Un joven auxiliar de hospital fue llamado para un papel insólito: fingir ser el nieto perdido de una mujer moribunda. Lo que no esperaba era encontrar el rostro de su propia madre entre las fotos de la desconocida.

Un joven auxiliar de hospital recibió un encargo inusual: fingir ser el nieto perdido de una mujer moribunda. Lo que no esperaba era encontrar el rostro de su propia madre entre las fotografías de aquella desconocida.

Javier soñaba con ser médico desde niño. No era un capricho infantil, sino una vocación. Pero la vida parecía empeñada en poner trabas. Primero, la muerte repentina de su padre lo dejó sin suelo bajo los pies. Luego, la salud de su madre, Carmen, se resintió por el estrés de trabajar sin descanso. Cuando llegó el momento de examinarse para la facultad, Javier no tuvo fuerzas y suspendió.

Desde entonces, llevaba dos años como auxiliar en el hospital regional. Fregaba suelos, trasladaba pacientes y corría de un lado a otro desde el amanecer. Aun así, en su interior guardaba la esperanza de que algún día vestiría esa bata blanca.

Ese día empezó como cualquier otro: limpiando, ordenando, cargando. Pero después del almuerzo, algo cambió. El jefe del departamento de terapia, el doctor Antonio Martín, lo llamó a su despacho.

“Javier, tengo un asunto delicado”, comenzó el médico, observándolo con atención. “Tenemos una paciente, doña Luisa Fernández. Está muy grave. Tiene un nieto que también se llama Javier, pero no lo ve desde hace años. Su último deseo es verlo antes de marcharse. Pensamos que quizá podrías hacerte pasar por él. Para darle un poco de paz”.

Javier se quedó helado. ¿Engañar a una anciana en su lecho de muerte?

“Doctor Martín, no sé ¿No es incorrecto?”, preguntó en voz baja.

El médico suavizó la voz. “A veces, una mentira puede ser piadosa. Para ella será un último consuelo. No la estafas, solo le alivias el dolor”.

Javier dudó. Su conciencia protestaba, pero imaginó a aquella mujer frágil esperando a su nieto. Finalmente, asintió. Las enfermeras le dieron detalles: los gustos del verdadero Javier de pequeño, dónde estudió, frases que solía decir. La actuación estaba lista.

Esa tarde, exhausto tras el turno, Javier pasó por la tienda a comprar pan y leche. Su madre aún dependía de él. De camino a casa, se encontró con Lucía, la chica del edificio de al lado que siempre le había gustado. Alegre, cálida, con una sonrisa que iluminaba hasta el día más gris.

“¡Hola, Javier! ¿Dónde te metes?”, se rio.

Hablaron de trivialidades, de una película nueva en el cine. De pronto, Javier le propuso ir juntos. Para su sorpresa, los ojos de Lucía brillaron.

“¿El sábado? Perfecto”.

Al llegar a casa, no pudo evitar sonreír. La simple idea de aquella cita le daba fuerzas. Quizá la felicidad no estaba tan lejos.

Al día siguiente, después del turno, Javier se cambió de ropa y entró con cuidado en la habitación de doña Luisa. El corazón le latía con fuerza. ¿Y si lo descubría? Pero la anciana, frágil y delgada, lo miró y sonrió débilmente.

“Javielito has venido, cariño”.

El alivio lo inundó. Se sentó a su lado y, para su sorpresa, la conversación fluyó con naturalidad. Esperaba sentirse como un actor, pero acabó escuchando de verdad. Doña Luisa habló de su vida, del pasado, incluso de la muerte, con una serenidad que lo conmovió.

Día tras día, la visitó más. Le llevaba agua, le arreglaba la almohada o simplemente le sostenía la mano. Una tarde, le preguntó si tenía novia. Javier pensó en Lucía y enrojeció. La anciana sonrió, comprensiva.

“Cuéntame después cómo te fue. Aún me gusta oír historias de amor”.

Pero el sábado no salió como esperaba. Tras la película, paseando por el parque, Lucía se puso seria.

“Eres un buen chico, Javier. Pero somos diferentes. Yo quiero viajar, hacer carrera, ver mundo. Y tú eres auxiliar. Es un trabajo noble, pero no es la vida que quiero”.

No hizo falta que terminara. Él entendió. Su sueldo escaso, sus sueños truncados, su futuro incierto todo era un muro entre ellos.

La acompañó a casa en silencio. Al llegar, su madre preguntó cómo había ido. Javier solo movió la mano.

