LOS NEGATIVOS ANCESTRALES
Todos guardamos secretos que atesoramos como reliquias. Los encerramos tras una llave que ocultamos a los ojos de los más cercanos, deseando que esa llave se pierda en la inmensidad del olvido. ¿Será eso posible?
A las siete de la tarde, como siempre, Carmen despide a su marido, Jesús, en la puerta. Loñece su rostro, lo abraza y le deposita un beso profundo. Le desea una guardia nocturna tranquila, sin emergencias ni casos graves. Ese adiós es una costumbre arraigada: llevan veintinueve años de matrimonio, casi desde la infancia, y han criado a tres hijos maravillosos, los gemelos Antonio y Manuel y a su hija, la preciosa Almudena. Ya adultos, viven por su cuenta, forman sus propias familias y visitan a sus padres con frecuencia.
Jesús y Carmen se estrechan las manos, se besan, se abrazan sin pudor, permanecen junto al umbral, anticipando el paso del otro por la escalera, su ritmo, su respiración. Carmen se queda unos minutos en el vestíbulo; la puerta del portal se cierra con un chirrido tras Jesús. La única compañía que le queda es su gato Félix, que ronronea en el suelo.
Quienes han disfrutado de un matrimonio duradero saben que de vez en cuando es necesario alejarse, respirar solos, ordenar los sueños y los anhelos como quien dispone las cartas del tarot de la A al 6. El solitario juego de la paciencia no tolera el desorden ni las decisiones precipitadas; recargar las pilas por separado es vital para cada cónyuge.
– He alimentado al gato, lavado los platos, preparado el guiso, horneado la tarta de cerezas se dice Carmen mientras toma su móvil y abre la pantalla de Facebook.
– Sé que no debería buscar viejos amigos en internet. En la vorágine del día a día, quien no está a tu lado, simplemente no está, y eso es la verdad. No conducirá a nada bueno, reflexiona, pero hoy le antoja buscar ese nombre cubierto de polvo por los siglos. ¡Solo con mirarlo una vez, todo volverá!
Félix se revuelca, ofreciendo su lomo, su vientre y su cabeza para acariciar. Dependiendo de Carmen, él siempre acata sus órdenes. Tras una cena abundante y un día agotador, el gato se queda dormido, enroscado bajo el brazo de Carmen. Su horario es irregular; unas horas de sueño profundo le bastan para retomar la energía y volver a arrastrar su pequeña correa.
– Si no puedo, pero lo deseo con todas mis fuerzas, lo intentaré decide Carmen, y, con el corazón tembloroso, marca el nombre que hace años se perdió entre los recuerdos.
El internet, esa maravilla, basta con un clic para atraparte en su red. De pronto, la pantalla se llena de cientos de perfiles con el nombre y el apellido buscados. Carmen abre cada uno, escudriñando las fotos de perfil.
– Después de tantos años, Santiago podría haber cambiado mucho, pero no tanto como para que sea irreconocible se tranquiliza.
– ¿Y si en vez de foto muestra su coche, una mascota o cualquier cosa? ¿Cómo sabré que es él? se pregunta, intentando calmar su ansiedad.
Quince minutos después, el cansancio la gana y está a punto de cerrar la aplicación cuando un blanco y negro aparece fugazmente. Carmen lo mira rápido, lo desliza, pero algo la obliga a volver a observarlo con detenimiento.
– No puede ser exclama en voz alta.
Deja el móvil sobre el sofá y corre al dormitorio. Allí, en la buhardilla, guarda sus secretos, cuidadosamente protegidos de miradas indiscretas.
¿Acaso tú también conservas, año tras año, flores marchitas regaló un enamorado, el frasco vacío de perfume que ya no huele, los boletos amarillentos del cine, los vales de autobús o de tranvía? Tal vez una caja de lápiz labial rota, una horquilla quebrada, una brocheta opaca o un pañuelo bordado con arabescos. Al leer estas líneas, tal vez sonríes o secas una lágrima. Son objetos que, a primera vista, parecen inútiles, pero no los tiramos porque guardan recuerdos: la gente que marcó nuestro camino, los momentos dolorosos que aún revivimos.
En el rincón más alejado de la estantería, Carmen descubre una caja de cartón decorada con una ilustración de un jarrón de cristal y un ramo de rosas rojas. Dentro, un puñado de recuerdos de la infancia: malvaviscos rosados, caramelos agridulces y sorbete de rayas que sus padres ofrecían en las fiestas. Aquellas delicias, hechas a mano, se convirtieron ahora en un cofre de secretos, fragmentos rotos de sus sueños.
