— Hijo, ¿ya le has “alegrado” el día a Anabel? ¿Le has contado que has pedido el divorcio? — siseó la suegra Tania se quedó inmóvil junto a la ventana, con el móvil en la mano. La pantalla se había apagado, pero ella seguía mirando el cristal negro como si allí pudieran aparecer respuestas. Fuera, copos de nieve grandes y perezosos cubrían la cornisa como un edredón blanco. Treinta y uno de diciembre. Son las cinco y media de la tarde. Faltan seis horas para Nochevieja, y ella siente que el mundo se ha puesto patas arriba. — Hijo, ¿ya has “alegrado” a Anabel? ¿Le has dicho que has pedido el divorcio? — la voz de su suegra siseó en el auricular con tal veneno que Tania apartó el teléfono de la oreja sin querer. Después, silencio. Una pausa breve durante la que Tania sintió cómo por dentro todo se apretaba en un nudo imposible de desatar. Y luego, el clic de la llamada finalizada. La suegra colgó. Sin más. Soltó aquella frase al aire y desapareció, dejando a Tania sola en el salón, sujetando un teléfono muerto. ¿Divorcio? ¿Qué divorcio? Tania se volvió hacia el espejo del recibidor. El reflejo le devolvió la imagen de una mujer de treinta y ocho años, con un jersey de lana y el pelo atado en una coleta descuidada. Rasgos corrientes. Ni guapa ni fea. Cansada. Con arruguitas en los ojos que no sabía cuándo habían aparecido. Así era Tania, esposa de Arturo, madre de dos hijos. Y, al parecer, pronto exmujer. Caminó lentamente hasta la cocina. La ensaladilla rusa reposaba bajo film transparente, el arenque bajo abrigo esperaba en la nevera, el pato llevaba otra hora en el horno. Todo como siempre: víspera de Nochevieja, trajín habitual, rutinas familiares… Sólo que ahora, la noticia ya no era de rutina. Divorcio. Tania se sentó, mirando el desfile de platos. Las manos buscaron la tabla de cortar y el cuchillo que esperaba junto a los pepinillos a medio preparar. Siguió cortando, por inercia, sin pensar. Pepinillo tras pepinillo, en rodajas uniformes. Arturo ha pedido el divorcio. ¿Cuándo? ¿Por qué ella era la última en saberlo? Si ayer eligieron juntos los adornos del árbol en Carrefour. Si él bromeó cuando la pequeña, Olga, suplicaba por un Papá Noel inflable. Parecía… normal. Algo cansado del trabajo, pero normal. Como siempre. El móvil vibró. Era su hijo mayor, Borja. Dieciséis años, siempre con cascos, siempre con sus amigos. «Mamá, me quedo a dormir en casa de Íñigo. ¿Vale?» Vale. Todo vale. Treinta y uno de diciembre, y su hijo ni pensaba celebrar en casa. Antes… antes siempre estaban juntos. Antes, ella horneaba tarta de repollo, Arturo descorchaba el champán a las doce, y los niños chillaban de felicidad. ¿Cuándo se acabó todo aquello? Tania respondió: «Está bien», y no añadió nada más. Dudó. ¿Escribir a Arturo? ¿Llamar? ¿Preguntar de frente: «¿Es verdad? ¿Has pedido el divorcio y yo soy la última en enterarme?»? Pero dejó el móvil y volvió a los pepinillos. Chirrío la puerta del pasillo. Era Olga, volviendo de casa de una amiga. Nueve años, en abrigo rosa, despeinada y colorada por el frío. — Mamá, ¿vamos a tirar confeti? ¡En casa de Julia tienen bengalas y petardos! Tania la miró: mejillas redondas, trenzas rubias, ojos ilusionados… Olga aún no sabe. No entiende lo que está pasando. Para ella, sigue siendo una fiesta: regalos, mandarinas, las Campanadas en la tele. — Claro que habrá, — contestó Tania, — por supuesto que sí. Olga se fue cantando a su cuarto. La infancia es así. Sin preocupaciones. Tania se preguntó con amargura cuánto tardaría en entenderlo. En descubrir que papá se va. Que la familia se rompe. Que las fiestas ya nunca serán igual. El horno avisó que el pato estaba listo. Tania sacó la bandeja. Todo perfecto: dorado, humeante. Sólo que la mesa estará vacía. Arturo no había vuelto aún. Él solía llegar antes la víspera de fiesta, ayudar a poner copas, poner música… Hoy, ni llamada ni mensaje. Como si no existiera. Tania marcó su número. Tono largo. Luego, contestador. No dejó mensaje, colgó y llamó otra vez: de nuevo, buzón. Bueno. Si así tiene que ser… Se quitó el delantal, fue al dormitorio. Sacó del armario el vestido negro —el que compró para el cumpleaños de una amiga y no se puso más—. Se cambió, soltó el pelo, se pintó los labios. Se miró al espejo. Ya no era la gallina doméstica y agotada. Ahora era una mujer. Aunque con cansancio en la mirada. — Olga, salgo un momento, — gritó al pasillo. — ¿Te quedas viendo los dibujos? Vuelvo enseguida. — Vale, — sonó desde el cuarto. Tania se puso el abrigo, cogió el bolso y salió a la escalera. El frío la golpeó en la cara. Pidió un taxi desde el portal —por suerte, llegó enseguida. — ¿Dirección? — preguntó el taxista, un señor mayor con bigote canoso. — A la calle Mayor, número diecisiete. Dirección de su suegra. Tamara Pérez. Justo la que acababa de dar la «gran noticia». El trayecto duró veinte minutos. Madrid engalanado: luces en los árboles, comercios iluminados, gente con bolsas llenando el aire de ambiente festivo. Todos preparándose para la Nochevieja. Tania iba a resolver qué demonios estaba ocurriendo. El edificio de la suegra era un bloque antiguo. Tania subió al cuarto, se detuvo ante la puerta conocida. Llamó al timbre. Pasos, y luego, el cerrojo. Tamara Pérez abrió y se quedó de piedra al verla. En su rostro: sorpresa, luego un asomo de malévola satisfacción. — Ah, eres tú, — dijo sin apartarse del umbral. — ¿Qué quieres? — Llamó usted, — contestó Tania, serena. — Quiero hablar. Tamara bufó: — No hay nada de qué hablar. Ya es tarde para eso. — Déjeme pasar. La suegra dudó, cedió de mala gana. Tania entró en la casa. Olía a cebolla frita y a perfume barato. En el salón estaba Arturo, su marido. Levantó la vista y en su mirada había desconcierto, no esperaba verla. — Tania… — empezó él. — No hace falta, — cortó ella. — Solo dímelo. ¿Es verdad? ¿Has pedido el divorcio? Silencio. Arturo apartó la mirada. Tamara se colocó a su lado, en gesto de protección. — Es cierto, — reconoció Arturo al fin. — No sabía cómo decírtelo. — ¿Y por eso has dejado que te cubra tu madre? — la voz de Tania era baja, pero afilada. — El treinta y uno de diciembre. Horas antes de Año Nuevo. — No quería arruinarte la fiesta, — murmuró él. — ¿No querías arruinármela? Tania rió, extrañamente, sin rabia ni alegría. Sólo un sonido que salió solo. — Arturo, ¿estás en tus cabales? Tenemos dos hijos. Una casa. Teníamos… una vida. — Eso no era vida, — se entrometió Tamara. — Lleváis años siendo dos extraños. Veo cómo sufre mi hijo. — ¿Su hijo? — Tania se giró hacia la suegra. — Tiene treinta y nueve años. ¿No cree que ya es hora de que camine solo? — Te has vuelto una descarada, — masculló Tamara. — Siempre lo fuiste, sólo que antes lo ocultabas. Ahora… — ¿Ahora qué? — Tania avanzó.