De repente, Esperanza León sufre un bajón de salud. Ninguna de sus hijas viene a verla mientras está convaleciente. Solo su nieta, Carmen, la cuida sin descanso. Las hijas únicamente se presentan por las fechas de Semana Santa. Como siempre, llegan a por los manjares caseros que su madre tiene preparados. Esperanza sale al portón para recibirlas.
¿A qué habéis venido? dice, fría.
La mayor, Sonsoles, se queda boquiabierta de la sorpresa.
¡Mamá! ¿Qué te pasa ahora? exclama.
¡Nada! Ya está, mis queridas ¡He vendido toda la finca!
¿Qué? ¿Y nosotras qué? preguntan, confundidas.
Vivir en Villaseca es monótono y gris. Cualquier acontecimiento que se salga de la rutina se convierte en un suceso especial.
Pero la llegada de Carmen, la nieta de la antigua encargada de la tienda del pueblo, causa sensación.
Cuentan que hasta las más sensibles no pueden evitar emocionarse cuando la ven.
Pero mira la Carmen, ¡la ha superado a todas con diferencia! dicen los vecinos en los bancos de la plaza. ¡Ahora que se mueran de envidia!
La realidad es que la élite villasequense observa con cierto desdén cómo Carmen, en un reluciente todoterreno, recorre las carreteras del pueblo.
Todo el reducido vecindario se agrupa para no perderse el momento histórico.
Hasta las ancianas se secan disimuladamente alguna lágrima de puro orgullo.
¿Será posible? ¡Como si fuera la Cenicienta misma!
No en vano, el mote de “Cenicienta” acompaña a Carmen desde su infancia.
Ahora ella puede, sin reparos, mirar por encima del hombro a quienes antes se mofaron de ella sin piedad.
Desde la ventanilla del coche, Carmen saluda alegremente al músico del pueblo, Pablo Lázaro.
¡Don Pablo! ¡Cuánto me alegro de verle! ¿Cómo anda de salud?
¡Todo en orden! Pero pasa un día al local social, te esperamos en los ensayos.
¡Por supuesto! No falto.
La brillante máquina desaparece entre los olivares y los vecinos se dispersan lentamente hacia sus casas. Pablo, satisfecho, comenta:
Bien por la chica. Lo ha conseguido. Ahora les toca a nuestros médicos ponerse las pilas…
La vieja Asunción, de las que no se callan nada, pregunta:
¿Y eso?
Pues eso, que hoy a más de uno les va a picar la envidia ¡Una dolencia bien nuestra! ¿No has oído?
Asunción le resta importancia haciendo la cruz y dándole la espalda.
Pero a Pablo no le molestan tales gestos; sabe que la señora no lo dice con malicia.
Se sienta en el banco del local, meditabundo, porque el regreso de Carmen le remueve muchos recuerdos.
Y es que Pablo jugó un papel decisivo en el destino de la joven. En todos los sentidos.
Carmen perdió a su madre demasiado pronto. Su padre había abandonado la familia aún antes.
Ningún pariente quiso hacerse cargo de la niña. Pasó casi dos años en un centro de menores.
Pero un día, algo se removió en el corazón de Esperanza y recogió a la nieta para traerla a Villaseca.
El pueblo vio aquel gesto como un acto noble por parte de la abuela. Por entonces, Esperanza aún trabajaba y su jefa, Adela, la ponía como ejemplo ante todos:
¡Ojalá todas fuéramos como Esperanza León!
Otros, no obstante, creyeron ver un interés oculto detrás.
Anda que no dan ayudas por cuidar nietos ¡La buena señora no pierde ocasión de arrimar el ascua a su sardina! ¿No sabéis el genio que se gasta?
Es cierto que la fama de Esperanza como dependienta era dudosa: trampeaba en todo lo que podía y los clientes callaban porque, al fin y al cabo, la procesión va por dentro.
Además, era conocida por sus rencillas con los vecinos.
Sin embargo, con sus hijas y su hijo, médico del ambulatorio comarcal, era distinta. Venían constantemente de Madrid y Toledo, pero sobre todo para llenar neveras.
Y en eso, Esperanza era insuperable. Tenía gallinas y patos por decenas, un corralillo de cabritos y hasta tres cerdos peleándose por la comida. Dos hectáreas de tierra la tenían siempre liada atendiendo a los animales.
Para una mujer sola, no era tarea fácil, y la edad pesaba. Contratar ayuda costaba caro; por eso pensó en Carmen.
En una pausa del trabajo, le cuenta su plan a su amiga de toda la vida, Zoe, que también trabajaba en la tienda.
Voy a traerme a Carmen, que ya está bien de tanto internado. La gente murmura, que si la tuve abandonada…
Bien hecho, Esperanza. Yo también he oído críticas. Y la niña ya tiene edad de ayudarte.
¡Eso! Mientras trabajo, ella se encargará de la casa.
¿Y la escuela? Con lo mucho que estudian ahora, mira mis nietos
Nada de actividades extraescolares. Si come aquí, será porque ayuda.
Carmen, aún pequeña, está feliz de quedarse. Cumple cada encargo de la abuela con ganas. Pronto, la llaman Cenicienta.
