La que me he liado yo sola…
Papá, ¿y estas compras? ¿Has saqueado una tienda de antigüedades o qué? preguntó Cristina, levantando las cejas mientras observaba el tapete de ganchillo blanco sobre la cómoda. Nunca me imaginé que te gustaran las cosas antiguas… Tienes un gusto que parece el de la abuela Zoila…
¡Cristinita, hija! ¿Qué haces aquí sin avisar? Manuel, su padre, salió de la cocina con cara de pillado. Esto… Bueno, yo no te esperaba…
Manuel intentaba aparentar que todo iba bien, pero tenía una mirada de culpabilidad total.
Vaya que no, ya lo veo dijo Cristina, haciendo un mohín y avanzando hasta el salón, donde le esperaba la segunda parte del sorpresón Papá, ¿pero de dónde sale todo esto? ¿Qué ha pasado aquí?
Cristina no reconocía su propio piso.
Cuando la abuela Zoila se lo dejó, aquello era deprimente: muebles viejos, la tele rechoncha sobre una mesita desconchada, los radiadores medio oxidados, el papel de la pared despegándose… Pero era suyo, y a ella eso le bastaba.
Por suerte, Cristina tenía ahorrado algo. Lo dedicó a la reforma, y nada de chapuzas. Apostó por el estilo nórdico: colores claros, espacios abiertos, minimalismo. Ella misma buscó los detalles, las cortinas a juego, las alfombras peluditas…
Ahora, sus cortinas gruesas, que no dejaban entrar ni el sol, habían sido cambiadas por un tul de nylon tirando a cutre. El sofá italiano sepultado bajo una manta sintética estampada de tigre enseñando los dientes. En la mesa de centro, un jarrón de plástico rosa con flores artificiales a juego, igual de fosforitas.
Y eso era lo de menos. Lo peor eran los olores. Desde la cocina venía el chisporroteo del aceite y un tufo a pescado. Olía a tabaco. ¡Y eso que su padre no fumaba!
Mira, Cristina… dijo Manuel, por fin. Verás, esto… No estoy solo. Quería decírtelo antes, pero no me salió.
¿Cómo que no solo? Cristina se quedó como petrificada. ¡Papá, eso no se habló!
Cristi, tienes que entender que mi vida no se acabó con tu madre. Todavía soy joven, ni siquiera tengo la pensión. ¿No tengo derecho a rehacer mi vida?
Cristina se quedó bloqueada. Vale, sí, en teoría su padre puede estar con quien quiera. Pero, ¿en SU piso?
Los padres se habían separado el año anterior. Su madre encajó la infidelidad con filosofía; como quien se quita un peso, y se volcó en el yoga y los talleres de escritura. Tenía tantas amigas que no le sobraba tiempo para deprimirse.
Pero su padre… Manuel volvió a su piso de soltero y casi se desmaya. Diez años lo tuvo alquilado, y el último inquilino se quedó dormido con un cigarrillo encendido. No le quedaba dinero para arreglos, así que lo fue dejando… Ni lo vendió, ni lo habitó. El sitio daba miedo: paredes negras de humo, ventanas rotas, moho…
Ay, Cristina hija… No sé cómo voy a seguir así… suspiró entonces Manuel. Da miedo estar aquí. No llego a arreglarlo antes del invierno, no tengo ni para empezar. Si me congelo, pues será mi sino…
Cristina no aguantó. No podía dejar que el hombre que la crio siguiese viviendo así. ¿Y si le pasaba algo? Además, su piso estaba vacío desde que ella se mudó con su marido. Dadas las experiencias de su padre con los inquilinos, ni pensaba alquilarlo.
Papá, quédate en mi piso mientras arreglas el tuyo. Está todo perfecto y tienes todas las comodidades. Solo te pongo una condición: nada de invitados.
¿De verdad puedo? contestó Manuel, emocionado. Gracias, hija, me salvas la vida. Te prometo, todo muy tranquilo.
Tranquilo, sí…
Mientras Cristina repasaba mentalmente ese momento, la puerta del baño se abrió dejando salir una nube de vapor oloroso. De ahí salió una mujer de unos cincuenta años con el albornoz de felpa de Cristina. Su favorito. Apenas le tapaba las curvas a esa desconocida.
Ay, Manolito, ¿tenemos visita? preguntó la dama con voz rasgada de fumadora y una sonrisa paternalista. Podías haber avisado, que yo iba a salir en bata…
¿Y usted quién es? preguntó Cristina, entornando los ojos. ¿Y por qué lleva mi albornoz?
Soy Juana, la mujer que tu padre quiere. ¿Y tú qué nervios? Cogí la bata, que llevaba días ahí colgada sin usar.
A Cristina le latían las sienes de rabia.
Quíteselo. Ya soltó.
¡Cristina! rogó Manuel, poniéndose entre las dos. No armes lío. Juani solo…
Juani se ha puesto la ropa ajena en casa ajena. ¡Papá, cómo se te ocurre! ¡Has traído a tu amante y encima le dejas rebuscar entre mis cosas!
Juana puso los ojos en blanco y fue a estrellarse en el sofá, dejando caer su peso sobre la manta de tigre.