“No ha salido nada”.

Carmen suspiró. Tampoco aprobaba aquel papel de “nieto”.

“Hijo, sé que querías ayudar. Pero no puedes cargar con las esperanzas de los demás para siempre. Algunas cosas no son tu responsabilidad”.

Se quedó callado, vacío. Las palabras de Lucía le recordaron lo lejos que estaba de sus sueños, y el reproche de su madre aumentó su culpa hacia doña Luisa.

Al día siguiente, volvió al lado de la anciana. Forzó una sonrisa, pero ella lo vio al instante.

“¿Qué pasa, nieto? ¿Esa chica te hizo daño?”, preguntó con dulzura.

Y entonces, le contó todo: sus sueños, sus fracasos, lo lejos que estaba de lo que había imaginado. Doña Luisa escuchó en silencio y luego dijo:

“El amor, Javielito, tiene muchas formas. No persigas a quien solo brilla. Busca a quien te caliente el corazón”.

Después, sacó un álbum de fotos viejo de su mesilla.

“Toma. Son fotos de mi hijo, Alejandro, tu padre. Quédate con ellas. Los recuerdos son tuyos ahora; yo ya no los necesito”.

Su voz tembló. Javier entendió: era una despedida, también de sus ilusiones.

Esa noche, en casa, hojeó el álbum. Un joven sonriente lo miraba desde las fotos descoloridas: Alejandro, el padre que solo conocía por historias. De pronto, vio una imagen grupal, parece que de la universidad. Entre los rostros, una joven de sonrisa radiante. Javier se heló. Era su madre.

El aire se le cortó. No podía ser casualidad. Sus padres se habían conocido. ¿Por qué ella nunca lo mencionó?

Las preguntas lo asaltaron. Necesitaba respuestas. Salió corriendo de casa.

Al salir del hospital, aún sin saber qué diría, escuchó una conversación cerca de la sala de médicos. La puerta estaba entreabierta, y reconoció la voz del doctor Martín:

“Sí, aumentaremos la dosis poco a poco. Nadie sospechará. Lo achacaremos al empeoramiento. Tiene una buena herencia, y ese ‘nieto oficial’ ya está impaciente por que firme los papeles”.

Otra voz, áspera, respondió por teléfono: “Date prisa, Martín. Estoy harto de esperar. A esa vieja ya le tocaba irse”.