— ¿Ahora tu hijito decide que necesita otra vida? ¿O lo has decidido tú por él? Arturo se levantó del sofá: — Basta. No eches la culpa a mi madre. Es mi decisión. — ¿Tuya? — Tania lo miró como si nunca lo hubiera visto. — ¿Y cuándo la tomaste? ¿Ayer, comprando mandarinas? ¿Mientras horneaba el pato? ¿O cuando arropaste a Olga y le leíste un cuento? — Llevo tiempo pensándolo. — Tiempo… Tania sintió cómo dentro surgía algo. No cólera, ni tampoco despecho. Cansancio, mezclado con amarga claridad. Miraba a Arturo, sus hombros caídos, su evasiva, y comprendía: todo había terminado. Quizá hacía mucho. Pero no quería verlo. — Bien, — dijo. — Si así lo quieres. Solo dime una cosa. ¿Hay otra? Él guardó silencio. Fue suficiente. — Entiendo, — asintió Tania. — Feliz Año Nuevo, entonces. Se giró y salió. No le temblaban las manos. Caminaba decidida. Sólo en el pecho la opresión era intensa, pero podría soportarlo. No lo mostraría. No aquella noche. — ¡Tania, espera! — llamó Arturo, pero ella ya había cerrado la puerta tras de sí. El ascensor ocupado. Bajó andando, peldaño a peldaño, aferrada a la barandilla. Fuera, respiró el aire helado. Seguía nevando. Madrid brillaba. Ya algunos lanzaban petardos impacientes, incapaces de esperar la medianoche. Tania pidió un taxi y, mientras esperaba, escribió a Borja: «En casa de Íñigo estarás fenomenal, quédate». Luego, a Olga: «Mamá vuelve pronto, tesoro». El taxi no tardó. El conductor, esta vez un joven tatuado, la miró por el retrovisor: — ¿A casa? — Sí. A casa. Durante el trayecto miró por la ventanilla. Calles conocidas, cruces habituales, edificios familiares. ¿Cuántas veces habría hecho aquel camino? Siempre supo que la esperaban en casa. Marido, hijos, hogar. Ahora, sólo los hijos y un montón de incertidumbres. ¿Cómo se lo diría a Olga? ¿Cómo se lo explicaría a Borja? ¿Cuándo dejó de ser mujer y se convirtió en… qué? ¿Ama de casa, sombra de sí misma? El taxi paró. Subió al séptimo. Abrió la puerta de su piso. — ¡Mamá, has vuelto! — gritó Olga. — ¡Mira, he encendido la guirnalda! Una pequeña artificial de Navidad destellaba en el salón. Guirnaldas, espumillón, los cojines que Tania bordó de recién casada. — Muy bonito, — dijo, sentándose junto a su hija. — Precioso. Olga se acurrucó contra ella, oliendo a champú infantil. — Mamá, ¿vendrá papá? — No lo sé, cielo. No lo sé. Tania la abrazó y cerró los ojos. Decenas de pensamientos: llamar mañana a su amiga, revisar papeles, averiguar cómo seguir adelante. Pero ahora, sólo quedarse sentada, abrazando a su hija y fingiendo que todo estaba bien. No podía hacer otra cosa. Las ocho de la tarde. Quedaban cuatro horas para Año Nuevo. Y Tania comprendió que quizá, ese era su verdadero inicio. No mañana, ni el uno de enero. En ese preciso instante, en el salón, abrazando a su hija y segura: saldría adelante. Tenía que hacerlo. El móvil vibró. En la pantalla: “Arturo”. Tania lo miró, luego lo dejó boca abajo en la mesita. — Mamá, ¿vemos “La gran familia”? — preguntó Olga. — Por supuesto, — sonrió Tania. — Claro que sí. Entró en la cocina. Las ensaladas esperaban. El pato enfriaba, pero podía recalentarse. La fiesta iría adelante. Sin Arturo, con el peso en el pecho. Pero seguiría. Media hora después, sonó el timbre. Tres golpes cortos y secos. Tania estaba poniendo la mesa, Olga dormía medio tapada en el sofá. — Ya voy, — dijo Tania. Era Tamara Pérez. Portaba una bolsa, el rostro colorado por el frío y la furia. — ¿Dónde está Arturo? — soltó al entrar. — No lo sé — afirmó Tania. — Usted se lo llevó. — ¿Cómo que no lo sabes? — Tamara irrumpió, se quitó los zapatos. — Se marchó hace una hora, dijo que venía aquí. Teníais que hablarlo todo. — Aquí no está, — respondió Tania, firme. — ¡Mientes! — Tamara registraba salón y cocina. Tania la detuvo. — ¿Qué hace? ¡Es mi casa! — ¡Nuestra! — escupió la suegra. — La pusimos a nombre de Arturo, ¿lo olvidas? Yo di el dinero para la entrada. — Usted lo dio hace quince años y ya está pagado, — Tania sentía hervir la rabia dentro. — El piso está a nombre de los dos. Así que le pido que se marche. Tamara se volvió, ojos pequeños y coléricos. — ¡Le apartaste de mí! Siempre supe que eras una aprovechada. Te hacías la mosquita muerta, pero eres… Seguro que tienes lío con otro. — ¿Perdón? — Tania no daba crédito. — ¡Eso! El vestido nuevo, pintalabios. ¿Crees que soy tonta? Arturo está harto de ti, busca una mujer de verdad. — ¿A qué mujer te refieres? — la voz de Tania se quebró. — ¿De verdad hay otra? Tamara sonrió: — Claro. Anabel. Buena chica, decente. Trabaja con él en la oficina, diez años más joven, y guapa. Y tú… — la miró de arriba abajo, con desprecio, — ¿tú quién eres? Una mujer agotada por los partos. ¿Le extraña que la prefiera? A Tania le faltaba el aire. No por la ofensa, sino por tal cantidad de odio concentrada. — Márchese, — le pidió. — Ahora mismo. — ¡No me voy! — Tamara tiró la bolsa, rodaron naranjas por la alfombra. — ¡Vengo a por sus cosas! Aquí no pinta nada. — Mamá, ¿qué pasa? — Olga salió boquiabierta, medio dormida. Tania reaccionó al instante: — Nada, cielo. La abuela se va ya. Vuelve a tu cuarto. — ¡No se va! — chilló Tamara. — Olga, ven conmigo. Tengo tarta, regalos. Aquí tu madre… — ¡Cállese! — gritó Tania, incluso ella se sobresaltó por su tono. — ¡No meta a la niña! ¿Se ha vuelto loca? La suegra reculó, pero enseguida cargó de nuevo: — ¡Tú no sabes a quién te enfrentas! ¿Crees que el divorcio será fácil? ¡No vas a quedarte con nada! Tania avanzó. Los puños apretados, tan cerca del impulso de golpear como nunca. Pero no lo hizo. Se plantó ante Tamara, consciente de que dentro todo cambiaba. Lo viejo se rompía, lo nuevo emergía. Firme. Inquebrantable. — Siempre ha hecho mi vida imposible, — dijo en voz baja, clara. — Nunca fui bastante para usted. Yo callaba, pensaba que había que aguantar, por Arturo. ¿Y sabe qué? Se acabó. No pienso escucharla nunca más. — Pero si… — Mamá, vete. Arturo estaba en la puerta, el abrigo abierto, el pelo mojado de nieve. Miraba a su madre como si no la reconociera. — ¡Arturito! — Tamara se lanzó a él. — Menos mal que llegas… — Vete, mamá, — repitió. — Ahora mismo. — ¿Qué…? — He dicho que te vayas. Es asunto mío y de Tania. — Pero… — ¡Mamá! Tamara los miró, cogió su bolso, se puso el abrigo sobre la bata y salió, dando un portazo. Silencio extraño en la casa. Olga estaba en la puerta, apretando su peluche. Arturo colgó el abrigo. — Tenemos que hablar, Tania. — ¿Ahora? — ella miró el reloj. — Veinte minutos para medianoche. — Ahora. Indicó a Olga que se fuera al cuarto con los dibujos. Arturo se sentó en la cocina. Tania permaneció de pie. — ¿Anabel, entonces? ¿Diez años más joven? Arturo frunció el ceño: — No tenía que… — Pero lo ha dicho. ¿Es cierto? Asintió. — ¿Desde cuándo? — Seis meses. Seis meses. Tania calculó: desde el verano. Cuando viajaron todos juntos. Cuando ella pensaba «qué familia tan buena tenemos». — ¿La quieres? — preguntó. — No lo sé. Con ella es fácil. Se ríe, no me recrimina nada… — Ella no es tu mujer ni madre de tus hijos, — interrumpió Tania. — No tiene hipoteca, ni reuniones de colegio, ni padres enfermos. Sólo te tiene a ti, atento y divertido. Claro que le resulta fácil. Silencio. — Estoy cansada, — dijo Tania. — Muy cansada, Arturo. Pero no merecía esto. Nadie merece enterarse de un divorcio por la suegra la noche de Fin de Año. Él la miró. — Perdón. Es que… no sabía cómo. Fuera, estallaron los primeros fuegos artificiales. Había empezado el nuevo año. Tania fue a la ventana. Multitud de luces estallaban en el cielo. Gente gritaba «¡Feliz Año!», brindaba, se abrazaba. Y allí, en aquel séptimo piso, terminaba una vida y comenzaba otra. — ¿Sabes lo peor? — dijo sin girarse. — No que me cambiases por otra. Sino que tuviste miedo. Pediste el divorcio y dejaste que tu madre me lo dijera. Arturo se levantó: — Tania… — No. Basta. Vete con Anabel. O con tu madre. Me da igual. Pero mañana quiero que hayas recogido todas tus cosas. La observó un largo rato, luego asintió y salió. Tania escuchó murmullos con Olga, y luego la puerta. Se sirvió champán de la botella preparada. Alzó la copa ante la ventana, los fuegos aún iluminaban la ciudad. — Feliz año nuevo, Tania. Feliz vida nueva. Bebió de un trago, sintiendo el licor frío arderle la garganta. Aún quedaba tanto por hacer: hablar con los niños, reparto de bienes, abogados, noches de insomnio… Pero en ese instante sólo sentía alivio. Todo, por fin, dicho. Por fin, sin máscaras. Olga volvió: — Mamá, ¿pedimos un deseo? Tania la abrazó, la apretó fuerte: — Claro, cariño. Pídelo. Mientras la niña susurraba, Tania miró la urbe iluminada y pensó: pase lo que pase, podré con ello. Seguro que sí.

