Querido hijo, ves que me estoy haciendo mayor… ¡Te ruego, sé paciente!

Querido hijo Juan,

Veo que los años me van dejando canas y que el tiempo se escapa como el río Tajo. Te pido, con la voz cansada pero firme, que tengas paciencia conmigo.

Intenta comprenderme cuando llegue el momento en que necesite tu ayuda; habrá más ocasiones de las que imaginas.

No te irrites si empiezo a contar la misma historia una y otra vez, como cuando en tu infancia repetía el abecedario hasta que memorizaste cada letra. Recuerda cuántas veces te expliqué lo mismo antes de que lo entendieras. Jamás me cansé, porque eras mi hijo, mi sangre.

Ahora, simplemente escúchame, aunque sientas que ya lo has oído todo.

No te enfades si avanzo más despacio, si ya no puedo alcanzarte como antes, si mis piernas no obedecen. Rememora cuando te sujeté de la manita y te enseñé a dar tus primeros pasos, apoyándote para que no cayeras. Piensa en aquellas tardes en que corrías por el patio de la casa de la calle Gran Vía y yo, riendo, te alcanzaba justo a tiempo para evitar que te golpearas.

Ha llegado mi hora de no ser tan veloz ni tan fuerte, pero en el fondo sigo siendo el mismo: tu padre.

No me juzgues si ya no mantengo la casa tan impecable como en los años de la mudanza a nuestro piso de Madrid. Si olvido dónde he dejado las llaves o si me cuesta gestionar los asuntos cotidianos, recuerda cuántas noches pasé en vela cuidándote cuando estabas enfermo. Te llevé en brazos con fiebre alta, busqué al mejor pediatra del barrio y esperé que te recuperaras pronto.

Me cansé, pero nunca me quejé, porque eras mi hijo.

Ten paciencia si no me pongo al día con la tecnología; si el móvil con pantalla táctil o el ordenador me resultan un enigma, si repito la misma pregunta varias veces. Dame tiempo, explícamelo de nuevo sin perder la calma. Evoca cómo te enseñé a atarte los cordones, a sostener la cuchara y a comprender cómo funciona el mundo, siempre despacio, con cariño.

No me reproches que siga preocupándome por ti, aunque ya seas un hombre hecho y derecho. Sigo esperando tus llamadas, pensando en ti, rezando para que todo te vaya bien. Si insisto en preguntarte qué has comido, cómo ha sido tu día o si has descansado, no lo desestimes; simplemente entiende que siempre serás mi niño.

Algún día comprenderás lo que se siente esperar a que tu propio hijo regrese tarde, oír los pasos detrás de la puerta y sentir alivio al verlo entrar sano y salvo.

Sé que llegará el día en que mi cuerpo sea demasiado frágil para cuidarme como antes. No sé si seré olvidadizo, débil o caprichoso, pero te ruego que no te desvíes de mi lado cuando eso ocurra.

Recuerda cómo cambiaba tus pañales cuando eras recién nacido, cómo te mecía cuando llorabas y cómo te protegía cuando el miedo te atenazaba.

Si empiezo a actuar de forma distinta, si mis costumbres cambian o mis palabras se enredan, no te enfades, no te entristezcas y no pierdas la paciencia; simplemente permanece a mi lado.

Cuando llegue mi momento de partir, no te lamentes. Solo ten presente que he sido feliz porque tuve a mi hijo, mi orgullo, mi amor.

Que en tu memoria queden los mejores días que compartimos, que me recuerdes fuerte, cariñoso y entregado.

Te agradezco cada instante que hemos vivido juntos.

Mientras podamos mirarnos a los ojos, quiero que sepas que te quiero, hijo mío, siempre.

Con amor,
Papá

Lección personal: la paciencia y el respeto mutuo son los lazos que nos sostienen cuando el tiempo nos adelgaza, y son el legado más valioso que podemos dejar a quienes amamos.

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Querido hijo, ves que me estoy haciendo mayor… ¡Te ruego, sé paciente!
Mi marido mantiene una correspondencia muy animada con una antigua compañera.