas de reconciliaciones apasionadas. Al llegar al quinto curso, Almudena se siente cansada de tanto ir y venir, pero Damián está decidido.

—Almudena, iré a hablar con tus padres y pediré tu mano. Nos casaremos y, al terminar la carrera, iremos a vivir a mi tierra —le dice.

Almudena lo ama, pero temerosa del matrimonio, se opone. No quiere que él vaya a su familia, pues sabe que sus padres nunca aceptarán la unión; además, su padre ya ha elegido a otro pretendiente, Víctor, hijo de un amigo de la familia. Víctor estudia en Sevilla y también está a punto de graduarse.

Finalmente obtienen los diplomas. En secreto, Almudena empaca sus cosas y huye sin avisar a Lucía. Se dirige a un pueblo vecino de una antigua compañera, sabiendo que Damián la buscará. Él, sin saber dónde vive la familia de Almudena, espera dos semanas sin noticias y luego regresa a su casa. Así termina su amor turbulento e impredecible.

Almudena vive a su ritmo y se alegra con sus dos nietos gemelos. Se casa con Víctor, un hombre tranquilo, responsable y sensato. Tienen un hijo y manejan un negocio familiar; ahora ella se ha retirado y disfruta de su tiempo libre, recordando con cariño la universidad y a Damián, cuya juventud fue tan intensa.

—Cómo logré alejarme de él, me pregunto —reflexiona—. De haber seguido, habría sido un matrimonio insoportable.

Lucía la invita a reuniones de antiguos compañeros, pero Almudena rechaza, temiendo encontrarse con Damián, quien podría aparecer con su hermana.

—Si lo veo, no podré controlar mis emociones —piensa—. No quiero traicionar a mi marido. Que él recuerde mi imagen del pasado y yo guarde mi recuerdo.

Damián, casado también y con hijos, nunca olvida a Almudena. Su prima le cuenta que él siempre la amó, su “niña Almudena”.

De pronto, la voz de la azafata interrumpe sus pensamientos: el avión inicia el descenso y pide abrochar los cinturones. En el aeropuerto, Dolores la recibe y la invita a su casa. Juntas van al cementerio, donde Dolores muestra la tumba de Damián. El joven yace bajo una lápida recién colocada, con la mirada serena de quien ya no está.

—Te esperaré en la puerta del cementerio —dice Dolores—. Te dejo aquí…

—He llegado, Dolores —responde Almudena, después de que su amiga se aleja—. Me quedaré junto a ti, aunque sea en silencio. Perdona que no me despedí antes; quizás no hubiera tenido fuerzas. Ahora decido alejarme para siempre…

Habla largo rato con la sombra de Damián y, al final, se dirige a la puerta del cementerio. Dolores la acompaña, comprendiendo que Almudena necesita desahogarse; esa es su última reunión.