Hijo, ¿ya has “alegrado” a Lucía? ¿Le has dicho que has pedido el divorcio? siseó la voz de la suegra.

Marta se quedó parada junto a la ventana, con el móvil en la mano, los ojos pegados al cristal apagado como esperando que de ahí saliera alguna respuesta. Fuera, los copos de nieve caían lentos y grandes, cubriendo el alféizar de un manto blanco. Treinta y uno de diciembre. Las seis menos cuarto de la tarde. Apenas quedan seis horas para el Año Nuevo y, aun así, siente que el mundo ha cambiado de sitio.

Hijo, ¿ya has “alegrado” a Lucía? ¿Le has contado que has echado los papeles del divorcio? repitió la voz de su suegra en el teléfono, tan venenosa, que Marta se apartó el aparato del oído por instinto.

Silencio. Un par de segundos donde sintió cómo todo dentro de ella se encogía, como un nudo apretado en el pecho. Y después, clic, la llamada cortada. La suegra había colgado. Así, sin más. Dejó esas palabras flotando y desapareció, y Marta se quedó allí, en mitad del salón, con el teléfono muerto en la mano.

¿Divorcio? ¿Qué divorcio?

Marta se giró hacia el espejo del recibidor. Su reflejo mostraba a una mujer de treinta y ocho años, con un jersey de lana y el pelo recogido en una coleta apresurada. Nada especial en su cara, ni guapa ni fea, normal, con las ya inevitables arrugas alrededor de los ojos. Así era ella: Marta Rubio Moreno, esposa de Álvaro, madre de dos hijos. Y, por lo que parece, pronto exesposa.

Pasó a la cocina lentamente. La ensaladilla rusa estaba tapada con film en la encimera, el bacalao al pil-pil esperando su momento en el frigorífico, y el cordero aún debía estar una hora más en el horno. Todo como siempre. El típico jaleo del día antes de Año Nuevo. Sólo que ahora, con una noticia absolutamente fuera de lo común.

Divorcio.

Marta se sentó a la mesa, observando los platos y cuencos. Las manos empezaron solas a cortar pepino para la ensalada. Cuchillo, rodaja, otra rodaja más: los círculos cayendo ordenados sobre la tabla. Sin pensar.

