La manzana de la discordia

El cuento del manzana de la discordia

Nunca llegué al hospital de maternidad de Madrid cuando mi esposa, Almudena, dio a luz, ni una sola llamada la acompañó. Fue mi madre, doña Carmen, quien la recogió del centro con discreción y sin ceremonia.

Almudena había aceptado mentalmente esa posibilidad, pero el hecho seguía doliendo, no por ellaya estaba acostumbrada a los desaires durante el embarazosino por el pequeño, tan esperado y anhelado, que el mundo recibía sin ternura.

Hasta el último momento, Almudena esperaba que yo mirara a nuestro hijo y sintiera un temblor en el alma, que percibiera en él la continuidad de mi sangre pero yo no quise mirarlo.

Llevábamos doce años de matrimonio, o más bien, doce años de convivencia de cuerpo y alma. Así lo creía firmemente. La diferencia de edad entre nosotros era de quince años, pero nunca nos supuso obstáculo. Nos conocimos en el departamento de planificación económica, donde yo, León, ingresé justo después de acabar el instituto. Mi matrimonio anterior había fracasado y no tenía hijos.

Me rodeé de ella con atención y cuidados, la cortejé con delicadeza y pronto contraímos nupcias. Almudena no podía estar más feliz de haber encontrado a un marido tan inteligente, trabajador, amable, guapo y justo.

Sin embargo, el rasgo que más ensombrecía su vida era mi sentido exacerbado de la justicia, que a veces la hacía sentir que yo era más un escandalista que un protector. Ya era tarde para intentar cambiarme.

No podía quedarme en un solo puesto: a veces se me estropeaban las relaciones con el jefe, a otras podía ser grosero con cualquiera sin importar el rango, y en ocasiones rechazaba cumplir exigencias que consideraba desorbitadas. Cambiaba de trabajo constantemente, buscando mejores oportunidades. Hubo periodos en que estuve desempleado, mientras mi esposa percibía un salario decente. Ella, a diferencia de mí, se aferró a un puesto, ascendió a subdirectora del departamento y sus ingresos le alcanzaban para todo.

Almudena deseaba con ansias un hijo, pero no lo lograba. Consultamos a médicos; ambos estábamos sanos, pero la fertilidad no nos sonreía. Cuando ya había perdido la esperanza, llegó la sorpresa: ¡estaba embarazada!

Ella brillaba de felicidad al contarme la noticia, pero mi reacción la destrozó. Con una odio evidente, me declaré: «No quiero a ese niño ahora, a los cincuenta años no quiero convertirme en un papá joven que haga el ridículo, y no me pongas esa carga al cuello». Añadí: «Quiero una vejez tranquila. ¿Te has puesto a pensar cómo vamos a vivir? Nos condenas a la pobreza. Mis ingresos no bastan para manteneros. A mi edad ya no me corresponde andar buscando curro extra».

Le puse a Almudena una elección: si aceptaba al niño, yo la abandonaría sin pensarlo, pues el piso era mío.

Almudena quedó destrozada. Después de tantos años escuchar semejante imposición Ya había notado mi aversión a los niños, pero que reaccionara así ante el suyo propio fue una completa sorpresa y un fracaso total de la vida familiar.

Intentó durante un tiempo hacerme entrar en razón, sin éxito. Mis constantes comentarios sobre la supuesta necedad de su madre, mi sarcasmo ante su malestar«¡Te lo mereces, es culpa tuya!»la agotaron.

Almudena se mudó a casa de su madre. Yo desaparecí de su vida como si nunca hubiese existido, sin llamadas ni visitas. Justo antes del nacimiento, le entregaron una citación judicial: había presentado la demanda de divorcio. El proceso quedó suspendido, pero el divorcio estaba a la vuelta de la esquina.

Almudena nunca se lamentó de haber desobedecido mi voluntad y haber dado a luz a su hijo. Yo quería una vejez sin sobresaltos; que la tenga. Ella, aún joven, podrá criar a su hijo.

Así termina esta historia, donde el bebé se convirtió en la manzana de la discordia. La opinión popular afirma que los hijos fortalecen el vínculo familiar, pero también ocurre lo contrario.

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