EL FIEL AMIGO DEL TRAIDOR
Aquel otoño, los conductores que pasaban por la carretera comenzaron a notar un perro inmóvil al borde del camino, cerca del desvío hacia una urbanización. Día tras día, permanecía en el mismo lugar. Primero erguido, luego, tras una semana, sentado, y más tarde, tumbado, débil por el hambre, siguiendo con la mirada cada coche que pasaba.
Los vecinos empezaron a parar para darle de comer. A lo lejos, el mestizo parecía un pastor alemán, si no fuera por su cola esponjosa, enroscada como un anillo sobre su lomo. Aceptaba la comida con agradecimiento, pero sin dejar que nadie se acercara demasiado. Devoraba todo con avidez, sin dejar ni miga. Solo abandonaba su puesto por breves momentos, cuando era necesario.
Quien más se compadeció de él fue Adrián, un chico del pueblo. Cada día iba a ver al sufrido animal, al que llamó *Fiel*, convencido de que algo le había ocurrido a su dueño y no volvería. Le hablaba con dulzura, intentando convencerle de que le siguiera.
El perro inclinaba la cabeza, escuchando con desconfianza, pero poco a poco nació entre ellos una amistad. Pronto se sentaban juntos al borde de la carretera, observando los coches que rugían a su lado.
Así pasó el otoño, y el invierno llegó con sus heladas. Preocupado, Adrián convenció a su padre para construir una caseta de madera junto al camino, protegida del viento y la nieve, con un pequeño porche para los cuencos de comida. Al perro le gustó su nuevo refugio, pero seguía volviendo a la carretera, esperando.
Las tormentas barrieron los campos y cubrieron la caseta bajo un manto blanco. Tras cada nevada, Adrián y su padre cavaban trincheras para que el animal pudiera salir. Su hogar se convirtió en una cueva de nieve, con un túnel que conducía a la carretera. Y allí seguía *Fiel*, comiendo rápido para regresar a su vigilia, escrutando el horizonte con ojos esperanzados.
Pero incluso los inviernos más crudos terminan. Llegó la primavera, el hielo se derritió, los pájaros cantaron y las mariposas revolotearon. La carretera se llenó de vida con la llegada de los veraneantes.
Un día, como siempre, Adrián fue a ver al perro. Jugaron, corrieron y, agotados, se sentaron en el porquero, disfrutando del sol. De pronto, *Fiel* se puso nervioso. Se levantó de un salto y corrió hacia un coche negro que doblaba hacia el camino rural.
El Audi frenó en seco, patinando. Un hombre robusto, de unos treinta años, salió maldiciendo y levantó la mano para golpear al perro. Pero este, en vez de esquivarlo, saltó intentando lamerle la cara. Al no conseguirlo, bailó a su alrededor, excitado, hasta apoyar las patas en su pecho.
El hombre lo apartó con brusquedad, pero de pronto gritó: «¡Joder, Marisa, mira! ¡Es Rex! Pensé que había muerto hace meses. ¡Qué cabrón más duro!»
¿Es suyo? preguntó Adrián, acercándose.
Sí, lo fue. Compré un pastor alemán y me colaron este chucho con cola de espiral. Si me lo llevaba a casa, mis colegas se reirían de mí. Así que lo abandoné aquí en otoño. Corrió tras el coche hasta este sitio, pero al final se quedó atrás.
Le ha esperado medio año. No se ha movido de aquí.
Vaya, no pensé que un perro pudiera hacer eso murmuró el hombre, rascando el lomo del animal. *Fiel* gimió, mirándole fijamente, como suplicando. Pero ahora tengo un pastor belga de pura raza, ¿quieres verlo? Se volvió hacia el coche y sacó un cachorro esbelto. Mira qué patas, pronto serán más grandes que mi puño. ¡Bestia!
*Fiel* se encogió. Se apartó y se sentó, con los ojos llenos de tristeza.
Lo siento, tío, no puedo con dos. ¿Quién iba a pensar que pasarías esto? masculló el hombre, evitando su mirada. Además, aquí te apañas bien sin mí.
Metió al cachorro de nuevo en el coche, arrancó el motor y se fue a toda velocidad. El perro corrió tras él unos metros, pero pronto se detuvo, mirando cómo se perdían las luces rojas en la distancia. Con la cabeza gacha, regresó lentamente hacia la caseta.
Adrián lo siguió, llorando sin vergüenza.
*Fiel*, mi vida, no llores No merece tu amor. No todos los humanos son así, solo tuviste mala suerte lo abrazó, acariciando su pelaje. ¿Para qué lo quieres a él, si me tienes a mí? ¿Verdad que somos amigos? Yo seré tu dueño. Te lo prometo, nunca te abandonaré. ¿Vamos a casa?
Se levantó y comenzó a caminar, mirando atrás y llamándolo con la mano. El perro vaciló, avanzando con pasos inseguros, como preguntando en silencio: *¿No me engañarás?*
Ven, no temas. Serás feliz con nosotros respondió Adrián.
Finalmente, confiando, el perro corrió hacia él. Entraron juntos en el patio. Tras enseñarle su nuevo hogar y darle de comer, Adrián se sentó con él en el escalón de la entrada.
*Fiel* le lamía las manos agradecido, y el chico susurraba: «Eres el perro más bueno, más listo y más guapo del mundo. No le hagas caso a ese traidor. No eres un chucho. Él no sabe que existe una raza especial La mejor de todas. Se llama *amigo fiel*».