¿Álvaro ha pedido el divorcio?

¿Y cuándo? ¿Por qué ella no lo sabía? Si hasta ayer estaban eligiendo adornos navideños en El Corte Inglés. Sonreía cuando Elena, la pequeña, pedía un Papá Noel gigante y pegadizo. Estaba igual que siempre. Cansado, sí, pero igual.

El móvil vibró en la mesa: el mayor, Sergio, dieciséis años, siempre con auriculares, siempre con sus colegas.

Mamá, me quedo a dormir en casa de Javier. ¿Vale?

Todo bien. Vale, respondió Marta sin añadir nada. Ni regañina ni reproches. Treinta y uno de diciembre y su hijo ni se molesta en pasar el Año Nuevo en casa. Antes, siempre celebraban juntos, ella preparaba empanada, Álvaro descorchaba sidra a medianoche y los niños chillaban de alegría. ¿Cuándo dejó de ser así?

Pensó en escribirle a Álvaro. Llamarle. Preguntarle de frente: ¿Es cierto? ¿De verdad has pedido el divorcio y me entero la última?. Pero dejó el teléfono sobre la encimera y volvió al pepino.

La puerta chirrió en el pasillo. No se girósabía que era Elena, volviendo de casa de una amiga. La niña de nueve años entró corriendo aún con el abrigo rosa, mejillas sonrojadas.

¿Mamá, vamos a tirar confeti? ¡En casa de Paula tenían cañones de colores y bengalas!

Marta miró a su hija. Sus mejillas, las trenzas claras, los ojillos brillando de emoción. Elena no sabía nada. Para ella, todo seguía igual: fiesta, regalos, mandarinas, la tele con sus dibujos de fin de año.

Claro, cariño, claro que habrá confeti y bengalas.

Elena asintió, satisfecha, y se fue corriendo a su habitación, canturreando una canción. La infancia, pensó Marta con una punzada. Pronto demasiado pronto su hija también tendrá que saber que papá se va. Que la familia ya nunca será la misma.

El horno avisó: el cordero estaba listo. Marta lo sacó, dejando sobre la mesa la fuente dorada, el aroma perfecto, todo en orden. Pero la mesa que había preparado quedaría vacía. Álvaro aún no había vuelto de la oficina. Él solía llegar pronto en estos días, servir las copas, poner música. Hoy, ni una llamada, ni un whatsapp. Como si no existiera.

Marcó el número de Álvaro. Tonos largos, después el buzón. No dejó mensaje, colgó y volvió a llamar. De nuevo el buzón.

Bueno, que sea lo que tenga que ser.

Se quitó el delantal, fue al dormitorio, y sacó del armario el vestido negro que compró para el cumpleaños de una amiga y que no se había vuelto a poner. Se arregló, soltó la coleta y se pintó rápido los labios. Frente al espejo ya no era la ama de casa desgastadaera una mujer, aunque el cansancio brillara en los ojos.

Elena, voy a salir un momento; quédate viendo dibujos, cariño. Vuelvo enseguida.

Vale respondió la niña desde el cuarto.

Marta cogió el abrigo y el bolso y bajó a la calle. El frío le cortó la cara. Pidió un taxi desde el portal, que en tres minutos estaba esperándola.

¿A dónde la llevo? preguntó el chófer, un señor mayor de bigote blanco.

A la calle Goya, número diecisiete.

La dirección de la suegra. Manuela Herrero. Justo la que acababa de darle la noticia del siglo.

Veinte minutos de trayecto. La ciudad parecía de fiestalucecitas en los árboles, escaparates llenos de guirnaldas, gente apurada con bolsas, todos preparando el Año Nuevo. Y ella, en el taxi, camino de aclarar qué está ocurriendo.

El portal era un bloque antiguo, la pintura descascarillada. Subió al cuarto piso. Llamó al timbre. Ruidos, pasos y, al abrir, Manuela Herrero la miró sorprendida; luego, una mueca maliciosa.

Anda, eres tú. ¿Qué quieres?

Ha sido usted la que ha llamado. Quiero hablar.

La suegra bufó:

No tenemos nada de qué hablar. Ya es tarde.

Déjeme pasar, por favor.

Manuela dudó, pero se hizo a un lado. Marta entró. La casa olía a cebolla frita y perfume barato. En el salón, en el sofá, estaba Álvaro. Al verle, Marta leyó sorpresa en sus ojosno la esperaba allí.

Marta… empezó él.

No me des explicaciones le cortó ella. Dime sólo: ¿es cierto? ¿Has pedido el divorcio?

Silencio. Álvaro bajó los ojos. Manuela fue y se paró junto a su hijo, como un escudo.

Sí, admitió él al fin . No sabía cómo decírtelo.

¿Así que preferiste que tu madre lo hiciera por ti? la voz de Marta era suave, pero tan afilada como una navaja. Treinta y uno de diciembre. Unas horas antes del Año Nuevo.

No quería arruinar la fiesta musitó.

¿Y no la has arruinado ya?

Marta soltó una carcajada seca. No era de risa, ni de furia, sólo un sonido. Algo salió solo.

Álvaro, ¿te das cuenta? Tenemos dos hijos, tenemos una casa. Teníamos una vida.

Esto no era vida intervino Manuela. Os habíais vuelto dos extraños. Yo lo veía, mi hijo lo pasa fatal.

¿Su hijo? Marta se volvió hacia ella. Casi cuarenta años tiene ya, ¿no cree que puede apañárselas solo?

Qué atrevida masculló la suegra. Siempre has sido igual, sólo que antes lo tapabas mejor.

¿Y ahora qué? ¿Su niño quiere otra vida? ¿O es usted la que lo ha decidido por él?

Álvaro se levantó:

Basta ya, no la culpes a ella. Es decisión mía.

¿Tú solo? Marta le miró como si le viera de verdad por primera vez. ¿Cuándo la tomaste? ¿Al ir a comprar las clementinas ayer? ¿O mientras yo asaba el cordero? ¿O cuando tapaste a Elena y le contaste un cuento?

Llevo tiempo pensándolo.

Tiempo…

Marta notaba una ola creciendo en su interior. No enfado, ni siquiera dolor. Algo distinto: un cansancio denso, mezclado con la amarga evidencia de que todo está roto. Hace rato. Ella sólo no quería verlo.

Muy bien. Pero dime una cosa, ¿hay alguien más?

Álvaro calló. El silencio valía más que una confesión.

Ya lo entiendo dijo Marta. Pues nada. Feliz año.

Se volvió y salió. No le temblaban las piernas. Sólo sentía un nudo en el pecho, pero eso podía soportarlo.

¡Marta, espera! llamó Álvaro, pero ella ya había cruzado el umbral.