La mayoría del pueblo lo ve mal. Hay quienes se atreven a decírselo a la cara:
¡No tienes conciencia! ¡Se te va a quedar en los huesos la pobre niña!
Ella zanja el tema:
No os metáis donde no os llaman. Mi nieta trabaja porque le da la gana. Cuando acabe el colegio irá a formarse de veterinaria, que falta nos hace.
Todo habría seguido igual de no ser por un nuevo capítulo.
Un día de verano llega a Villaseca Marina, recién graduada del conservatorio de Cuenca, como directora de la casa de cultura.
En pocos días, rastrea el pueblo en busca de talentos. Pablo se ofrece a ayudarle.
Señora Marina, si me consigue un instrumento decente, lo que quiera. Antes ya recorríamos los campos animando a los jornaleros.
Al día siguiente le da uno, algo viejo, pero en buen uso.
¡Perfecto! Pablo empieza y una música alegre llena la sala.
Enseguida reúne un grupo de coristas, pero falta la solista. Marina se preocupa.
Sin solista esto es como un gazpacho sin tomate. ¿Quién se anima?
La jefa sonríe.
Sé dónde encontrarla. ¡Vamos!
En la escuela, el cásting pone nerviosas a las muchachas. Carmen va porque la tutora, doña Pilar, la anima:
No te hagas la remolona, que tienes muy buena voz.
Pero que mi abuela se va a enfadar
Yo hablaré con ella. Tienes hoy una oportunidad única, aprovéchala.
Carmen se debate, pero al final acepta y se luce cantando varias piezas, tanto tradicionales como de copla, emocionando a todos.
Marina no puede más que elogiarla:
¡Qué prodigio! ¡Canta como los ángeles!
Tras una reunión con las maestras, Esperanza baja el listón: Carmen podrá ensayar.
A la abuela, sin embargo, no le hace gracia el giro artístico. A Zoe le confiesa su temor:
Ahora la chica se me va a subir a la parra. ¿Y quién hace entonces el trabajo? La tengo que mantener solo con la pensión.
Pero hija, ¡si te dan ayuda también!
¿Qué ayuda ni qué niño muerto? Yo esperaba que en verano trabajase bastante.
Zoe sueña en voz alta:
Si la niña se hace artista famosa, ¡la tele vendrá a grabarla!
¿Y qué gano yo con la fama? A mí me hace falta ayuda. Una está sola…
La vieja amistad se resiente.
Mientras, Carmen se gana al público en toda la comarca, visitando pueblos con el grupo, recibiendo premios provinciales, pero conservando la humildad y el cariño por su abuela.
Cuando Esperanza enferma de verdad, Carmen no se separa de su cama.
Las hijas de Esperanza, las de ciudad, ni aparecen. Solo al acercarse la Semana Santa, como siempre.
Esperanza sale de nuevo a recibirlas al portón.
¿A qué habéis venido? fría, seca.
Sonsoles no entiende nada.
¡Mamá! ¿Pero qué te pasa?
Estoy cansada. ¡He vendido todo lo de la finca! responde.
¿Y nosotras?
Id al supermercado, ¡yo ya no tengo fuerzas para hacerlo todo! ¡Y Carmen no es vuestra criada!
Las hijas se quedan de piedra.
Por fin, Esperanza pone límites.
Solo venís cuando queréis aprovecharos. ¡Ya nunca más! Yo también merezco descansar. Carmen que estudie, a ver si se hace artista.
Las hijas se marchan con cara larga y Esperanza busca a Zoe.
Gracias, amiga, por abrirme los ojos. Casi estropeo la vida de la niña. Ahora ayúdame a vender la carne.
¿Qué carne?
Toda. Me quedo solo con la cabra.
Perfecto. ¿Y las hijas?
Nada, cuento que ya no hay relación. Solo saben aprovecharse…
Años pasan sin que Carmen vuelva mucho a Villaseca. Está volcada en los escenarios y dando clases, apenas puede sacar una semana para visitar a la abuela.
En el asiento trasero, su hijo Martín bosteza:
Mamá, ¿queda mucho para llegar a casa de la abuela?
Nada, hijo, aquí está tu bisabuela recibiéndonos.
Esperanza, ya mayor, se mantiene entera. Abraza y besa al bisnieto.
¡Mi tesoro! ¡Pensé que no vería este día!
Saluda a Carmen con cariño, procurando no despeinarla.
Os he visto en la tele; tú, hija mía, eres la más guapa.
Carmen la abraza.
No digas locuras, abuela. Si soy una chica del montón, solo que canto un poco.
No te quites mérito. Eres artista de verdad.
Sin ti y sin don Pablo, no sería nadie. Habría seguido siendo la “Cenicienta”.
En los cuentos hay hadas que convierten calabazas en carrozas y te regalan príncipes… pero tú, hija, has hecho tu vida a pulso, sin magia.
Carmen, por costumbre, esconde las manos, endurecidas de tanto trabajar. Esperanza se da cuenta y se echa a llorar, pidiendo perdón por el pasado. Pero Carmen no la guarda rencor.
Para ella, lo importante es que sigue teniendo alguien a quien querer y cuidar y que sigue llamando hogar donde está su abuela.