El corazón de Javier

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Un joven auxiliar de hospital fue llamado para un papel insólito: fingir ser el nieto perdido de una mujer moribunda. Lo que no esperaba era encontrar el rostro de su propia madre entre las fotos de la desconocida.
— ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado correteando por aquí toda la mañana. Se le notaba enseguida que estaba perdida. Luego se acurrucó a mis pies, así que la metí en el coche para que la pobre no se congelara —sonrió el hombre… — ¡Toma, hija, pero cómo puedes tener tan mala suerte! ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no era para ti? —reprochaba la madre a Tamara. La mujer permanecía cabizbaja. Aunque no hacía mucho que había cumplido los treinta y siete, se sentía como una colegiala a la que le han puesto un suspenso. Y además sentía una amargura y tristeza enormes —por ella, por su vida de familia frustrada y por su pequeña hija— ya que, en vísperas de la Navidad más mágica, se habían quedado sin padre en casa. — Me voy de casa —soltó Víctor sin apenas mirarla esa noche. Tamara ni siquiera entendió al principio lo que su marido le estaba diciendo. — ¿Que te vas a dónde? —preguntó automáticamente Toma, mientras le servía un plato de humeante cocido. — De verdad, Tomi, es que eres de otro mundo. ¡No entiendes las cosas serias! ¿Cómo he podido vivir todos estos años así contigo? —protestó Víctor con tono melodramático. Tamara apenas pudo preguntar nada, porque el hombre enseguida se explayó: — ¡No aguanto más! Y encima siempre está tu perro chillando. La niña se pasa el día enferma. Nada de romanticismo, Toma. ¿Te has visto a ti misma últimamente? ¿En qué te has convertido? —ese fue el colofón a su discurso colérico. Tamara se intentó mirar el reflejo tembloroso en la puerta del aparador, pero apenas lo logró. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se quedó sola, de pie, en medio de la cocina. Víctor detestaba las lágrimas. Miró con cierta tristeza el cocido, se levantó y se puso a hacer la maleta… La perrita Kika, notando que algo iba mal, daba vueltas alrededor de su dueña, gimiendo e intentando consolarla. — Por fin podré descansar sin tanto aullido —declaró Víctor al asomarse con la bolsa al hombro. — Pero, Viti, ¿y Eva? —musitó Tamara, imaginando la pena de su hija de cinco años que a esa hora dormía tranquila en su cuarto. — ¡Qué te las arregles como madre que eres! —replicó él, y, con los lloriqueos de Kika de fondo, salió de casa… Tamara pasó la noche en la cocina abrazando a la perrita, que le lamía la mano tratando de consolarla. Sabía que había ocurrido algo terrible. Durante varios días, Tamara no se atrevió a contarle nada a su madre, que la llamaba de vez en cuando para interesarse. Siempre respondía rápido que todo iba bien y apagaba el móvil. — ¿Y el trabajo, hija? ¿Has encontrado algo? Mira que ese crápula de Víctor te deja y no vais a tener para vivir —la reprendía la madre en una de sus visitas. Entonces Tamara no aguantó más y rompió a llorar, confesando que los empleos no salían y que Víctor se había ido días atrás. La madre se echó las manos a la cabeza, sin esperar una noticia así. — Si es que se veía venir. Cinco años juntos, una hija, y tu marido no quiso casarse… —se lamentaba la madre, compadeciendo a su hija y su nieta. — ¿Y ahora qué vais a hacer? —se alarmó. Tamara encogió los hombros: — Encontraré algo. Me meteré de niñera en la guardería de Eva —dijo con resignación. — No os va a llegar para nada el sueldo de niñera. Y el perro, encima, hay que alimentarlo… —resumió la madre, que nunca había tenido simpatía por los animales. Y menos aún por la perrita Kika, recogida de la calle por su hija. Iba a decir algo más, pero se cortó al ver las lágrimas de Tamara. — Venga, no llores. Te ayudaré. Si hace falta, cuido de Eva yo —intentó consolarla… Así transcurrió otra semana. Tamara Alexandrovna logró un trabajo y ahora iba cada día con Eva a la guardería, para alegría de la niña. — Mamá, ¿podríamos llevarnos a Kika contigo a trabajar? Abuela no para de quejarse de sacarla a pasear… Kika podría ayudarte a lavar platos y protegernos en los ratos de siesta —decía la niña con una sonrisa. Tamara reía y la abrazaba. Pero en sus ojos se colaba la tristeza cada vez que Eva preguntaba: — Mamá, ¿y papá vuelve pronto? ¿Vendrá para Nochevieja? No se atrevía a contarle la verdad, así que le inventó una historia sobre un viaje urgente. Llamaba a Víctor para intentar quedar con él, pero él, ocupado, rehuía las conversaciones: — Toma, no me molestes, que estoy rehaciendo mi vida. Dile a Eva que soy un superagente en misión importante. No iré pronto. Por cierto, ¿has visto mi corbata? No sé cómo voy a celebrar el Año Nuevo sin ella —se lamentó antes de colgar. Tamara se quedó pensativa. No sabía cómo pasarían esa Nochevieja las dos solas ni cómo explicárselo a Eva. Entonces ocurrió algo inesperado. La abuela llevaba de la mano a Eva a la clínica —la niña ya se recuperaba de un resfriado—, cuando de pronto apareció Víctor en la calle. — ¡Papá, papá! ¿Has vuelto? —corrió la niña a abrazarle feliz. El