El ascensor ocupado, así que bajó a pie, apoyándose en la barandilla. El frío volvió a golpearle fuera. Del fondo de la ciudad subían explosiones de petardos, la gente impaciente celebrando antes de tiempo.

Pidió otro taxi. Mientras esperaba, escribió a Sergio: En casa de Javier estarás a gusto, quédate allí. Y a Elena: Mamá ya llega, cariño.

El taxi llegó pronto. Conductor joven, con tatuaje. La miró por el retrovisor:

¿A casa?

A casa.

Miró por la ventanilla, repasando calles conocidas, cruzando semáforos, edificios silenciosos. Cuántas veces había hecho ese recorrido. Siempre sabiendo que en casa la esperaban. Ahora, sólo los niños. Y mil incertidumbres nuevas.

¿Cómo se lo explicaría a Elena? ¿Y a Sergio? ¿En qué momento dejó de ser esposa para ser sólo… qué? ¿Madre? ¿Fantasma en la propia vida?

Pagó (quince euros), subió al séptimo. Abrió.

¡Mamá, has vuelto! Elena corrió a abrazarla. Mira la guirnalda, la puse yo.

Efectivamente, allí estaba el arbolito, las luces parpadeando en esa atmósfera de fiesta deformada. En el sofá, los cojines bordados por Marta años atrás, cuando todo empezaba.

Precioso susurró, sentándose con su hija. Muy bonito.

Elena la rodeó con los brazos, oliendo a champú infantil.

Mamá, ¿va a venir papá?

No lo sé, reina. No lo sé.

Marta cerró los ojos, con la cabeza colmada de pensamientos deshilachados: llamar mañana a Carmen, buscar abogado, organizar los papeles, rehacer la vida. Pero ahora mismo, sólo eso: sentarse con su hija en brazos y fingir que nada pasa.

Porque no queda otra.

El reloj marcaba las ocho. Quedaban cuatro horas para el año nuevo. Marta pensó, con un leve escalofrío, que esto quizás era su nuevo principio. No mañana, no el uno de enero. Ahora, sentada en el suelo, abrazando a su hija y prometiéndose que sería capaz. Que tenía que serlo.

Otra vez vibró el móvil. Álvaro. Marta lo miró y lo dejó del revés en la mesa.

Mamá, ¿vamos a ver La gran familia?

Por supuesto, cariño. Claro que sí.

Fue a la cocina. Allí seguían las ensaladas, listo el cordero. Había fiesta de todos modos, aunque diferente, aunque duela.

A las nueve y media llamaron al timbre. Tres veces, fuerte. Marta estaba poniendo la mesa y Elena ya dormitaba en el sofá.

Ya abro yo dijo Marta.

En la puerta, Manuela Herrero. Bolsa en la mano, la cara roja de frío y cabreo.

¿Dónde está Álvaro? espetó sin saludar.

No lo sé. Usted se lo ha llevado, ¿no?

¿Cómo que no lo sabes? Manuela se coló sin quitarse las botas. Se largó hace una hora diciendo que venía para hablar con vosotras.

Aquí no está. No miento.

¡Mentira! empezó a revisar la sala, la cocina, encaminándose al dormitorio. Marta la frenó en seco:

¿Pero qué hace? Esta es MI casa.

¡Nuestra casa! chilló la suegra. ¡La escrituras están a nombre de Álvaro! ¿Olvidas que yo puse el dinero para la entrada?

Ese dinero se devolvió hace quince años. Y la escritura es de los dos. Así que por favor, lárguese.

Se giró de golpe y la miró con rabia:

¡Le apartaste de mí! Siempre supe lo que eras: una víbora disfrazada de corderito. ¿Estás ya con otro?

¿Cómo dice?

Se te ve. Nuevo vestido, te pintas Álvaro está harto de verte la cara mustia. Necesita a una mujer de verdad.

¿Qué mujer? ¿Está con alguien?

La suegra sonrió con crueldad:

Con Lucía. Chica de su trabajo, diez años más joven que tú. Y guapa, no como túmira cómo te ha dejado la barriga tras los niños. ¿Crees que le gusta eso?

A Marta se le cortó el aire. No por el insulto; por tanto veneno acumulado en una sola frase.

Váyase dijo bajito, temblando. Ahora mismo.

¡No me da la gana! lanzó la bolsa, y las naranjas rodaron por el suelo. ¡Mi hijo no tiene nada que hacer aquí ya!

¿Qué pasa, mamá? Elena, medio dormida, asomó al salón, asustada.

Automáticamente, Marta la protegió:

Nada, cielo. La abuela ya se va. Vuelve a tu cuarto.

¡No se va a ir! bramó la suegra. Ven, Elena, vámonos con la abuela, tengo tarta y regalos. Aquí tu madre…

¡Cállese ya! gritó Marta, asustándose de sí misma. ¡No meta a mi hija en su lío! ¿No se da cuenta de lo que hace?

Manuela retrocedió, y luego atacó:

¿A ti te parece normal? ¿Crees que te vas a divorciar tan fácil? ¡Te vas a quedar sin nada, sin nada!

Marta apretó los puños, conteniendo el impulso de darle una bofetada. Sentía que algo, dentro de ella, estaba cambiando; se rompía lo viejo, surgía lo nuevo, duro, irreductible.

Me ha machacado toda la vida dijo despacio. Que si no cocino, no educo, no me visto bien. Yo callaba, por Álvaro, por la familia. Pero ¿sabe qué? Ya está. Se acabó escucharla.

¡Mira tú!

Mamá, vete.

En la puerta estaba Álvaro. Abrigo abierto, el pelo aún mojado. Miró a su madre como si fuera una extraña.

Álvarito ¡menos mal que viniste!

Mamá, vete ya. Ahora mismo.

La suegra se quedó helada.

¿Qué?

Te lo repito: fuera. Esto es entre Marta y yo.

Pero, hijo

¡Mamá!

Manuela miró a uno y otra y, sin entender, cogió bolsa y abrigo y salió de un portazo.

Silencio extraño en la casa. Elena apretaba un conejo de peluche. Álvaro colgó el abrigo.

Marta, tenemos que hablar.

¿Ahora? miró el reloj. Quedan veinte minutos para el año nuevo.

Ahora.

Elena, ve a ver los dibujos, bonita.

La niña obedeció. Álvaro se sentó en la cocina, ella permaneció firme en el umbral.

Así que Lucía ¿diez años más joven?

Álvaro hizo una mueca:

Mamá no debió decirlo

Pero lo ha hecho. ¿Es cierto?

Él asintió.

¿Desde cuándo?

Medio año.

Medio año. O sea, desde el verano. Y ella creyendo que esas vacaciones en la playa eran un nuevo comienzo, ellos juntos y sonrientes Qué ingenua.

¿La quieres? preguntó al fin.

No lo sé contestó tras un rato. Con ella todo es fácil. Se ríe, no me critica, no pelea por la basura Es fácil.

