«Señora Rosa, cuando llegué a las siete de la mañana, usted no estaba y encontré a Lucas en ese estado. Si de verdad hubiera llamado a la agencia, no habría dejado al niño sufrir así. ¿Cómo se atreve a discutirme?» Rosa alzó la voz, su rostro enrojeció de indignación.
«Don Javier, mire cómo me habla esta mujer. Por eso digo que no conoce su lugar. Mi lugar es cuidar lo que necesita cuidado», respondió Lola, con la voz temblorosa. Y el niño, que lloraba y estaba sucio, necesitaba ayuda urgente.
«No iba a quedarme de brazos cruzados esperando a una niñera que quizá ni existiera mientras Lucas sufría». Javier empezaba a entender que había algo más en esta historia. La señora Rosa siempre había sido una empleada ejemplar, eficiente y dedicada. Pero hoy su actitud no encajaba, y la reacción de Lucas ante Lola era innegable.
«Rosa, deme el número de la agencia, llamaré yo mismo», dijo Javier, extendiendo la mano. La ama de llaves dudó otra vez, sus dedos jugueteando nerviosos con el delantal. «Señor, no lo tengo ahora. Está arriba, en mi habitación».
Cuando Rosa salió de la cocina con paso rápido, Javier se volvió hacia Lola. La joven aún sostenía a Lucas, que ahora jugaba tranquilo con los botones de su uniforme. «Lola, esto no puede ser», dijo, intentando mantener un tono profesional.
«La






