Hace muchos años, en una tarde soleada de marzo, el señor Borja Segura se dirigía a una finca en las afueras de Madrid para celebrar el Día de la Mujer con su prometida, Ángela, y algunos socios de negocios. Antes de llegar, paró en un supermercado para comprar una botella de coñac y, de paso, un ramo de flores y una tableta de chocolate para Ángela, a quien le encantaban los dulces pese a su impecable figura.
Al acercarse a la sección de chocolates, vio que casi todo estaba agotado. Solo quedaban algunas tabletas baratas, que Ángela nunca probaría. Pero en un rincón, en el estante más alto, divisó la última tableta de chocolate suizo, el preferido de ella. Al estirar la mano para tomarla, sintió un tirón en la manga.
Señor, por favor, déjeme ese chocolate suplicó un niño de unos ocho años, con la nariz roja y la voz temblorosa. Quiero regalárselo a mi madre hoy, que es el Día de la Mujer.
Borja arqueó una ceja. ¿Por qué no eliges otro? Hay varios aquí.
Mi madre lo vio en un anuncio explicó el niño. Nunca lo ha probado.
Borja dudó un instante, pero luego le tendió el chocolate. Ángela tenía de todo, mientras que para este niño, aquel detalle parecía significar mucho.
Toma dijo. Feliz día.
El niño, radiante de alegría, corrió hacia la caja. Borja lo siguió y vio cómo vaciaba un puñado de monedas: céntimos, algún que otro euro suelto. La cajera, con desdén, le espetó:
Ni para la mitad te alcanza. Deja el chocolate y lárgate.
Por favor insistió el niño, conteniendo las lágrimas. ¡Es para mi madre!
Borja intervino. Déjele comprarlo. Yo lo pago. Pasó su tarjeta y, guiñándole un ojo al niño, añadió: Guarda tus monedas. Te harán falta.
El niño, confundido, recogió las monedas y se las ofreció.
No me debes nada dijo Borja, dándole una palmadita. Es un regalo.
Al salir, el niño lo siguió.
Señor yo quería regalárselo a mi madre. Ahora parece que el regalo es suyo.
Borja se detuvo. ¿Cómo te llamas?
Iván. Antes ahorraba para las medicinas de mi madre, pero mi abuela dijo que nunca juntaría lo suficiente. Así que decidí que al menos tendría un día feliz.
Borja, conmovido, preguntó qué necesitaba su madre. Iván explicó que había perdido su trabajo por culpa de alguien, había enfermado trabajando al aire libre y ahora necesitaba medicinas caras.
Vamos a verla propuso Borja.
La casa olía a cansancio. Al entrar, una voz débil preguntó desde el interior:
¿Iván, con quién vienes?
Borja se quedó paralizado al reconocer aquella voz.
Irene murmuró al verla postrada en el sofá. ¿Qué te ha pasado?
Ella, pálida y demacrada, intentó sonreír. La vida, Borja. La vida.
Él recordó entonces: hacía nueve años, en Marbella, un verano fugaz y ardiente. Ella, con una larga trenza rubia, él prometiéndole mundos. Y luego, la partida repentina, sin despedidas.
No te reconocí cuando entraste a trabajar en mi empresa confesó.
Yo sí a ti susurró ella. Pero vi a Ángela y supe que no debía decir nada.
Borja apretó los puños. Ángela, su prometida, había despedido a Irene sin su conocimiento, sabotéandola para que nunca más encontrara trabajo.
Esa misma tarde, Borja canceló los planes con Ángela. Ella, al verse descubierta, soltó la verdad: había investigado a Irene, descubierto que Iván era hijo de Borja y decidido arruinarles la vida.
Eres ruin le espetó él antes de irse.
Esa noche, Borja llevó medicinas a Irene y, al ver la foto de aquel verano en Marbella, supo que nunca la había olvidado.
¿Por qué no me dijiste que Iván era mío? preguntó, tomándole la mano.
¿Y qué habrías hecho? respondió ella, resignada.
Esto dijo, sacando un anillo que llevaba años guardando.
Al poco tiempo, Irene se recuperó. Borja rompió su compromiso con Ángela y regularizó su situación con Iván.
Cada 8 de marzo, desde entonces, compran la misma tableta de chocolate suizo. Porque fue ese pequeño gesto el que les devolvió el amor perdido y les dio la familia que siempre merecieron.






