Esposa se afana trabajando en el extranjero, y él se ha hecho una joven amante

Me llamo Elena Martínez y vivo en Valladolid, donde Castilla y León lleva todavía las marcas de viejas guerras y las ribereñas calmas del Duero. Con Óscar nos conocemos desde siempre. Siempre ha sido el fiestero, amante de la diversión, de las mujeres y de la vida sin complicaciones. Pero el destino le juega una mala pasada y ahora se hunde en el agujero que él mismo cavó.

Su esposa, Sara, lleva dos años trabajando en Alemania. Le dejó dos hijos ya mayores y autónomos y se marchó a ganarse el pan. Sólo vuelve una vez al año, en verano, por una o dos semanas, porque su permiso de trabajo no le permite más tiempo. Cada mes ingresa puntualmente en la cuenta conjunta, de donde Óscar saca lo que necesita. Hace poco nos cruzamos en la calle y me invita a tomar un café. Entre sorbo y sorbo me cuenta su historia, amarga como tabaco barato y tan disparatada que aún no entiendo cómo llegó a este punto.

Cuando Sara se fue, Óscar pasó un año solo, rellenando los vacíos con breves aventuras con antiguas amigas, pero después decide que ya basta. Le falta calor, pasión, alguien que le acompañe en la cama. «¡Solo se vive una vez!», se dice. Entonces pone los ojos en una joven de veintidós años, Cayetana, que siempre le había llamado la atención. Al principio ella finge ser inaccesible, pero al final cede y se convierte en su amante. Hermosa como sacada de una postal, pero con un carácter de escándalo: caprichos, berrinches y exigencias sin fin. Óscar, blando y complaciente, hace lo que ella quiere.

Él sabe bien que de esas amantes no se espera nada bueno, sobre todo si eres blando y haces cualquier cosa por una sonrisa. Cayetana le ha vaciado el bolsillo. Primero gastó el dinero en ropa y fiestas, después en la reforma de su casa de campo, en el bautizo de su hijo y en un televisor nuevo. Llegó al punto de comprarle un coche de segunda mano. Cuando sus ahorros se acabaron, se metió en la cuenta de Sara y sacó miles de euros pensando que nadie se daría cuenta. Pero lo oculto siempre sale a la luz. Sara se entera de la infidelidad – unos «buenos corazones» lo denuncian incluso desde el extranjero – y le monta una bronca por videollamada que hace temblar los cristales. Le amenaza con contarles a las hijas, que lo idolatraban y lo veían como un héroe, pero que lo abandonarían para siempre si no la deja. Le dice que volverá a Alemania y pedirá el divorcio si no abandona a esa chica.

Cayetana se aferra a él como una garrapata. No piensa perder a su generoso “papá”. Primero finge estar embarazada, jurando que va a dar a luz para despertar la compasión. Óscar, aterrado, la lleva a la costa para convencerla de abortar. Ella accede pero le factura diez mil euros, una cantidad que él no tiene. Tiene que pedir un préstamo y se ahoga en deudas. Cuando por fin cree haber superado la pesadilla, Cayetana le mete en un lío con su jefe. El jefe, bajo su influencia, lo humilla en la oficina y le amenaza con despedirlo. Si pierde el trabajo, ¿cómo pagará la deuda? Óscar está al borde: su empleo pende de un hilo, el dinero se evapora y la culpa lo corroe como un perro hambriento.

Me confiesa que piensa huir a Alemania con Sara, lanzarse a sus pies y suplicar perdón, tal vez así salvar lo que queda de su vida. Al final suelta una amarga sonrisa: «Sabía que el queso barato nunca es gratis, pero el mío resultó demasiado salado». Se marcha cabizbajo y yo me quedo mirando la taza vacía. Óscar se ha cavado su propio infierno por una pasión barata, por una chica que le ha exprimido todo: el dinero, el orgullo, la familia. Sara trabaja en tierras lejanas para que sus hijos vivan decentemente, y él la cambió por una pulga caprichosa. Cuando las hijas descubran la verdad lo condenarán, y con razón.

