**Diario Personal**
Hoy fue un día que jamás olvidaré. La habitación del hospital, pequeña y fría, estaba en silencio. El pequeño Javier, de apenas cinco años, yacía sobre las sábanas blancas, sus ojos oscuros y cansados como dos estrellas apagándose poco a poco. Los médicos le habían dicho a sus padres que esta operación era su última esperanza.
Mientras las enfermeras lo preparaban para la anestesia, el niño susurró con voz temblorosa:
¿Puede venir Lobo conmigo?
¿Quién es Lobo, cariño? preguntó una de las enfermeras, su rostro iluminado por la tenue luz de la lámpara.
Mi perro lo he echado tanto de menos Por favor sus labios temblaban.
Cielito, sabes que no se permiten animales aquí. Además, estás muy débil intentó explicar la enfermera, aunque sabía que sus palabras no aliviarían su dolor.
Javier giró la cabeza, evitando su mirada, y una lágrima resbaló por su mejilla.
Pero quizá no lo vuelva a ver.
Esa frase le atravesó el corazón a la enfermera. Tras intercambiar una mirada con sus compañeras, asintió en silencio.
Solo un momento.
Una hora más tarde, los padres de Javier entraron con Lobo. En cuanto el perro vio a su dueño, corrió hacia la cama y saltó sobre él, pegándose con fuerza contra su cuerpo. Por primera vez en semanas, Javier sonrió. Los médicos y enfermeras observaban con los ojos húmedos. La lealtad entre un niño y su perro era más fuerte que cualquier dolor.
Pero de repente, Lobo se puso tenso. Su pelaje se erizó, saltó de la cama y se dirigió hacia el cirujano, que esperaba en un rincón. El perro gruñó, enseñando los dientes como si quisiera atacarlo.
¡Saquen a ese animal de aquí! gritó el médico, retrocediendo.
Los demás intentaron calmar a Lobo, pero uno de los doctores frunció el ceño y, al acercarse, lo entendió todo. El olor a alcohol era fuerte, imposible de ignorar.
Dios mío murmuró el anestesista, mirando al cirujano. ¿Estás borracho?
Un silencio mortal llenó la habitación. Los padres palidecieron, las enfermeras se miraron horrorizadas. Lobo seguía gruñendo, protegiendo a Javier como si supiera lo que nadie más veía.
Minutos después, todo quedó claro: el cirujano había llegado ebrio. Lo suspendieron al instante y le retiraron la licencia. La operación se pospuso y, días después, otro médico la realizó con éxito.
Ahora todos dicen que Lobo no solo fue un amigo fiel sino también un ángel de la guarda. Sin él, el final habría sido muy distinto.





