José Luis permanecía sentado en su silla de ruedas, contemplando la calle a través de los cristales empañados. La suerte no le acompañaba: la ventana de su habitación de hospital daba a un pequeño patio interior con bancos y macetas, pero apenas transitado. Además, era invierno, y los pacientes rara vez salían a pasear. Él estaba solo en aquella habitación blanca y fría. Una semana atrás, su compañero de cuarto, el bullicioso Pablo “Pablito” Méndez, había recibido el alta. Con su partida, la habitación perdió toda alegría. Pablito, estudiante de arte dramático en tercer año, contaba historias con tal viveza que parecía transformarse en cada personaje. Su madre le visitaba diariamente, trayendo empanadas recién hechas y dulces que compartía generosamente con José Luis. Sin Pablito, el lugar se había vuelto desolador.
Sus pensamientos melancólicos se interrumpieron cuando entró la enfermera. Al verla, su ánimo decayó aún más: no era la joven y sonriente Nuria, sino la siempre adusta Carmen Ruiz, cuyo semblante parecía perpetuar un disgusto invisible. En dos meses de hospitalización, José Luis jamás la había visto sonreír. Su voz, áspera y directa, reflejaba su carácter.
“¡Vamos, José Luis, deja de mirar al vacío y métete en la cama!”, ordenó Carmen mientras preparaba la jeringuilla con movimientos precisos. Él suspiró, giró la silla y se acostó obedientemente. Con destreza profesional, ella le ayudó a colocarse boca abajo. “Baja el pantalón”, indicó. Él obedeció… y no sintió nada. Carmen tenía una técnica impecable para las inyecciones, algo que José Luis agradecía mentalmente cada vez. Mientras ella palpaba su vena, él se preguntó: “¿Cuántos años tendrá? Quizá ya debería estar jubilada. Con la pensión que dan, no es extraño que esté de mal humor”.
La aguja penetró su piel con apenas un pellizco. “Listo. ¿Ha venido hoy el doctor?”, preguntó ella inesperadamente al retirarse.
“No, quizá más tarde…”, murmuró él.
“Pues espera sentado. Y no te quedes junto a la ventana, que con lo flaco que estás, cualquier corriente te derriba”, replicó Carmen antes de salir.
José Luis quiso ofenderse, pero no pudo. Tras su aspereza, intuía cierta preocupación. Una preocupación que le era ajena desde hacía mucho.
Huérfano desde los cuatro años, José Luis había perdido a sus padres en un incendio en su casa de pueblo. Solo sobrevivió gracias a que su madre lo lanzó por la ventana momentos antes de que el techo ardiente se desplomara. Las cicatrices en su hombro y muñeca eran testigos mudos de aquella noche. Terminó en un orfanato; los familiares que quedaban nunca se interesaron por él.
De su madre heredó unos ojos verdes llenos de luz y un carácter tranquilo; de su padre, la estatura y un talento natural para los números. Los recuerdos de sus padres eran escasos: retazos de una feria del pueblo, el viento cálido mientras cabalgaba sobre los hombros de su padre, un gato rojizo llamado Michín o Talín… Nunca supo con certeza. No quedaron fotos; todo se consumió en las llamas.
En el hospital, nadie le visitaba. Al cumplir los dieciocho, el Estado le asignó una habitación en una residencia universitaria. Aprendió a vivir solo, aunque a veces la soledad le ahogaba. Tras el instituto, no logró entrar en la universidad y optó por un ciclo formativo. Allí se sintió a gusto, pero su timidez le alejó de los compañeros. Prefería los libros a las fiestas, y las chicas solían elegir a otros muchachos más extrovertidos. Con dieciocho años, parecía un adolescente. Se convirtió en un incomprendido, aunque eso nunca le importó.
Hasta que, dos meses atrás, resbaló en un paso subterráneo helado. Las fracturas en ambas piernas fueron graves y de lenta curación, pero por fin empezaba a mejorar. Ahora, sin embargo, le asaltaba otra preocupación: su residencia no tenía ascensor ni rampas. ¿Cómo sobreviviría en silla de ruedas?
Tras el almuerzo, el traumatólogo, el doctor Rojas, examinó sus radiografías. “Buenas noticias, José Luis. Las fracturas están consolidándose. En un par de semanas podrás usar muletas. Te daremos el alta hoy mismo. ¿Vendrá alguien a buscarte?”.
José Luis asintió mintiendo.
“Perfecto. Enfermera Ruiz le ayudará con los trámites. Cuídese, y no nos vuelva a ver por aquí”.
Cuando Carmen entró, lo encontró sumido en sus pensamientos. “¿En qué mundo vives? Te dan el alta. Recoge tus cosas”, dijo, tendiéndole la mochila.
Él guardó sus pertenencias bajo la atenta mirada de Carmen. “¿Por qué le mentiste al doctor?”, preguntó ella de pronto, inclinando la cabeza.
“¿De qué habla?”.
“No finjas. Sé que nadie viene a buscarte. ¿Cómo piensas volver?”.
“Ya me las arreglaré”.
“Con esas piernas, no podrás ni subir a tu casa. ¿O es que vas a vivir en la calle?”.
José Luis apretó los dientes. “No es asunto suyo”.
Carmen se sentó junto a él y le miró fijamente. “José Luis, esto quizá no me corresponda, pero… necesitarás ayuda. No puedes solo”.
“Ya me las arreglaré”.
“No. Llevo años en esto. ¿Por qué discutes como un niño?”.
Carmen suspiró. “Escucha. Ven a mi casa. Vivo en las afueras, en un pueblo pequeño. Solo hay dos escalones para entrar, y tengo una habitación libre. Cuando te recuperes, te vas. Vivo sola; mi marido murió hace años, y no tuve hijos…”.
José Luis la miró atónito. ¿Irse a vivir con una extraña? Pero Carmen no era del todo extraña. Recordó sus frases bruscas pero llenas de cuidado: “Come más lentejas, que tienen hierro”, “Cúbrete bien, que hace frío”, “Toma este queso, te hará bien”.
“Es que… no tengo dinero”, balbuceó.
Carmen frunció el ceño. “¿Crees que te lo pido? Me das pena, niño. Eso es todo”.
José Luis bajó la cabeza. “Perdone… No quise ofenderla”.
“Vamos. Termino mi turno en una hora”.
La casa de Carmen era pequeña y acogedora, con ventanas enmarcadas en madera tallada. Los primeros días, José Luis apenas salía de su habitación, avergonzado. Hasta que Carmen le espetó: “Deja de comportarte como un invitado. Si necesitas algo, dilo”.
Poco a poco, se sintió en casa. La nieve tras los cristales, el crepitar de la lumbre, el olor a cocido… Todo le recordaba a la infancia perdida.
Las semanas pasaron. La silla de ruedas y luego las muletas quedaron atrás. Durante una visita al médico, caminando aún con dificultad, José Luis comentó: “Tendré que ponerme al día con los exámenes…”.
Carmen le interrumpió: “El médico dijo que no te sobrecargues. ¿O quieres volver al hospital?”.
Se habían encariado