Veo cómo se hunde, pero no puedo evitar preguntarme qué vendrá después. Cayetana lo exprimirá hasta la última gota y lo abandonará como una cáscara vacía. El jefe lo echará y él quedará sin nada: sin familia, sin casa, con una deuda que le estrangulará hasta el último día. Creyó que la juventud se compra, que el amor es un juguete envuelto en papel bonito. Ahora paga con amargura, soledad y las manos vacías. Sara quizá lo reciba de nuevo, pero ¿lo perdonará? Yo no lo haría. No solo traicionó a su esposa, sino a sus hijos y a los nietos que podrían haberle alegrado la vejez. En su lugar quedó una joven zorra que se ríe a sus espaldas. Ese era el fiestero; ahora es solo la sombra de lo que fue, y esa lección no la olvidará jamás.

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Esposa se afana trabajando en el extranjero, y él se ha hecho una joven amante
Tengo 66 años y, desde principios de enero, vivo con una chica de 15 años que no es mi hija. Es la hija de una vecina que falleció poco antes de Nochevieja. Antes, ambas vivían solas en un pequeño piso de alquiler, a tres casas de la mía: espacio reducido, una cama para dos, cocina improvisada, una mesa pequeña que servía para comer, estudiar y trabajar. Nunca tuvieron lujos ni comodidades, solo lo esencial. La madre llevaba años enferma, aunque seguía trabajando cada día. Yo vendía productos por catálogo y repartía pedidos a domicilio. Cuando no bastaba, montaba un puesto junto al portal y vendía empanadas, meriendas y zumos. La chica, después del colegio, le ayudaba: cocinaba, atendía, recogía. Las he visto muchas noches cerrar tarde, agotadas, contando monedas por si alcanzaba para el día siguiente. Era una mujer muy orgullosa y trabajadora, que jamás pedía ayuda. Yo, cuando podía, les compraba comida o les llevaba algún plato preparado, siempre con cuidado y discreción para no incomodarla. Nunca vi invitados en ese hogar, ni familia que viniera de visita. La madre no hablaba de hermanos, primos ni padres. La chica creció solo con ella, aprendiendo desde pequeña a ayudar, a no pedir, a arreglárselas con lo que había. Hoy, al mirar atrás, pienso que debí insistir más en ayudar, pero respetaba la distancia que ella marcaba. La marcha de la madre fue repentina. Un día estaba trabajando y pocos días después ya no estaba. No hubo despedidas largas ni familiares que aparecieran. La chica se quedó sola en el piso, con el alquiler, las facturas y el colegio a punto de empezar. Recuerdo su rostro en esos días: caminaba sin saber qué hacer, temía quedarse en la calle, no sabía si alguien vendría a buscarla o la enviarían a algún sitio desconocido. Entonces decidí acogerla en mi casa. Sin reuniones ni grandes palabras. Simplemente le dije que podía quedarse conmigo. Recogió sus pocas cosas en bolsas y vino. Cerramos el piso, avisamos al propietario, que entendió la situación. Ahora vive conmigo. No está aquí como una carga ni como alguien a quien hay que ayudar en todo. Nos repartimos las tareas: yo cocino y organizo la comida; ella ayuda con la limpieza —lava los platos, hace su cama, barre y ordena las zonas comunes. Cada una sabe lo que le corresponde. No hay gritos ni órdenes, todo se habla. Yo me hago cargo de sus gastos: ropa, cuadernos, material escolar, meriendas. El colegio está a dos calles de casa. Desde que llegó, mis cuentas son más ajustadas. Pero no me pesa. Prefiero así, a saber que está sola, sin apoyo, y que vive la misma incertidumbre que tuvo junto a su madre enferma. Ella no tiene a nadie más. Y yo tampoco tengo hijos que vivan conmigo. Para mí, cualquiera haría lo mismo. ¿Qué pensáis vosotros de mi historia?