Porque ella no es tu mujer ni la madre de tus hijos, Marta terminó por él. No paga hipoteca, no cuida padres mayores, ni va a tutorías ni nada. Para ella todo eres tú, divertido y atento. Qué fácil así.

Álvaro callaba.

Estoy cansada dijo ella. Pero eso no te da derecho a esto. Nadie merece enterarse por la suegra de un divorcio en Nochevieja.

Él la miró:

Perdona. No supe cómo hacerlo.

Estalló el primer castillo de fuegos, a lo lejos. Ya era Año Nuevo.

Marta se asomó a la ventana, mirando los colores. La gente gritaba, descorchaban cava y se abrazaban ahí abajo. Y aquí, en este piso de Madrid, una vida se acababa y otra empezaba.

¿Sabes qué es lo peor? dijo sin mirarle. No es que te hayas enamorado de otra. Es que fuiste un cobarde. Has dejado que tu madre me lo diga.

Álvaro hizo ademán de acercarse:

Marta

No. Ya basta. Vete con Lucía o con tu madre, es igual. Pero antes del uno, quiero que te lleves tus cosas. Todas.

Él la miró, asintió y salió de la cocina. Se oyeron voces bajas con Elena, luego la puerta.

Se sirvió una copa de cava, la que tenía lista para la fiesta. Se asomó a la ventana, brindó consigo misma.

Feliz año, Marta. Feliz vida nueva.

Y lo bebió todo de un trago, quemando en el pecho. Por delante, mil cosas: papeles, abogados, charla con los niños, noches en vela, lágrimas. Pero ahora, en este momento, solo sentía alivio. Todo estaba dicho. Ya no había que fingir.

Elena salió del cuarto:

Mamá, pide un deseo conmigo.

Y Marta la abrazó fuerte.

Claro, cariño. Pídelo tú.

Y mientras la niña cerraba los ojos y murmuraba al aire, Marta contemplaba las luces de la ciudad, convencida de que, pasara lo que pasara después, saldrían adelante. Lo harían, seguro que sí.