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El último encuentro
El síndrome de la vida eternamente postergada… Confesiones de una mujer de 60 años Elena: Este año he cumplido 60, y ningún familiar se ha acordado de felicitarme por teléfono en mi cumpleaños. Tengo hija e hijo, nieto y nieta, y también ahí anda mi exmarido. Mi hija tiene 40, mi hijo 35. Ambos viven en Madrid, los dos terminaron universidades madrileñas bastante prestigiosas. Son inteligentes, exitosos. Mi hija está casada con un alto cargo, mi hijo con la hija de un importante empresario madrileño. Los dos tienen una carrera brillante, varias propiedades, y además de sus puestos públicos, cada uno lleva su propio negocio. Todo estable. Mi exmarido se fue cuando nuestro hijo terminó la universidad. Dijo que estaba cansado de ese ritmo de vida. Aunque él trabajaba tranquilo en el mismo puesto, pasaba los fines de semana con sus amigos, o en el sofá, y en vacaciones se iba todo el mes con sus parientes al sur. Yo nunca tomaba vacaciones, trabajaba a la vez en tres sitios—ingeniera en una fábrica, limpiadora en la oficina de la misma fábrica, y los findes, envasando productos en un supermercado cercano de 8 a 20, y aparte limpiando zonas de servicio y almacenes. Todo lo que ganaba, iba para los hijos—Madrid es cara, y estudiar en universidades de prestigio exige buena ropa, alimentación y ocio. Aprendí a vestir ropa antigua, a remendar cosas, a arreglar zapatos. Siempre iba limpia y arreglada. Me bastaba. Mis únicos momentos de diversión eran los sueños—alguna vez me veía feliz, joven y riendo. Mi marido, en cuanto se fue, se cambió el coche y se compró uno caro y flamante. Lo ahorrado no era poco, parece. Nuestra vida juntos fue rara—todos los gastos corrían de mi cuenta, salvo el alquiler. Ese lo pagaba él, y ahí acababa su aportación familiar. La educación de los hijos la pagué yo… El piso donde vivíamos me lo dejó mi abuela. Bueno y cuidado, una finca antigua con techos altos. Dos habitaciones reformadas en tres. Había un trastero de 8,5 m² con ventana, que arreglé, con cama, mesa, armario, estantes. Allí dormía mi hija. Mi hijo y yo compartíamos habitación, aunque yo solo iba a dormir. Mi marido en el salón. Cuando mi hija se mudó a Madrid, ocupé su trastero. La separación fue sin peleas, sin disputas, sin reproches. Él quería VIVIR de verdad, yo tan agotada que lo tomé aliviada… No tenía que cocinar tres platos y postre, ni lavar sus cosas, ni planchar ni ordenar, podía usar ese tiempo para descansar. Ya para entonces tenía muchas enfermedades—columna, articulaciones, diabetes, tiroides, agotamiento nervioso. Por primera vez tomé vacaciones en mi trabajo principal y me dediqué a curarme. No dejé las otras faenas. Me recupere algo. Contraté un buen profesional y con su ayudante me hicieron una reforma estupenda en el baño en dos semanas. Para mí fue una alegría—MI ALEGRÍA PERSONAL, felicidad para mí. Todo ese tiempo enviaba dinero a mis hijos en lugar de regalos en sus cumpleaños, en Navidades, el Día de la Mujer, el Día del Padre. Después, también a los nietos. Así que no podía dejar los trabajos extras. Nunca me quedaba dinero para mí. Me felicitaban raras veces, y casi siempre si yo lo hacía primero. Nunca me regalaron nada. Lo más doloroso era que ni hija ni hijo me invitaron a sus bodas. Mi hija me dijo sinceramente: “Mamá, no vas a encajar en la fiesta. Va gente del Gobierno.” De la boda del hijo me enteré después por la hija… Menos mal que no me pidieron dinero para la boda… Ninguno viene nunca, aunque siempre les invito. Mi hija dice que no tiene nada que hacer en nuestro “pueblo” (una ciudad de provincia con un millón de habitantes). Mi hijo siempre responde: “¡Pero mamá, es que no tengo tiempo!” ¡Hay 7 vuelos diarios a Madrid! Dos horas exactas en avión… ¿Cómo llamaría yo ese periodo de mi vida? Seguramente, la vida de las emociones reprimidas… Entonces vivía como Scarlett O’Hara—“ya lo pensaré mañana”… Reprimía lágrimas y dolor, todos los sentimientos, desde la extrañeza hasta la desesperación. Vivía como un robot programado para trabajar. Después compraron la fábrica unos madrileños, reorganizaron todo y nos despidieron a los mayores; perdí dos trabajos de golpe, pero así pude jubilarme anticipadamente. Me dieron una pensión de 1.000 euros… y a vivir con eso. Tuve suerte—aquí, en mi bloque de cinco plantas y cuatro portales, quedó libre el puesto de limpiadora… Lo cogí—otros 1.000 euros de ingreso. No dejé de envasar y limpiar en el súper los fines de semana, pagaban bien—30 euros por turno. Lo duro era estar todo el día de pie. Poco a poco empecé a arreglar la cocina. Lo hice yo sola, encargué el mobiliario a un vecino, lo hizo bien, rápido y a buen precio. Y otra vez empecé a ahorrar. Quería renovar habitaciones, algo de muebles. O sea, tenía planes… pero en los planes no estaba YO. ¿En qué gastaba en mí? Solo en comida, la más sencilla, que tampoco comía mucho. Y en medicinas, que era mucho. El alquiler tampoco ayudaba, subía cada año. Mi ex siempre decía que vendiera el piso, zona buena, darían buen dinero, podría comprarme algo más pequeño. Pero es que me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres. Ella me crió. El piso donde ha transcurrido toda mi vida es muy especial para mí. Con el ex conservo trato cordial, hablamos a veces como viejos conocidos. Está bien. De su vida privada nunca dice nada. Una vez al mes viene y trae algunas cosas: patatas, verduras, arroz, agua potable. Lo que pesa. Nunca acepta dinero. Dice que si pido por internet me mandarán todo malo. Y le doy la razón. Dentro de mí todo parece detenido—todo recogido en un nudo. Vivo y vivo. Trabajo mucho. No sueño con nada. No quiero nada para mí. A mi hija y nietos solo los veo en su Instagram. La vida de mi hijo la sigo por el Instagram de mi nuera. Me alegro de que estén bien. Que tengan salud. Que viajen a sitios bonitos y vayan a restaurantes caros. Tal vez no les di suficiente amor, por eso no tienen amor para mí. Mi hija a veces pregunta cómo estoy. Siempre respondo que bien. Nunca me quejo. Mi hijo a veces envía audios por WhatsApp: “Hola, mamá, espero que todo te vaya bien.” Un día mi hijo me dijo que no quería oír hablar de problemas familiares, que le afecta el negativismo. Así que dejé de contarle nada, solo le digo: “Sí, hijo, todo bien.” Me gustaría abrazar a los nietos, pero sospecho que ni saben que tienen una abuela viva—una jubilada limpiadora. Seguro que, según dice la leyenda, la abuela ya está en el otro mundo… Ni recuerdo cuándo me he comprado algo para mí, salvo a veces ropa interior y calcetines, lo más barato. No recuerdo haber ido a una peluquería de verdad a hacerme una manicura, pedicura… Una vez al mes me corto el pelo en el local de la esquina. Me tiño yo. Lo que me alegra es que sigo usando la misma talla que de joven: 46/48. El armario no hace falta renovarlo. Y me da miedo, mucho miedo, que algún día no pueda levantarme de la cama—los dolores de espalda no me dejan en paz. Temo quedarme sin poder moverme. Quizá no debí vivir así, sin descanso, sin pequeños placeres, siempre trabajando y siempre dejando todo “para luego”… ¿Y dónde está ese “luego”? Ya no existe… Mi alma está vacía… mi corazón, totalmente indiferente… Y alrededor, también vacío… No culpo a nadie. Pero tampoco puedo culparme a mí. Trabajé siempre y sigo trabajando. Me hago un pequeño colchón por si no puedo seguir. Pequeño, pero algo es. Aunque, para qué engañar, sé bien que si me quedo postrada, no querré vivir… No quiero ser un problema para nadie. ¿Sabéis lo más triste? Nunca en mi vida nadie me ha regalado flores… NUNCA… Sería de risa que alguien me trajera flores frescas… a la tumba. Para morirse de la risa, de verdad…