hombre dudó, le sonrió y le comunicó que, bueno, ya no viviría más con mamá. Luego se marchó. — A lo mejor me paso a verte, si puedo —le dijo antes de irse. Eva se quedó quieta, susurrando apenas: — No hace falta que vuelvas… Aquella tarde le subió la fiebre, y a los dos días tuvieron que llamar al médico. Eva no quería hablar ni comer. Y tampoco parecía querer curarse. — Es probable que sea por el estrés —dijo el médico, tras oír la historia del padre. Tamara se asustó: — Tendría que habérselo explicado antes… Ella lo habría entendido —dijo a su madre, que negaba con la cabeza. No tardó en suceder otra desgracia. La abuela salió rápido con Kika sin correa, y la perra, al oír otro grito, pegó un salto y salió disparada. — ¡Ah, así que ahora tampoco me obedeces! Pues ya volverás tú solita muerta de frío —rezongó la abuela, entrando en casa con apremio. Cuando la niña supo que Kika se había perdido, dejó de comer y de hablar, por mucho que Tamara prometiera buscar a la perrita. — Cuando vuelva Kika, yo como —dijo, dándole la espalda. — Esto es culpa de cómo la has criado, Toma. La tienes mimada y te está tomando el pelo. ¡Ya te lo advertí…! —empezó la madre. — Mejor hubieras vigilado tú a Kika, mamá, y no soltar tantos sermones —saltó de repente la siempre callada Tamara. — Bueno, ya está bien, que yo solo quiero ayudaros… —suspiró la madre, saliendo enfadada del piso. Tamara se quedó sola otro día más. Vagueó por el barrio buena parte de la noche, esperando ver a Kika. Eva dormía por fin en su cama y Tamara quería creer que la perrita volvería, pero nada. Llegó helada a casa y cayó rendida… Eva se despertó temprano: — ¡Mamá, he soñado con un abeto! Lo decorábamos y encontrábamos a Kika —contó la niña ilusionada. Tamara sonrió con tristeza. Había puesto un pequeño arbolito artificial sobre la mesa para el Año Nuevo. Eva se lamentó: decía que el abeto debía ser natural y grande para que, como en su sueño, Kika pudiera volver. Tamara suspiró. Un abeto natural escapaba a su presupuesto. Llamó a su madre, que se negó a ir en Navidad: — Ya veo que te importa más ese chucho que tu propia madre. Piénsalo —dijo molesta. Tamara entendió que no podía contar con la ayuda de la abuela, pero al menos venía el fin de semana. Eva seguía débil y triste. Al llegar la Nochevieja, rompió a llorar: — Ni abeto ni Kika, mamá. Y papá tampoco volverá… Tamara la acarició y contuvo el llanto. Luego pidió a la vecina que cuidara de la niña, y salió a la calle… El aire helado le azotó la cara, el baile de copos la envolvió. La gente iba contenta a su encuentro, pero Tamara no veía a nadie. Solo buscaba desesperada a Kika. — ¿Dónde te has metido, pequeña? —susurraba, recorriendo una y otra vez las mismas calles. De pronto, llegó a un puesto callejero de abetos. Un hombre grande y recio, con chaquetón, se apoyaba en las últimas ramas verdes. Tamara se quedó parada. — ¿Un abeto, señora? Es el último que me queda, y le hago precio —ofreció el vendedor, con ganas de irse ya a casa. “Seguramente le están esperando su mujer y sus hijos…” pensó Tamara. En ese momento, una joven pareja compró uno y se marchó. — ¿Se anima? Es la última… Se la acerco a casa si quiere —insistió él. Tamara le miró, apurada: no tenía dinero suficiente. Vio entonces en el camión un montón de ramas sobrantes. — ¿Podría llevarme unas ramas, por favor, si ya no las necesita? —preguntó en voz baja. Él la miró y suspiró: — Claro, falta más. Espere, que le ayudo —respondió, sacando un gran montón de ramas del camión. Tamara le dio las gracias y enseguida se puso a explicarse: — Verá, mi hija está malita… Quería un abeto… Y encima se ha perdido la perrita… Todo va mal en casa, ya ni parece fiesta… El hombre la escuchaba atento. Le había dejado su esposa recientemente y no superaba la traición. También él pasaba la Navidad solo. Entonces alguien se acercó: — ¿A cuánto el abeto? —le preguntó, mirando el único que quedaba. — Ya lo han reservado. Quizá el de al lado tenga. — Contestó señalando al vecino. Tamara se sorprendió. — Déjeme, que le ayudo a llevar las ramas a casa —sonrió el hombre. Y entonces Tamara entendió que no era tan serio como parecía. — Pero es que no tengo dinero, ya se lo he dicho —se sonrojó. — No pasa nada —respondió él. Y entonces pasó algo insólito, de esos milagros que solo ocurren en la Nochevieja más mágica. El hombre abrió el camión, y Tamara vio en el asiento a una perrita dormida, vestida con un jersey de lana. — Pero… ¿cómo tiene usted a Kika? —preguntó, conteniendo el llanto. — ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado todo el día rondando por aquí, perdida… Se me acurrucó a los pies. Así que la metí en el coche, para que no se quedara helada, pobre —sonrió el hombre. Se llamaba Pablo, y adoraba los animales, y enseguida se llevaba bien con los niños. Pronto, el hogar de Tamara se llenó de calor y de alma, como nunca antes. Quizá todo fue culpa de la magia de la Navidad, que juntó a dos corazones buenos. O quizá el destino lo quiso así… Nadie lo sabe a ciencia cierta. Solo se sabe que ahora la nueva familia es feliz. Y de vez en cuando, a Kika aún la llaman Abetita.