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— Hijo, ¿ya le has “alegrado” el día a Anabel? ¿Le has contado que has pedido el divorcio? — siseó la suegra Tania se quedó inmóvil junto a la ventana, con el móvil en la mano. La pantalla se había apagado, pero ella seguía mirando el cristal negro como si allí pudieran aparecer respuestas. Fuera, copos de nieve grandes y perezosos cubrían la cornisa como un edredón blanco. Treinta y uno de diciembre. Son las cinco y media de la tarde. Faltan seis horas para Nochevieja, y ella siente que el mundo se ha puesto patas arriba. — Hijo, ¿ya has “alegrado” a Anabel? ¿Le has dicho que has pedido el divorcio? — la voz de su suegra siseó en el auricular con tal veneno que Tania apartó el teléfono de la oreja sin querer. Después, silencio. Una pausa breve durante la que Tania sintió cómo por dentro todo se apretaba en un nudo imposible de desatar. Y luego, el clic de la llamada finalizada. La suegra colgó. Sin más. Soltó aquella frase al aire y desapareció, dejando a Tania sola en el salón, sujetando un teléfono muerto. ¿Divorcio? ¿Qué divorcio? Tania se volvió hacia el espejo del recibidor. El reflejo le devolvió la imagen de una mujer de treinta y ocho años, con un jersey de lana y el pelo atado en una coleta descuidada. Rasgos corrientes. Ni guapa ni fea. Cansada. Con arruguitas en los ojos que no sabía cuándo habían aparecido. Así era Tania, esposa de Arturo, madre de dos hijos. Y, al parecer, pronto exmujer. Caminó lentamente hasta la cocina. La ensaladilla rusa reposaba bajo film transparente, el arenque bajo abrigo esperaba en la nevera, el pato llevaba otra hora en el horno. Todo como siempre: víspera de Nochevieja, trajín habitual, rutinas familiares… Sólo que ahora, la noticia ya no era de rutina. Divorcio. Tania se sentó, mirando el desfile de platos. Las manos buscaron la tabla de cortar y el cuchillo que esperaba junto a los pepinillos a medio preparar. Siguió cortando, por inercia, sin pensar. Pepinillo tras pepinillo, en rodajas uniformes. Arturo ha pedido el divorcio. ¿Cuándo? ¿Por qué ella era la última en saberlo? Si ayer eligieron juntos los adornos del árbol en Carrefour. Si él bromeó cuando la pequeña, Olga, suplicaba por un Papá Noel inflable. Parecía… normal. Algo cansado del trabajo, pero normal. Como siempre. El móvil vibró. Era su hijo mayor, Borja. Dieciséis años, siempre con cascos, siempre con sus amigos. «Mamá, me quedo a dormir en casa de Íñigo. ¿Vale?» Vale. Todo vale. Treinta y uno de diciembre, y su hijo ni pensaba celebrar en casa. Antes… antes siempre estaban juntos. Antes, ella horneaba tarta de repollo, Arturo descorchaba el champán a las doce, y los niños chillaban de felicidad. ¿Cuándo se acabó todo aquello? Tania respondió: «Está bien», y no añadió nada más. Dudó. ¿Escribir a Arturo? ¿Llamar? ¿Preguntar de frente: «¿Es verdad? ¿Has pedido el divorcio y yo soy la última en enterarme?»? Pero dejó el móvil y volvió a los pepinillos. Chirrío la puerta del pasillo. Era Olga, volviendo de casa de una amiga. Nueve años, en abrigo rosa, despeinada y colorada por el frío. — Mamá, ¿vamos a tirar confeti? ¡En casa de Julia tienen bengalas y petardos! Tania la miró: mejillas redondas, trenzas rubias, ojos ilusionados… Olga aún no sabe. No entiende lo que está pasando. Para ella, sigue siendo una fiesta: regalos, mandarinas, las Campanadas en la tele. — Claro que habrá, — contestó Tania, — por supuesto que sí. Olga se fue cantando a su cuarto. La infancia es así. Sin preocupaciones. Tania se preguntó con amargura cuánto tardaría en entenderlo. En descubrir que papá se va. Que la familia se rompe. Que las fiestas ya nunca serán igual. El horno avisó que el pato estaba listo. Tania sacó la bandeja. Todo perfecto: dorado, humeante. Sólo que la mesa estará vacía. Arturo no había vuelto aún. Él solía llegar antes la víspera de fiesta, ayudar a poner copas, poner música… Hoy, ni llamada ni mensaje. Como si no existiera. Tania marcó su número. Tono largo. Luego, contestador. No dejó mensaje, colgó y llamó otra vez: de nuevo, buzón. Bueno. Si así tiene que ser… Se quitó el delantal, fue al dormitorio. Sacó del armario el vestido negro —el que compró para el cumpleaños de una amiga y no se puso más—. Se cambió, soltó el pelo, se pintó los labios. Se miró al espejo. Ya no era la gallina doméstica y agotada. Ahora era una mujer. Aunque con cansancio en la mirada. — Olga, salgo un momento, — gritó al pasillo. — ¿Te quedas viendo los dibujos? Vuelvo enseguida. — Vale, — sonó desde el cuarto. Tania se puso el abrigo, cogió el bolso y salió a la escalera. El frío la golpeó en la cara. Pidió un taxi desde el portal —por suerte, llegó enseguida. — ¿Dirección? — preguntó el taxista, un señor mayor con bigote canoso. — A la calle Mayor, número diecisiete. Dirección de su suegra. Tamara Pérez. Justo la que acababa de dar la «gran noticia». El trayecto duró veinte minutos. Madrid engalanado: luces en los árboles, comercios iluminados, gente con bolsas llenando el aire de ambiente festivo. Todos preparándose para la Nochevieja. Tania iba a resolver qué demonios estaba ocurriendo. El edificio de la suegra era un bloque antiguo. Tania subió al cuarto, se detuvo ante la puerta conocida. Llamó al timbre. Pasos, y luego, el cerrojo. Tamara Pérez abrió y se quedó de piedra al verla. En su rostro: sorpresa, luego un asomo de malévola satisfacción. — Ah, eres tú, — dijo sin apartarse del umbral. — ¿Qué quieres? — Llamó usted, — contestó Tania, serena. — Quiero hablar. Tamara bufó: — No hay nada de qué hablar. Ya es tarde para eso. — Déjeme pasar. La suegra dudó, cedió de mala gana. Tania entró en la casa. Olía a cebolla frita y a perfume barato. En el salón estaba Arturo, su marido. Levantó la vista y en su mirada había desconcierto, no esperaba verla. — Tania… — empezó él. — No hace falta, — cortó ella. — Solo dímelo. ¿Es verdad? ¿Has pedido el divorcio? Silencio. Arturo apartó la mirada. Tamara se colocó a su lado, en gesto de protección. — Es cierto, — reconoció Arturo al fin. — No sabía cómo decírtelo. — ¿Y por eso has dejado que te cubra tu madre? — la voz de Tania era baja, pero afilada. — El treinta y uno de diciembre. Horas antes de Año Nuevo. — No quería arruinarte la fiesta, — murmuró él. — ¿No querías arruinármela? Tania rió, extrañamente, sin rabia ni alegría. Sólo un sonido que salió solo. — Arturo, ¿estás en tus cabales? Tenemos dos hijos. Una casa. Teníamos… una vida. — Eso no era vida, — se entrometió Tamara. — Lleváis años siendo dos extraños. Veo cómo sufre mi hijo. — ¿Su hijo? — Tania se giró hacia la suegra. — Tiene treinta y nueve años. ¿No cree que ya es hora de que camine solo? — Te has vuelto una descarada, — masculló Tamara. — Siempre lo fuiste, sólo que antes lo ocultabas. Ahora… — ¿Ahora qué? — Tania avanzó.