Menuda borde eres soltó. Si fuese Manuel, te daba dos azotes aunque ya estés mayorcita. ¿Cómo hablas así con tu padre? El hecho de que viva con otra mujer no te da derecho a meterte, niña.
Cristina se quedó sin palabras. Una desconocida, sentada en SU sofá, la ponía en su sitio como si nada.
No, no me metería… admitió Cristina. Si no fuera porque está pasando en MI casa.
¿En tu casa? Juana arqueó las cejas, mirando a Manuel.
Él seguía pegado a la pared, mirando asustado primero a su hija, luego a su novia. Con una cara esperando que la tormenta se dispersara sola, pero el cielo acababa de ponerse negro como el tizón.
¿No te lo había dicho mi papá? Cristina sonrió helada. Pues te lo digo yo: aquí él es invitado. El piso es mío y hasta la vajilla la he puesto yo. Le invité para que arreglara el suyo, no para que montase aquí la casa de Gran Hermano…
Juana se puso roja como un tomate.
¿Manuel? preguntó ella, con voz glacial. ¿Qué me vienes contando? ¿No dijiste que era tu piso? ¿Me has engañado?
Manuel pegó la espalda a la pared intentando desaparecer.
A ver… Juani, fue un malentendido. Es que no quise agobiarte con los detalles…
¡No quisiste agobiarme! Fantástico. Y ahora aquí la niña me echa sermones…
Cristina ya no podía más.
Fuera dijo en voz baja.
¿Cómo? Juana se quedó parada.
Que os vayáis. Los dos. Tenéis una hora. Si después seguís aquí, hablo con la policía o el abogado. Así no se puede…
Cristina marchó hacia la puerta, pero Manuel de repente se despegó de la pared y fue tras ella.
¡Hija! ¿Me vas a echar a la calle? ¿Sabes lo que tengo en el otro piso? ¡Ahí me muero!
Se agarró al brazo de Cristina, y a ella casi se le escapa la lágrima. Pensó en su infancia, en la obligación que sentía, en el padre medio anciano… Le tembló el labio.
Pero entonces miró a Juana.
Ahí estaba, con el albornoz ajeno, mirándola con un odio visceral. Si no decía nada ahora, mañana esa mujer cambiaría la cerradura y empapelaría las paredes con papel de flamencos.
Papá, eres mayor ya. Búscate un piso, cortó Cristina, soltándose. Tú mismo te lo has buscado. Lo único que pedí fue que vivieras solo; en vez de eso, has metido a una desconocida, le has dejado mis cosas y has convertido mi casa en un zoco.
¡Pues quédatelo! gritó Juana. Vámonos, Manolo. No te arrastres. Vaya ingrata…
En media hora hicieron las maletas. Manuel se fue cabizbajo, como un abuelo castigado bajo la lluvia. La mirada triste de su padre se le quedó grabada a fuego a Cristina. Pero ella aguantó, estoica.
Cuando se fueron, abrió de par en par las ventanas, dejó escapar el olor de pescado, tabaco y colonia barata. Recogió el albornoz, la manta y todo lo que Juana había dejado y lo tiró directo al contenedor. Al día siguiente, llamó a una empresa de limpieza y al cerrajero. Le daba asco tocar cualquier cosa que esa mujer hubiese rozado.
Pasaron cuatro días.
El piso volvió a ser el refugio de Cristina: sin flores plásticas, sin olores extraños. Ella vivía ya con su marido, pero saber que aquel espacio volvía a ser suyo le hizo respirar.
Con Manuel no habló más. Al cuarto día, fue él quien la llamó.
Cris… dijo con voz de vino barato. ¿Te has quedado contenta? ¿Feliz? Juana se ha ido. Me ha dejado tirado…
Qué sorpresa contestó Cristina, sin poder evitar un sarcasmo. Déjame adivinar, se largó cuando vio tu piso de verdad y el panorama.
Manuel resopló por la nariz.
Sí… He puesto un calefactor. Duermo en un colchón hinchable. Aguantó tres días… Luego dijo que soy un muerto de hambre y un mentiroso. Cogió sus cosas y se fue con su hermana. Dice que he sido una pérdida de tiempo… Y eso que la quería, Cristina.
¿Amor? A ver. Tú querías comodidad, ella también. Solo que los dos os equivocasteis.
Se hizo un silencio. Manuel todavía tenía algo que decir.
Estoy solo, hija. Aquí asusta… ¿Puedo volver contigo? Te lo juro, solo, sin nadie. Por favor.
Cristina bajó la cabeza. Su padre, solo, en ese desastre. Pero él mismo se lo había montado: primero engañó a su mujer, luego a la hija y después la tanga a Juana.
Sí, sentía pena. Pero esa pena ya no quería que la asfixiara.
No, papá. Esta vez no. Busca trabajadores, haz la reforma. Aprende a vivir con lo que has creado tú. Te ayudo con un contacto de unos obreros serios, nada más. Lo siento. Si necesitas ayuda, avísame.
Y colgó.
¿Fue cruel? Quizá. Pero Cristina no quería más manchas en su albornoz, ni en su alma. Hay cosas que no se limpian, solo se evita que entren en tu vida.






