Alicia salió de la iglesia triste pero con un atisbo de esperanza. Había llorado mientras rogaba a Dios que le concediera un hijo. Llevaba más de diez años casada con Javier y no lograba quedarse embarazada. Por eso empezó a frecuentar la iglesia, suplicando y pidiendo. Una década de matrimonio sin un solo embarazo.
Cuántas lágrimas había derramado, cuántos médicos había visitado, pero siempre escuchaba lo mismo:
“Están sanos, a veces pasa así, hay que esperar Quizá todavía no es el momento.”
“¿Y cuánto más, Javier? Dime, ¿cuánto?”decía mirando a su marido. “Sin un hijo, esta familia no está completa.”
Javier también lo sufría. Soñaba con un heredero, más aún siendo un hombre de negocios exitoso. Vivían con holgura, no les faltaba de nada excepto un niño.
“Alicia, ¿y si adoptamos? Un bebé pequeño, lo criaremos como nuestro”propuso él.
“No, Javier, quiero ser madre. Los médicos dicen que estoy sana”
Quizá Dios se apiadó de Alicia, o quizá por fin llegó el momento, pero al fin se quedó embarazada. La alegría fue indescriptible. Aunque el embarazo fue duro, ella aguantó todo con tal de tener a su hijo tan deseado.
Antoñito nació débil, enfermaba a menudo, pero sus padres lo mimaban sin medida. Lo protegían de todo, incluso de otros niños, por miedo a que se contagiara. Alicia paseaba con él lejos de los parques.
Le compraban lo mejor: a los cuatro años ya tenía una tablet, y al empezar el cole, un móvil de última generación. Si pedía algo, lo obtenía al instante. Pero, al crecer, su carácter se volvió insoportable.
Javier siempre estaba trabajando; Alicia, en casa, llevando y trayendo a Antoñito del colegio, cocinando solo lo que él quería. Si preparaba otra cosa, el chico protestaba:
“¿Qué es esta porquería? No pienso comerla. No quiero lentejas.” Y echaba un puñado de sal en el plato, exigiendo su sopa favorita.
Antonio cumplió trece años, la edad del cambio, y se volvió ingobernable. Alicia se lo comentaba a su marido, pero él la tranquilizaba:
“Cariño, es la adolescencia. Hay que aguantar un poco, ya pasará.”
Una tarde, Javier llegó del trabajo y anunció:
“Hijo, te he traído un móvil nuevo.” El chico salió de su habitación, tomó la caja y, al minuto, estalló:
“¿Esto? ¡Te pedí otro modelo! Solo los pobres llevan este. ¿Queréis que se rían de mí?” Lo lanzó contra la pared y cerró la puerta de un portazo.
Los padres se miraron, desconcertados.
“¿Ves lo que te decía?”susurró Alicia. Javier no supo qué responder.
Lo mismo ocurría con la ropa, el calzado ya no compraban nada sin su aprobación, o montaba un escándalo. Hasta que una llamada del tutor cambió todo:
“Alicia, necesitamos hablar. Es grave.”
Ella ya sabía que algo había hecho su hijo.
“Buenos días”dijo el profesor. “Antonio insulta a los docentes, interrumpe las clases y, cuando le reprenden, se burla. Dice que conoce sus derechos y que denunciará si le castigan. Además, presta su móvil a los compañeros y luego les cobra por usarlo, o les obliga a hacerle los deberes.”
A Alicia le ardía la cara de vergüenza.
“Por favor, háblelo con él”concluyó el profesor.
Ella prometió actuar y se disculpó. De camino a casa, pensaba que cada día temía más perder los nervios y abofetear a Antonio.
“¿En qué momento lo malcrié? Lo amamos, lo consentimos ¿Cómo el cariño pudo criar tanta crueldad?” Antonio era arrogante, grosero, irrespetuoso.
No entendían cómo no podían controlar a un solo niño. Sus vecinos, los Martín, tenían cuatro hijos. Nunca se oían gritos; los chicos eran educados, y los mayores hasta ayudaban a Alicia con la compra. Una vez le preguntó a Luisa, la madre:
“No es difícilrespondió ella. Mi marido viene de familia numerosa. Dice que cuantos más hijos, más armonía. Y es verdad: se ayudan entre ellos.”
Alicia la escuchaba con envidia sana. Jamás había oído una mala palabra de aquellos niños.
Ese día, Antonio llegó del cole, tiró la mochila al suelo y dejó las zapatillas de marca tiradas.
“Odio el colegio. Y tú, mamá, ¿entrando en mi cuarto? Te dije que no lo hicieras.”
Alicia calló, aún afectada por la reunión. Pero entonces notó su ausencia en la comida. Al entrar en su habitación, lo vio cortando con tijeras una chaqueta de piel cara.
“Ahí tienes. Por ir al colegio a chismorrear. ¿Que era cara? Pues cómprame otra, y más cara, o haré lo mismo.”
Ella no pudo más y le dio una bofetada. Él se llevó la mano a la mejilla, y por un instante, ella quiso abrazarlo. Pero su mirada heló su sangre.
“¿Así que sí? ¡Ahora verás!”
Marcó un número.
“Policía, vengan rápido. Mi madre me ha pegado. Sí, mi madre. Apunten la dirección”
El agente que llegó se sorprendió. Observó a Alicia, al chico, el lujo del piso
“¿Me equivoco de domicilio?”
“Nogritó Antonio. ¡Ella me golpeó! Exijo que la castiguen.”
El policío, acostumbrado a padres borrachos y niños hambrientos, no salía de su asombro.
“Seguro fue un enfado pasajero. Arréglenlo ustedes.”
“¡No! Conozco mis derechos. Si no actúas, denunciaré tu negligencia.”
El agente miró a Alicia, desconcertado.
“Llévenselodijo ella, exhausta. Quizá así cambie.”
Antonio volvió días después, burlón:
“Ahora bailarán al son que yo toque.”
Javier ya estaba al tanto.
Pero al día siguiente, llegó la trabajadora social. Tras escuchar a Antonio exigir castigo para su madre y ver el rostro pálido de Alicia, entendió todo.
“Recoge tus cosas, Antonio. Vienes con nosotros.”
“¿Adónde?”
“A un centro de menores. Si aquí te maltratan, debemos protegerte.”
El chico palideció, pero no tuvo opción.
Al salir, la trabajadora murmuró a Alicia:
“La llamaré.”
Cuando se cerró la puerta, Alicia se dejó caer en el sillón.
“Javier, jamás imaginé esto Pero era la única salida.”
Al día siguiente, Antonio llamó.
“Mamá, sácame de aquí. La comida es asquerosa, me quitaron todo”
“No podemos. Estamos suspendidos de patria potestad dos semanas.”
Colgó. Ellos sabían que, tal vez, así aprendería.
Javier fue a buscarlo al final. No reconocía a su hijo: callado, humilde.
“Papá, ¿me llevas a casa para siempre?”
“Como quieras.”
Al entrar, Antonio suspiró:
“Qué bien se está aquí Mamá, papá, perdón. Entendí lo horrible que fui.”
“Siéntate, hijo. Vamos a comer.”







