**Diario de un Hombre**
La suegra por excelencia, doña Carmen García, no era una suegra cualquiera. No de esas secas y reservadas, sino la clásica suegra castellana: directa, cabezota y con voz que atravesaba paredes. Su madre, la pobre Rocío, contaba entre susurros a las vecinas sus impresiones sobre la recién nacida:
Se queda en la cuna, frunciendo el ceño, apretando los puños… ¡Parece una suegra en miniatura!
Por suerte, la suegra de Rocío, doña Manuela, vivía en un pueblo cercano y apenas visitaba a su hijo. Pero cuando aparecía, toda la panadería donde trabajaba Rocío lo notaba. La masa no le subía, confundía el azúcar con la sal, los bollos salían torcidos, y la pobre pastelera saltaba al menor ruido.
Mira, Rocío, tómate unos días sin sueldo le dijo la encargada, harta. Cuando se vaya tu suegra, vuelves.
¡Por Dios, Martina! Rocío se quitó el gorro de cocina y lo apretó contra el pecho. Aquí al menos me libro de ella. ¡En casa tengo que aguantarla todo el día, pidiendo perdón por cada cosa que hago mal!
¿Perdón? ¿Por qué?
¡Por todo! Por cómo cocino, por cómo limpio, por cómo trato a su hijo… ¡Hasta por cómo abro las cortinas!
¿Y cómo hay que abrirlas? preguntó Martina, confundida.
¡No lo sé! ¡Pero no así!
Cuando nació la niña, doña Manuela llegó como un huracán. Obligó a llamarla Carmen, en honor a su difunta madre, la bautizó a escondidas (aunque los padres, rojos convencidos, podrían haber tenido problemas), asustó a la pediatra y a la enfermera, dejó a su nuera al borde de un ataque de nervios y se marchó convencida de que esa tonta acabaría matando a la niña.
Rocío lloró una semana entera. Su marido, Pepe, sacó lo que tenía ahorrado para una moto y le compró un collar de oro con un dije.
Pese a los malos augurios de la abuela, la niña no solo sobrevivió, sino que creció sana y lista. Carmencita andó pronto, dejó los pañales rápido y habló con claridad. De pequeña, sus preguntas filosóficas dejaban perplejos a todos:
¿Qué es el amor? ¿Qué significa ser buena persona? ¿Por qué la gente sonríe?
Las vecinas de la panadería y los amigos de Pepe de la fábrica de tractores gente sencilla no sabían qué responder y le vaticinaban un gran futuro.
Con la abuela, Carmencita se las arregló en un santiamén.
Una vez, doña Manuela llegó con su visita habitual y, en cinco minutos, ya estaba chillando por el sofá nuevo del que la pareja estaba tan orgullosa. ¡Demasiado claro, poco práctico! Carmencita, con cinco años, escuchó el berrinche, agarró las maletas de la abuela y las arrastró hacia la puerta.
¡Oye! ¿Qué haces con mis cosas? gritó doña Manuela.
Has venido sin cariño. Gritas a mamá. Vete.
¡Me habéis puesto a la niña en mi contra! aulló la abuela.
Pero la nieta le plantó delante la muñeca que le acababa de regalar y dijo con firmeza:
Llévatela. No quiero tus regalos. Y aprende a portarte bien.
¡Ja! ¿Ves, madre? se rio Pepe. Esta niña no se deja. Una vez me pasé con los colegas celebrando la prima, y me estuvo sermoneando una semana.
Desde entonces, Rocío no llevaba a Carmencita al colegio cuando llegaba la suegra. Doña Manuela se iba sin soltar ni la mitad de lo que tenía preparado.
Carmen, con su carácter decidido, destacó en el colegio. Delegada de clase, monitora de los más pequeños… Casi sacó matrícula, pero no le veía sentido a la literatura.
Los conejos no hablan. El herrero no voló con el diablo, porque los demonios no existen. Y ese Cervantes… ¡qué peñazo!
Con el mismo escepticismo veía el dibujo, la gimnasia y el canto. Pero en ciencias y matemáticas era imbatible.
Los profesores le aconsejaron ir a la universidad, pero eligió estudiar a distancia. Su madre estaba enferma; la abuela, ya con setenta, necesitaba visitas. Además, volvió de la mili Luis, el hijo del jefe de taller. Al ver a Carmencita, vestida para la graduación, se quedó boquiabierto.
Carmen, ¡pareces una novia!
Novia, qué más da dijo ella, ajustándose el vestido azul. El día de mi boda seré una reina.
¡Trato hecho! exclamó Luis. Le digo a mi madre que me compre un traje de terciopelo.
Vale asintió. Pero que no sea negro, azul. O mejor, gris. Queda genial.
Sin hablar de amor ni besarse, pasaban las tardes planeando la boda, la luna de miel y los nombres de sus hijos. Fueron juntos a la capital: ella, para matricularse; él, a retomar tercero. A la vuelta, pidieron la fecha. ¿Qué más daba, si ya lo tenían todo planeado?
Nació su primer hijo, Pablo. Cuando Carmen terminó la carrera, llegaron otros dos.
Al volver de la baja, ascendieron a Carmen. En tres años, superó a su marido. Luis, con todas sus virtudes, no tenía ambición. Mientras ella trabajaba, él se escapaba a pescar con su suegro, diciendo que el tiempo pasado con la caña no contaba en la vida.
Carmen era una líder nata. Sabía manejar a la gente y distinguía entre peticiones justas y simple palabrería. Hoy la llamarían “gestora eficiente”; entonces, “una fiera”.
Pero no pensaba en ser suegra. Hasta que su hijo mayor apareció con novia.
Mamá, papá, esta es Laura.
La joven, esbelta y con curvas, era tan sensual que a Luis se le escapó un silbido, y a Carmen se le encendió la mirada.
Laura solo salía al jardín para tomar el sol, despreciaba la comida casera y se quejaba de que en el pueblo no hubiera un sushi bar.
¿Qué tal la novia? le preguntaban sus amigas con malicia.
Lista respondía Carmen. Ha hecho que Pablo estudie inglés. Quieren trabajar fuera.
¿Y los dejas ir?
Claro. Nosotros no vimos mundo, que lo vean ellos.
Se casaron antes de graduarse y se marcharon.
¿Ni boda? se extrañaban sus amigas.
Hicieron lo sensato. Les dimos dinero para empezar.
Sin boda, no es un matrimonio de verdad decían algunas.
Veremos quién dura más cortaba Carmen. Ellos, que no gastaron un duro en borrachera, o los vuestros, que os dejaron endeudadas.
Llamaban poco, pero Carmen no se quejaba. Hasta que supo que Pablo dejó el trabajo.
¿Se quedará en casa con los niños?
No, entró en la guardia pesquera dijo Luis. Y estudia acuicultura.
Pues bien dijo Carmen. Nunca fue buen ingeniero, pero siempre le gustó la pesca.
Mientras, murió doña Manuela. Entre trámites, Carmen no vio crecer a sus otros hijos.
Mamá, papá, esta es Alba dijo su segundo hijo.
Era todo lo contrario a Laura: tímida, frágil, que apenas levantaba la voz.
Esta sí que la va a machacar cuchicheaban sus amigas. Pero