Abre la caja y encuentra una pila de cartas amarillentas atadas de cinta azul, una rosa seca y mucho más que le es querido. Al desatar la cinta, las cartas se esparcen; una se desliza al suelo, liberando fotos en blanco y negro.
– No me equivoco, esa es la misma foto que vi en Facebook recuerda Carmen, evocando los tiempos en que ella y Santiago imprimían sus fotos en el baño, las lavaban en una cubeta con revelador y las colgaban en la ventana para que el sol las secara.
Los veteranos saben que existieron cámaras como la “Foton”, la “Kiev” y la “Zenit”. Los procesos de revelado eran casi mágicos: si el papel se dejaba demasiado tiempo, la imagen se volvía oscura; si se sacaba antes, quedaba pálida.
Carmen contempla las imágenes: una muestra a los dos alimentando cisnes blancos en un estanque, otra los abraza en un banco del Parque del Retiro. No habría lugar para esas fotos en el álbum familiar.
Piensa también en aquel vestido de punto con lunares blancos que su madre compró con todo su sueldo, y durante un mes toda la familia se alimentó de patatas cocidas, una coliflor guisada y un guiso de judías. La sartén caliente se colocaba sobre la mesa y todos Carmen, su madre, su padre y su hermano menor comían de ella. ¡Qué delicia!
Recuerda el cinturón azul oscuro con hebilla brillante que su tía Catalina le regaló, resaltando su cintura de juventud, y las sandalias rojas con las que, en otra foto, esperó en una larga fila.
– Hace treinta años que no veo a Santiago susurra, mientras la nostalgia se vuelve punzada.
Santiago se marchó a Lisboa. Le enviaba cartas, y luego cesaron.
Carmen suspira.
Conoció a Santiago en una reunión de amigos cuando estudiaba en la Facultad de Ciencias de la Alimentación. Él había terminado el Politécnico, pero nunca trabajó en su especialidad; buscaba empleo sin cesar. Sus padres vivían en una remota zona de África, y solo venían de visita un par de veces al año, mimándolo con todo.
El amor de Carmen por Santiago fue como un relámpago que rasgó la gris rutina. Se volvió loca, perseguía su sombra.
Por Santiago abandonó a Jesús, con quien llevaba tres años de relación y planeaba casarse una vez que él terminara la residencia.
Jesús y Carmen se conocieron de pequeños, compartían la misma escalera. Él era siempre cortés, tranquilo y comprensivo; la escuchaba sin interrumpir y la miraba con devoción. Carmen, en cambio, era chispeante, impaciente, impulsiva.
Ambos estudiaron en la misma escuela. Jesús la acompañaba a casa, le ataba los cordones, le aconsejaba ponerse la gorra y los guantes, llevaba su mochila con orgullo y la tomaba de la mano, sin importarle las burlas de los compañeros.
Santiago, a diferencia de Jesús, hablaba sin parar, perdía sus cosas y, sin embargo, sabía conquistar a Carmen con halagos, regalos escasos, canciones con guitarra, ramos diarios; ese encanto la deslumbró y la dejó sin remedio.
Jesús trabajaba de noche en el quirófano y estudiaba de día; apenas le quedaba tiempo para Carmen. Sus padres apenas llegaban a fin de mes; la crisis era dura y él no podía contar con nadie, todo lo vio forzado a conseguirlo con su propio esfuerzo.
– ¡Qué tonta he sido! se lamenta Carmen ¿cómo cambié a mi buen Jesús por ese pavón enamorado?
Una noche, Santiago invitó a Carmen a su piso. Bebían cava, se picaban fresas, reían. Se acurrucaron en el sofá, susurrándose promesas eternas. Sus labios se encontraron, sus manos recorrieron su cuerpo, hasta que la pasión los consumió. Lo que siguió, Carmen no recuerda.
Un mes después, sospechando algo, acudió al médico; le confirmaron el embarazo.
– ¡Santiago! Tengo una buena noticia, pronto nacerá un bebé. ¿Será niño o niña? balbucea emocionada.
– ¿De verdad? ¡Qué alegría! responde él distraído Tengo que ir a Lisboa por asuntos. Cuando me asiente, volveré por ti.
Carmen, en la estación, agita la mano al tren que arranca a toda velocidad, sin saber que sería la última vez que vería a Santiago.
El embarazo trajo náuseas, lágrimas, miedo y una sensación de que la tierra se le escapaba.
– ¿Cuántas semanas? le pregunta Jesús al encontrarla por la calle.
– Cuatro responde, evitando su mirada.
– ¿Te ha dejado? ¡Contéstame!