— ¿Ahora tu hijito decide que necesita otra vida? ¿O lo has decidido tú por él? Arturo se levantó del sofá: — Basta. No eches la culpa a mi madre. Es mi decisión. — ¿Tuya? — Tania lo miró como si nunca lo hubiera visto. — ¿Y cuándo la tomaste? ¿Ayer, comprando mandarinas? ¿Mientras horneaba el pato? ¿O cuando arropaste a Olga y le leíste un cuento? — Llevo tiempo pensándolo. — Tiempo… Tania sintió cómo dentro surgía algo. No cólera, ni tampoco despecho. Cansancio, mezclado con amarga claridad. Miraba a Arturo, sus hombros caídos, su evasiva, y comprendía: todo había terminado. Quizá hacía mucho. Pero no quería verlo. — Bien, — dijo. — Si así lo quieres. Solo dime una cosa. ¿Hay otra? Él guardó silencio. Fue suficiente. — Entiendo, — asintió Tania. — Feliz Año Nuevo, entonces. Se giró y salió. No le temblaban las manos. Caminaba decidida. Sólo en el pecho la opresión era intensa, pero podría soportarlo. No lo mostraría. No aquella noche. — ¡Tania, espera! — llamó Arturo, pero ella ya había cerrado la puerta tras de sí. El ascensor ocupado. Bajó andando, peldaño a peldaño, aferrada a la barandilla. Fuera, respiró el aire helado. Seguía nevando. Madrid brillaba. Ya algunos lanzaban petardos impacientes, incapaces de esperar la medianoche. Tania pidió un taxi y, mientras esperaba, escribió a Borja: «En casa de Íñigo estarás fenomenal, quédate». Luego, a Olga: «Mamá vuelve pronto, tesoro». El taxi no tardó. El conductor, esta vez un joven tatuado, la miró por el retrovisor: — ¿A casa? — Sí. A casa. Durante el trayecto miró por la ventanilla. Calles conocidas, cruces habituales, edificios familiares. ¿Cuántas veces habría hecho aquel camino? Siempre supo que la esperaban en casa. Marido, hijos, hogar. Ahora, sólo los hijos y un montón de incertidumbres. ¿Cómo se lo diría a Olga? ¿Cómo se lo explicaría a Borja? ¿Cuándo dejó de ser mujer y se convirtió en… qué? ¿Ama de casa, sombra de sí misma? El taxi paró. Subió al séptimo. Abrió la puerta de su piso. — ¡Mamá, has vuelto! — gritó Olga. — ¡Mira, he encendido la guirnalda! Una pequeña artificial de Navidad destellaba en el salón. Guirnaldas, espumillón, los cojines que Tania bordó de recién casada. — Muy bonito, — dijo, sentándose junto a su hija. — Precioso. Olga se acurrucó contra ella, oliendo a champú infantil. — Mamá, ¿vendrá papá? — No lo sé, cielo. No lo sé. Tania la abrazó y cerró los ojos. Decenas de pensamientos: llamar mañana a su amiga, revisar papeles, averiguar cómo seguir adelante. Pero ahora, sólo quedarse sentada, abrazando a su hija y fingiendo que todo estaba bien. No podía hacer otra cosa. Las ocho de la tarde. Quedaban cuatro horas para Año Nuevo. Y Tania comprendió que quizá, ese era su verdadero inicio. No mañana, ni el uno de enero. En ese preciso instante, en el salón, abrazando a su hija y segura: saldría adelante. Tenía que hacerlo. El móvil vibró. En la pantalla: “Arturo”. Tania lo miró, luego lo dejó boca abajo en la mesita. — Mamá, ¿vemos “La gran familia”? — preguntó Olga. — Por supuesto, — sonrió Tania. — Claro que sí. Entró en la cocina. Las ensaladas esperaban. El pato enfriaba, pero podía recalentarse. La fiesta iría adelante. Sin Arturo, con el peso en el pecho. Pero seguiría. Media hora después, sonó el timbre. Tres golpes cortos y secos. Tania estaba poniendo la mesa, Olga dormía medio tapada en el sofá. — Ya voy, — dijo Tania. Era Tamara Pérez. Portaba una bolsa, el rostro colorado por el frío y la furia. — ¿Dónde está Arturo? — soltó al entrar. — No lo sé — afirmó Tania. — Usted se lo llevó. — ¿Cómo que no lo sabes? — Tamara irrumpió, se quitó los zapatos. — Se marchó hace una hora, dijo que venía aquí. Teníais que hablarlo todo. — Aquí no está, — respondió Tania, firme. — ¡Mientes! — Tamara registraba salón y cocina. Tania la detuvo. — ¿Qué hace? ¡Es mi casa! — ¡Nuestra! — escupió la suegra. — La pusimos a nombre de Arturo, ¿lo olvidas? Yo di el dinero para la entrada. — Usted lo dio hace quince años y ya está pagado, — Tania sentía hervir la rabia dentro. — El piso está a nombre de los dos. Así que le pido que se marche. Tamara se volvió, ojos pequeños y coléricos. — ¡Le apartaste de mí! Siempre supe que eras una aprovechada. Te hacías la mosquita muerta, pero eres… Seguro que tienes lío con otro. — ¿Perdón? — Tania no daba crédito. — ¡Eso! El vestido nuevo, pintalabios. ¿Crees que soy tonta? Arturo está harto de ti, busca una mujer de verdad. — ¿A qué mujer te refieres? — la voz de Tania se quebró. — ¿De verdad hay otra? Tamara sonrió: — Claro. Anabel. Buena chica, decente. Trabaja con él en la oficina, diez años más joven, y guapa. Y tú… — la miró de arriba abajo, con desprecio, — ¿tú quién eres? Una mujer agotada por los partos. ¿Le extraña que la prefiera? A Tania le faltaba el aire. No por la ofensa, sino por tal cantidad de odio concentrada. — Márchese, — le pidió. — Ahora mismo. — ¡No me voy! — Tamara tiró la bolsa, rodaron naranjas por la alfombra. — ¡Vengo a por sus cosas! Aquí no pinta nada. — Mamá, ¿qué pasa? — Olga salió boquiabierta, medio dormida. Tania reaccionó al instante: — Nada, cielo. La abuela se va ya. Vuelve a tu cuarto. — ¡No se va! — chilló Tamara. — Olga, ven conmigo. Tengo tarta, regalos. Aquí tu madre… — ¡Cállese! — gritó Tania, incluso ella se sobresaltó por su tono. — ¡No meta a la niña! ¿Se ha vuelto loca? La suegra reculó, pero enseguida cargó de nuevo: — ¡Tú no sabes a quién te enfrentas! ¿Crees que el divorcio será fácil? ¡No vas a quedarte con nada! Tania avanzó. Los puños apretados, tan cerca del impulso de golpear como nunca. Pero no lo hizo. Se plantó ante Tamara, consciente de que dentro todo cambiaba. Lo viejo se rompía, lo nuevo emergía. Firme. Inquebrantable. — Siempre ha hecho mi vida imposible, — dijo en voz baja, clara. — Nunca fui bastante para usted. Yo callaba, pensaba que había que aguantar, por Arturo. ¿Y sabe qué? Se acabó. No pienso escucharla nunca más. — Pero si… — Mamá, vete. Arturo estaba en la puerta, el abrigo abierto, el pelo mojado de nieve. Miraba a su madre como si no la reconociera. — ¡Arturito! — Tamara se lanzó a él. — Menos mal que llegas… — Vete, mamá, — repitió. — Ahora mismo. — ¿Qué…? — He dicho que te vayas. Es asunto mío y de Tania. — Pero… — ¡Mamá! Tamara los miró, cogió su bolso, se puso el abrigo sobre la bata y salió, dando un portazo. Silencio extraño en la casa. Olga estaba en la puerta, apretando su peluche. Arturo colgó el abrigo. — Tenemos que hablar, Tania. — ¿Ahora? — ella miró el reloj. — Veinte minutos para medianoche. — Ahora. Indicó a Olga que se fuera al cuarto con los dibujos. Arturo se sentó en la cocina. Tania permaneció de pie. — ¿Anabel, entonces? ¿Diez años más joven? Arturo frunció el ceño: — No tenía que… — Pero lo ha dicho. ¿Es cierto? Asintió. — ¿Desde cuándo? — Seis meses. Seis meses. Tania calculó: desde el verano. Cuando viajaron todos juntos. Cuando ella pensaba «qué familia tan buena tenemos». — ¿La quieres? — preguntó. — No lo sé. Con ella es fácil. Se ríe, no me recrimina nada… — Ella no es tu mujer ni madre de tus hijos, — interrumpió Tania. — No tiene hipoteca, ni reuniones de colegio, ni padres enfermos. Sólo te tiene a ti, atento y divertido. Claro que le resulta fácil. Silencio. — Estoy cansada, — dijo Tania. — Muy cansada, Arturo. Pero no merecía esto. Nadie merece enterarse de un divorcio por la suegra la noche de Fin de Año. Él la miró. — Perdón. Es que… no sabía cómo. Fuera, estallaron los primeros fuegos artificiales. Había empezado el nuevo año. Tania fue a la ventana. Multitud de luces estallaban en el cielo. Gente gritaba «¡Feliz Año!», brindaba, se abrazaba. Y allí, en aquel séptimo piso, terminaba una vida y comenzaba otra. — ¿Sabes lo peor? — dijo sin girarse. — No que me cambiases por otra. Sino que tuviste miedo. Pediste el divorcio y dejaste que tu madre me lo dijera. Arturo se levantó: — Tania… — No. Basta. Vete con Anabel. O con tu madre. Me da igual. Pero mañana quiero que hayas recogido todas tus cosas. La observó un largo rato, luego asintió y salió. Tania escuchó murmullos con Olga, y luego la puerta. Se sirvió champán de la botella preparada. Alzó la copa ante la ventana, los fuegos aún iluminaban la ciudad. — Feliz año nuevo, Tania. Feliz vida nueva. Bebió de un trago, sintiendo el licor frío arderle la garganta. Aún quedaba tanto por hacer: hablar con los niños, reparto de bienes, abogados, noches de insomnio… Pero en ese instante sólo sentía alivio. Todo, por fin, dicho. Por fin, sin máscaras. Olga volvió: — Mamá, ¿pedimos un deseo? Tania la abrazó, la apretó fuerte: — Claro, cariño. Pídelo. Mientras la niña susurraba, Tania miró la urbe iluminada y pensó: pase lo que pase, podré con ello. Seguro que sí.
¿Nos hemos cruzado en algún lugar?