A ver, Lucía sí que sabía llevarse bien con mi madre.
Si empiezo a enumerar en qué mi ex era mejor que tú, nos daremos vergüenza los dos. Bueno, yo quizá no interrumpió Ana, frotando con furia la mesa de la cocina. Si os iba tan bien con Lucía, ¿por qué rompisteis?
Víctor se dio la vuelta, ofendido, y miró por la ventana con el ceño fruncido.
Ya sabes cómo fue aquello…
Lo sé. Así que no me hables más de tu querida Lucía cortó Ana. O seré tu próxima ex.
Y lo decía en serio. Ana estaba dispuesta a tomar medidas drásticas.
Había conocido a Víctor hacía casi un año, en una quedada con amigos. Incluso sabía de la existencia de Lucía, aunque no eran cercanas. Fue ella quien lo llevó al grupo, pero luego, a los dos meses, desapareció sin dejar rastro.
Una noche, Víctor, entre copas, confesó que había pillado a Lucía siendo infiel. Hasta soltó una lágrima. En ese momento, a Ana le pareció enternecedor: un hombre que no temía mostrar sus sentimientos, que valoraba el amor. Algo hizo *click* dentro de ella, un impulso de consolarlo, de protegerlo.
Ahora comprendía que ese “algo” había sido, seguramente, instinto maternal, no atracción. Pero bastó para que empezaran una relación.
Al principio fue bonito. La esperaba después del trabajo, la llevaba a casa, le mandaba mensajes cariñosos, preguntándole si se había abrigado bien. Ana se sentía arropada.
La primera señal de alarma llegó con un mensaje de Lucía.
Hola. Oye, me enteré de que sales con Víctor. No es asunto mío, pero ten cuidado. Él y su madre son un paquete cerrado.
Ana lo anotó mentalmente, pero lo consideró una tontería. El amor superaba obstáculos peores. Total, si no funcionó con una mujer, no significaba que con otra fuera igual.
Hola. Creo que nosotros solucionaremos nuestras cosas. Pero gracias por el aviso respondió Ana.
No quiso seguir la conversación. Le parecía desleal hacia Víctor.
Él, en cambio, no se preocupaba por su comodidad.
La primera vez que su madre, Margarita, apareció sin avisar, Ana intentó tomárselo con calma. Quizá no entendían lo incómodo que era. Tal vez Margarita solo quería ver con quién vivía su hijo.
Ana empujó a Víctor a recibirla, se vistió a toda prisa, recogió el pelo de cualquier manera y salió, con ojeras y medio dormida, a conocer a su posible suegra. La encontró revisando los cajones del armario del salón.
Ay, qué desorden dijo Margarita con una sonrisa condescendiente. Luego no encontraréis los calcetines. Anastasia, después del desayuno te enseñaré a doblar la ropa para que no se arrugue ni se pierda.
Ni un “hola”. Ana se quedó helada. Que una extraña rebuscara en su ropa interior en su propia casa le pareció una grosería, pero responder con rudeza al principio de la relación tampoco le parecía correcto. Así que aguantó.
Cariño, ¡qué ojeras! continuó Margarita. Necesitas mascarillas de pepino. O mejor, que te revisen los riñones. Una amiga mía…
Ana asentía y sonreía, fingiendo interés por las dolencias de gente que no conocía, mientras soñaba con volver a la cama. Eran las ocho de la mañana. Domingo. Se había acostado tarde precisamente para dormir hasta tarde.
Qué ilusa.
La visita de Margarita se alargó hasta la noche. Ana recibió críticas y consejos sobre cómo regar las plantas, limpiar el baño y pulir los cubiertos. Hasta practicó un poco. Acabó hecha polvo. Y en todo ese tiempo, Víctor ni la ayudó ni le insinuó a su madre que querían descansar.
Oye, ¿tu madre siempre es así de… activa? preguntó Ana con cuidado al acostarse.
No le molestaba la familia, pero necesitaba algo de distancia.
Sí, ¿y qué? Solo quiere ser amiga se encogió de hombros Víctor. Antes vivíamos con ella, era divertido. Ahora se aburre sola.
Espero que no acabemos viviendo los tres… suspiró Ana.
¿Qué pasa? ¿No te gusta mi madre? se tensó Víctor. Con Lucía se llevaban genial.
Ana calló. Lucía era ocho años más joven y tenía tendencia a adular. Claro que se llevaban bien. Seguro que conocía a todas las amigas de Margarita por su nombre y sus enfermedades, planchaba las sábanas a la perfección y hacía empanadas con sus recetas.
Pero Ana no había firmado para ese “felices para siempre”. Tenía experiencia suficiente para saber que, cuanto menos se metieran los demás en una relación, mejor. Pero Víctor pensaba distinto.
Mi madre es muy sociable. Se lleva bien con todo el mundo.
*”Sí, pero no todo el mundo quiere eso”*, pensó Ana, pero no lo dijo.
Fue a peor. Margarita volvió al día siguiente, otra vez a primera hora. Esta vez inspeccionó la nevera.
¿Huevos de gallina? A Víctor solo le hacía de codorniz, son más nutritivos para los hombres declaró con aire de superioridad. Los estantes no están muy limpios… Os lo coméis todo así. Anastasia, deberías fregarlos…
*”No como directamente del estante”*, pensó Ana.
Luego lo haré, Margarita prometió. Hoy queríamos descansar. Es domingo…
Víctor, por cierto, seguía durmiendo como un tronco mientras Ana entretenía a su madre.
¡Exacto! Y los domingos son para cocinar y limpiar sentenció Margarita. Trae la bayeta y el estropajo. El próximo domingo te enseñaré a hacer el pastel de carne que le encanta a mi niño. ¡Para chuparse los dedos!
Ana se quedó inmóvil, cruzando los brazos. Ya estaba harta de obedecer órdenes en su propia casa.
Margarita, ¿por qué no me das tu número? Así hablamos antes de que vengas. No sea que tenga planes.
¿Hablar? ¿Acaso no puedo visitar a mi hijo? Margarita frunció el ceño, ofendida.
Claro que sí. Pero tu hijo ahora vive con una mujer. Sería bueno que respetáramos nuestras opiniones.
Con Lucía no teníamos estos problemas refunfuñó Margarita.
Bueno, la madre de mi ex tampoco venía a horas intempestivas replicó Ana. Y además traía empanadas de cereza. Muy ricas. ¿Quieres la receta?
Margarita palideció. Las arrugas de su frente se multiplicaron. Sus ojos brillaron de rabia.
Piénsatelo bien, Anastasia. En esta familia, la gallina de noche no le gana a la de día.
Se fue, pero el mal sabor de boca persistió. Ana no sabía qué hacer. Víctor no la escuchaba, su madre entraba y salía como Pedro por su casa, y el fantasma de Lucía flotaba en cada discusión.
Los rollitos de Lucía eran mucho mejores… Su madre le enseñó soltaba Víctor de vez en cuando.
Pues que te los haga ella, así me los comes tú también.
Sospechaba que Margarita lo azuzaba, pero no quería discutirlo. Quería borrar el tema de su vida.
El mes siguiente fue tranquilo, sin visitas, pero luego todo se repitió. Ana despertó con el timbre. Esta vez decidió no abrir. ¿Maleducado? Quizá. Pero ¿acaso no lo era insistir después de tantas indirectas?
A los cinco minutos, apareció Víctor, soñoliento y furioso.
¿Por qué no abres?
Porque







