Un joven ordenanza fue enviado a interpretar el papel del nieto de una abuela moribunda; allí vio una foto de su madre entre sus imágenes.

Oye, tío, te tengo que contar lo que me ha pasado últimamente, y lo hago como si te estuviera hablando al oído, con la voz de siempre, sin formalidades.

Resulta que soy Diego, un joven auxiliar de enfermería que lleva ya dos años dándole vueltas al pasillo del Hospital Regional de Madrid. Desde pequeño soñaba con ser médico, pero la vida me ha tirado más piedras que un camino de montaña. Primero perdí a mi padre, Alejandro, de forma inesperada; se me vino el suelo debajo de los pies. Después mi madre, Carmen, se enfermó de nervios y de tanto curro con dos empleos. Entre tanto, suspendí los exámenes de ingreso a la carrera y acabé trabajando como ordenante, esperando que algún día me ponga el bata blanca.

El día empezó como cualquier otro: limpiar, trasladar pacientes, correr de un lado a otro. Después de comer, el jefe del servicio de terapia, el doctor Andrés Pérez, me llamó a su despacho.

—Diego, tenemos un asunto delicado —me dijo, sin rodeos, mirándome con esa seriedad que solo tienen los médicos.

—Hay una paciente, la señora Luisa Fernández, muy enferma. Tiene un nieto llamado Diego, su nieto de verdad, pero hace años que no la ve. Ella quiere, al menos una vez, sentir su presencia antes de irse. Pensamos que podrías hacernos de su nieto… ¿te animas a ayudarla?

Yo me quedé helado. ¿Una mentira? ¿Un disfraz completo?

—Andrés, no sé… no me suena bien —balbuceé.

—A veces una mentira puede ser un acto de bondad —repuso suavemente. —Piensa en ella, será su último consuelo, y tú sólo estarás ayudando a que se vaya en paz.

Me debatí, la conciencia me decía que no debía, pero la imagen de una anciana solitaria esperando a su nieto no me dejaba en paz. Al final asentí. Las enfermeras empezaron a recoger datos sobre el verdadero Diego: sus aficiones de infancia, dónde estudiaba, sus frases favoritas. Así empezó el extraño teatro con única audiencia: Luisa.

Esa tarde, cansado después de hablar con el doctor, fui a la tienda a comprar pan y leche para mi madre. En el camino me crucé con Aroa, la chica del edificio de al lado que siempre me ha gustado. Con su sonrisa que ilumina cualquier día gris, me saludó:

—¡Diego! ¿Dónde te habías escondido?

Charlaron fácil, de cosas triviales, de la película que estaban proyectando en los cines. Yo, sin pensarlo mucho, le propuse ir juntos y ella aceptó al instante:

—¡Sábado, perfecto!

Me quedé sonriendo mientras volvía a casa. La idea de la cita con Aroa hacía que todo el día brillara más. Tal vez, pensé, estaba empezando un nuevo capítulo, tal vez por fin encontraría la felicidad. Ese pensamiento me dio esperanza.

Al día siguiente, terminada la jornada y con el uniforme cambiado, entré en la habitación de Luisa. El corazón me latía como un tambor. Temía que descubrieran mi farsa al instante, pero ella, pequeña y frágil, pero con ojos chispeantes, me miró largamente y sonrió débilmente:

—¡Dimitri… has venido, cariño!

Sentí que una carga se aligeraba; ella creía en mí. Me senté a su lado y la conversación fluyó natural, como si fuera el nieto de verdad. Luisa habló de la vida, del pasado, de la muerte, sin miedo.

Fui cada día, le llevé agua, acomodé su almohada, me quedé a su lado. Una vez me preguntó si tenía novia. Pensé en Aroa y me sonrojé. Luisa, comprensiva, me dijo:

—Cuéntame después cómo te fue en la cita. Tengo curiosidad por el amor también.

El sábado, después de la película, paseamos por el Retiro y Aroa se puso seria:

—Diego, eres un buen chico, pero somos diferentes. Yo quiero viajar, hacer carrera… y tú… eres auxiliar. Es importante, claro, pero no es lo mío.

No terminó la frase, pero entendí todo. Mi sueldo de 1.200 €, mis problemas, mi futuro incierto… todo eso era un muro entre nosotros.

Volví a casa y mi madre me preguntó cómo había ido. Yo solo dije:

—Nada salió.

Carmen suspiró. Nunca le gustó que me metiera en el “papel de nieto”. Me dijo:

—Entiendo que quieras ayudar, pero no te cargues con los sueños de los demás. No tomes más de lo que puedes soportar.

Me quedé callado, con el pecho vacío. Aroa me había recordado lo lejos que estaba de mis metas, y las palabras de mi madre sólo aumentaron la culpa por Luisa.

Al día siguiente, volví a ver a la anciana y, pese a intentar sonreír, Luisa notó mi tristeza al instante.

—¿Qué pasa, nieto? ¿Te ha dolido la chica?

Le conté todo: mis sueños, mi error, lo lejos que estaba de mi propia ilusión. Luisa escuchó, asintió y dijo:

—El amor, Dimitri, no es perseguir lo que brilla, sino lo que calienta.

Sacó un viejo álbum de fotos de su mesita y me lo entregó:

—Llévatelo. Estas son fotos de mi hijo Alejandro… tu padre. Guarda los recuerdos, ya no los necesito.

Su voz tembló y comprendí que ese era nuestro adiós, no solo con ella, sino con parte de mis ilusiones.

Esa noche, hojeé el álbum. Un joven de sonrisa abierta aparecía en fotos amarillentas: Alejandro, que sólo conocía de historias. De repente, una foto grupal de la universidad llamó mi atención. Entre los compañeros estaba una mujer joven y radiante… era mi madre.

Me quedé paralizado. No podía ser coincidencia. Alejandro y Carmen se conocían. ¿Por qué nunca me lo había dicho?

Mil preguntas daban vueltas en mi cabeza. Tenía que averiguarlo ya. Salí corriendo del hospital, pasé por la sala de médicos y escuché una conversación a puerta entreabierta:

—…subiremos la dosis poco a poco, nadie sospechará. Culparemos el empeoramiento… ella tiene una buena herencia y el nieto oficial ya está nervioso, esperando que se “calme”.

Una voz dura, a través del altavoz, añadió:

—Actúa rápido, Pérez. Estoy harto de los retrasos. El tiempo de la anciana ya se acabó.

Mi corazón se detuvo. ¡Una conspiración! Querían acelerar la muerte de Luisa para heredar. No había tiempo para temer, tenía que actuar.

Corrí a casa, entré como un torbellino y le mostré la foto a mi madre:

—¡Mamá, quién es este! ¿Quién era realmente Alejandro?

Carmen se puso pálida al ver la foto y, como una represa que se rompe, empezó a contar:

Alejandro fue su primer y único amor. Iban a casarse, pero Luisa se opuso rotund

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

3 × 2 =

Un joven ordenanza fue enviado a interpretar el papel del nieto de una abuela moribunda; allí vio una foto de su madre entre sus imágenes.
La vecina malvada