– Se fue a Lisboa a buscar trabajo, prometió volver, pero ya no me escribe. Tal vez le haya pasado algo musita entre sollozos. Jesús, sé que te debo mucho, perdóname, no sé cómo vivir sin odiarme a mí misma.
Jesús intenta tomarla de la mano, pero ella se escapa.
Pronto se entera, de boca de conocidos, que Santiago se marchó con una nueva pareja a los países bálticos y su rastro se perdió.
Se apaga la luz interior de Carmen; ¿había sido Santiago su faro?
El estrés le provocó complicaciones y la ingresaron en la maternidad para su protección.
– No entiendo, Carmen, el bebé necesita un padre, repite Jesús día tras día, visitándola en el hospital implora. Cásate conmigo. El niño llevará mi apellido. Te juro que nunca te culparé por no ser mi hijo. Te he amado desde que te vi en el niño de arena, con ese vestido amarillo, golpeando a nuestro vecino Sergio con la pala mientras gritaba. Tenías la rodilla cubierta de sangre de tomate. Pensé: ¡Qué niña tan genial, vamos a llevarnos bien!.
– Si me quieres un poco, mi amor será suficiente para los dos. No prometo riquezas, pero compartiré lo que tengo, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte nos separe. ¡Te lo juro! exclama Jesús.
Carmen niega con la cabeza.
– No sabes, Jesús, que tendré gemelos, dos niños. ¿Qué dirán tus padres? ¿Podrás perdonarme después de lo que hice? solloza.
Jesús la mira sin parpadear, sin decir palabra.
Carmen comprende que no tiene nada que reclamar; sus errores la persiguen y ella misma es la culpable.
– Entonces tendremos dos niños, ¿doble cama, cochecito gemelo, pijamas azules a juego? comenta Jesús con una sonrisa. No importa, mi niña, saldremos adelante. Cuando estamos unidos, somos invencibles. No te preocupes por mis padres; tomaré mis padres, ellos me apoyarán. Tengo ahorrado el dinero para la boda, la cuna y los accesorios; si aceptas ser mi esposa, seré feliz. Haré todo lo que esté en mi mano para que no te arrepientas.
Al salir del hospital, Jesús, emocionado y orgulloso, recibe a Carmen y a sus dos hijos. A su alrededor, los padres de ambos sostienen flores y globos. Las enfermeras secan lágrimas mientras el nuevo padre contempla a sus hijos, ajustando las cintas azules de los sobres blancos.
Jesús cumple su promesa: nunca reprocha a Carmen, siempre está presente, en la pena y en la alegría.
Cuatro años después, la familia celebra la llegada de la pequeña Lucía, la hija de Carmen y Jesús.
Juntos han atravesado tormentas, pero no se han endurecido; los caminos recorridos los han unido más. Su amor se ha vuelto una cuerda trenzada tres veces.
Cuando sus hijos, Antonio y Manuel, juran amor a sus parejas en el registro civil, sus padres se limpian los ojos con pañuelos, sabiendo el valor de aquel juramento.
Jesús logró derretir el corazón de la mujer que antes era una escarcha; ahora fluye como manantial curativo. Carmen sigue avivando la llama del amor, lanzando leña al fuego para que arda más brillante cada año.
Los hijos, Sasha y Máximo, siguieron los pasos de su padre y terminaron la escuela de medicina; Sasha se convirtió en cirujano, Máximo en oftalmólogo.
Lucía, como su madre, adora hornear pasteles, tartas y magdalenas. Juntos abrieron una pastelería en la calle Gran Vía. Los clientes la elogian; el pequeño local siempre está lleno. Las paredes están decoradas con fotos en blanco y negro. ¿Por qué? Porque esas imágenes tienen un poder mágico: revelan el alma sin distraerse con el fondo.
Carmen saca de su escondite viejos negativos.
– Es hora de despedirse del pasado declara en voz alta, y prende fuego al carrete fotográfico.
– ¿Por qué no contestas mis llamadas? escucha una voz agitada.
– Perdón, Jesús, dejé el móvil en la habitación. ¿Y tú, por qué no estás en el trabajo? dice Carmen, volteándose.
– ¿Qué haces a la una de la madrugada en la cocina? ¿Se nos ha incendiado la casa? pregunta Jesús, sorprendido.
– He quemado los recuerdos negativos. No te preocupes, el humo pronto se disipará.
– La llamo una y otra vez, pero ella juega con cerillos, como en la frase de Bulgakov: Los manuscritos no arden. ¿Crees que el fuego puede quemar la memoria?
– La memoria difícilmente. Sólo se destruye el negativo responde Carmen, exhalando.
Donde las palabras fallan, el blanco y negro habla por sí mismo.
¿Estáis de acuerdo?







