**Diario de una niña rota**
Papá tiene una vida feliz con otra, mientras que mamá está hundida en la depresión. ¿Es culpa suya?
Aquel día, papá llegó del trabajo, cenó, rio unos minutos con el público de la televisión ponían un especial de El Gran Wyoming y luego, con calma, como si nada, soltó: «Tania, me voy». Y se marchó. Con otra.
Una historia común, tristemente. Demasiado común.
La espalda de mamá: los omóplatos afilados visibles bajo el camisón, el cuello delgado como el de una niña. Y, al fondo, el coche reluciente y nuevo de papá. Esas fueron las dos imágenes más nítidas de la infancia de Irene.
La espalda de mamá tumbada en el sofá del salón era el síntoma más claro de su depresión. Pero Irene no lo supo hasta años después.
En los noventa, en nuestro pueblo, nadie hablaba de depresión. Ni siquiera los médicos del ambulatorio lo entendían. Le recetaban vitaminas inyectables y consejos animados: «Tiene una hija, mujer, no puede pasarse el día acostada. ¡Levántese!».
Pero era depresión. Un trastorno depresivo mayor, que se abalanzaba como una osa negra gigante, robándole todo: la alegría, el hambre, el sueño, incluso las ganas de moverse. Mamá apenas podía hablar, y cuando lo hacía, sus palabras sonaban aterradoras: planas, apagadas, como si ya no le quedara vida dentro.
Sin la abuela, no habríamos sobrevivido.
Mamá dejó de ser aquella mujer risueña y llena de energía para convertirse en una espalda delgada sobre el sofá una tarde de mayo. El mismo día en que papá llegó, cenó, rio con la tele y dijo, sin más: «Tania, me voy». Y se marchó.
Irene tenía siete años. Recordaba esa noche como algo irreal: la risa de la televisión nadie la apagó y mamá llorando, de cara a la pared. ¿Eso era normal? ¿Así ocurrían las cosas?
Desde entonces, apenas habló con mamá. O mejor dicho, con su espalda triste.
Dos años después, papá volvió. Otra tarde de mayo. Abrió la puerta con su llave, miró a mamá dormida en el sofá y, sin decir nada, guiñó un ojo a Irene: «Vamos a la cocina, que no nos oiga». La abuela no estaba.
En el pecho de Irene surgió un vuelco de esperanza. En la sonrisa de papá creyó ver disculpas por su ausencia, promesas de una vida mejor, quizás incluso la curación de mamá.
«Mira, Irenita», dijo él, llevándola a la ventana. Ella apretó la nariz contra el cristal, esperando un milagro. Tanto tiempo sin verlo ¿Para esto?
Abajo, en la calle, había un Mercedes brillante y nuevo. Papá sonreía más que el propio coche:
¿Te gusta, Irenita?
¡Mucho!
¡Es mío! ¡Me lo he comprado!
Le recordó al hombre de las cavernas de un dibujo animado que había visto. Un troglodita, hablando con frases cortas, sin importarle nada más que sus propios deseos. Así era papá.
No le importaba cómo estaba mamá. No preguntó por la escuela de Irene, ni por sus notas, ni por la música que tanto le gustaba. Ni siquiera se planteó que su hija pudiera tener sentimientos.
Rabia. Confusión. Miedo. Un nudo de emociones que Irene no sabía identificar nadie le había enseñado, así que lo guardó en un rincón de su alma y trató de olvidarlo. Pero el nudo seguía ahí, doliéndole en el pecho.
Papá reía como un niño: «¡Un Mercedes! ¡Nuevo! ¿Te das cuenta? ¡Llevo toda la vida soñando con esto!».
Irene no lo entendía.
Su alegría se apagó rápido. Salió de la cocina casi de puntillas, cerró la puerta sin hacer ruido y se fue a la calle.
Ella hizo un trato consigo misma: si él se giraba, si la miraba por la ventana, lo perdonaría. Intentaría comprender su felicidad por ese coche, aunque mamá estuviera enferma y su pecho sintiera un vacío enorme.
Pero papá no miró atrás. Subió al coche, arrancó y se fue. Para siempre.
Irene creció. Se hizo psiquiatra. Qué pena que la abuela no la viera llegar un día al barrio en su propio coche nuevo. Aunque ¿quién dice que no lo vio? Irene prefería creer que la abuela Lola, desde el cielo, sonreía orgullosa de su Irenita.
Pero eso fue después. Antes, ingresó a mamá en una clínica buena, donde por fin la ayudaron. Mamá volvió a vivir. A mirar el mundo, y no la pared con aquel tapete viejo.
Pero a papá, Irene nunca lo perdonó.
Porque no se giró.
Aquella tarde de mayo, cuando se marchó para siempre.







